Trasuntamos «Misericordia», un cuento de la narradora y ensayista pampeana Gisela Colombo, inspirado en una historia real.
Misericordia
El día que lo contaste, José, empecé a adivinar de qué iba lo tuyo.
Estábamos en un tallersucho humilde que dictaba yo, en casa, en tiempos en que las cosas no parecían fluir para otros rumbos. Narrativa. Ese día –no lo sabía, claro– estaba destinada a escuchar de tu boca una experiencia que quizá no valorás lo suficiente, porque así sos vos, naturalizador permanente de lo más hondamente humano mientras le aplicás el poco escepticismo que todavía te queda de los años de estudios médicos a las actitudes más ordinarias, ésas que se repiten una y otra vez en distintas sociedades, culturas, geografías… La repetición responde a una universalidad insoportable que jamás se ausenta. Pero vos sos lo contrario.
Quizá por eso atesoré con tanto interés y tanto horror aquel relato. Años esperé que lo pusieras por escrito, que convirtieras en un texto el hecho que te tocó vivir. Pero ya no pude esperar más. Y me decidí al fin a ser su mediadora.
Éramos siete u ocho personas sentadas en torno de una larga mesa. Llevábamos ese día invernal las mismas obsesiones que nos caracterizan. Cada uno la suya. Y vos, que estás más enamorado de la capacidad de sorprenderte a vos mismo con nuevas ocurrencias, menos obsesivo sin dudas, te lanzaste a relatarnos aquello.
Nos contaste que cuando estabas haciendo prácticas en Santa Fe, te contactó un médico de Firmat. Necesitaba asistente para una tarea específica. Conocía a tu padre e insistía que hay actividades profesionales que enseñan más que otras, por intragables que sean. Éste era el caso.
Te tomaste un tiempo para pensar. No porque no te interesara hacerlo, te preocupaba más el tener que llegarte hasta Firmat en cualquier momento en que te requirieran que las consecuencias emocionales en vos por esas prácticas. Que no iban a agradarte, estaba claro. Pero estabas ya en un estado de preparación tal que no te costaba separar las cosas. Habías ya endurecido tu madera.
El tipo, Gancedo, te llamó en la primera de cambio y le pediste el auto prestado al tío Saco. Ya tendrías tiempo de pasar por la concesionaria a ver qué se podía hacer con el plan para que te adjudicaran más rápido, y por fin, el Fiat que esperabas. Hasta entonces, el tío Saco, siempre auxiliador; siempre tu padrino…
Y en una hora estuviste ahí para acompañar a Gancedo en la autopsia primera de una lista larga. La experiencia, imagino, habrá sido tremendamente nutricia para alguien curioso, atento y memorioso como vos. Y esa tarde de taller desplegaste varias, todas curiosas por h o por b.
Pero ésta no, ésta no debe escucharse por curiosidad, sino para descubrir algo oscuramente humano. Eso que algunos llaman “Misericordia”.
Pasé por casa de Gancedo, que vivía en una quinta cerca del pueblo. Hasta ahí se llegaba todo el mundo con una sensación de tener derechos inapelables para despertar al doctor, o arracárselo a los brazos de su mujer por cualquier urgencia. Especialmente éstas en la que no era simple reemplazarlo. Gancedo me esperaba en su auto. Estacioné el mío, crucé y me subí al asiento del acompañante. Él dio por todo saludo una elevación de pera. Después arrancó:
–Es un crío.
Los dos inspiramos hondo. Sabíamos cuánto más difícil era.
–¿Cuántos años?–le pregunté, sin querer escuchar la respuesta.
–No, ¿qué años? Siete meses.
En estas ocasiones trataba de mostrarme profesional al mango. Pero no pude:
–¡Mierda!– solté y me preparé para responder lo que venía.
Gancedo empezó a preguntarme si quería ser exceptuado esta vez. Que él lo entendería.
–No, no hace falta.– le dije cuando en realidad quise decir “no se preocupe, no tengo ninguna debilidad especial por los bebés. Para mí será como cualquier otra autopsia”.
Si lo hubiera dicho, no habría sabido lo que decía. Esa insensibilidad suponía un cuerpo mustio, de lividez incuestionable. Este bebé era un emblema que más de un creativo publicitario habría querido retratar para sus bancos de imágenes. Si la industria inescrupulosa hubiera descubierto al niño –aun en su estado– con ese aire de bella durmiente, lo tendríamos grabado en varios comerciales.
¡Estaba rosado! ¡Vendía vida! Y era de una perfección que yo nunca había visto tan clara. Entonces yo no sé si tenía conciencia de lo que tiraba la dimensión estética en mí. Pero fue clarísimo. En este caso no sólo lamentaba el final de una vida tan cortita. Lamentaba también la muerte de la belleza. Después, cuando conocí el final de la Ofelia de Shakespeare, supe que a muchos les habría pasado lo mismo frente a una rosa tronchada. Hay en esas muertes mucha más muerte, como si no se apagara una vida sino se oscureciera una región del sol.
El oficial que trajo a Gancedo no quiso dar un paso más allá del vestíbulo. Hoy creo saber por qué: conocía a los abuelos de Manu. No habrá querido quebrarse. Desapareció y nos dejó con los guardias de seguridad. Los dos custodios nos hicieron pasar a la sala donde están las heladeras.”
Quizá haya que interrumpir el relato de José para decir que en este punto, varias de las mujeres presentes, que eran mayoría en mi taller, tenían los ojos desbordantes de llanto, sin que todavía se hubiera derramado una sola lágrima.
“El guarda mayor tiró de la manija de acero inoxidable y se abrió la puerta. De ella egresó una camilla que podría haber albergado 150 kilos de humanidad y, en cambio, no tendría más de 6. Acurrucado en su posición natural, la que había adoptado durante los nueve meses y a la que regresaba entonces cada vez que se inquietaba. Era devastador descubrirlo en posición fetal, como si le hubieran dado el tiempo, al morir, de prepararse para su nueva gestación. ¿Acaso podría ser así? Estoy seguro de que mi psiquis me tiró esa soga para que pudiera soportarlo. Era una visión esperanzada, después de todo.
Pero la cosa estaba destinada a doler y me enfoqué en los mecanismos de alejamiento y objetividad que desde los mensajes académicos hasta la misma experiencia práctica nos enseñan.
Fuimos haciendo una exploración exterior. En la piel no parecía haber ningún dato sobresaliente. Después, observamos el tejido subcutáneo haciendo incisiones en una piel que, como nunca antes, me resultaba impoluta y sagrada. Cuando llegó el momento que sería clave en esta investigación, separamos la parrilla costal y nos dispusimos a ver qué evidencias habían quedado fijadas por la cavidad torácica. En un rato, estaba hecho sopa. Tal transpiración no venía del estrés de la actividad a la que ya me había habituado sino de la sensación de que vulnerábamos a una criatura viva… Era muy impresionante pensarlo. Pero mi razón bien sabía que no era así y, sin embargo, insistía en percibir como viva a la criatura.
Gancedo normalmente no me dejaba saber nada hasta que no concluía el estudio. Recién entonces, me pedía opinión y, ratificando o rectificando, exponía su hipótesis, que al fin y al cabo, cuando se trata de medicina, casi siempre queda en esa respuesta endeble que depende de que no ingrese un conocimiento más moderno o aparezca una nueva prueba.
Pero en este caso, Gancedo se agarró la cabeza y quedó paralizado como si todas sus energías hubieran ido al cerebro, que se debatía. Una de las opciones siquiera la conocí. Sólo lo escuché, después de unos silenciosos cuatro minutos:
̶ Atragantado por un polvo súmamente volátil.
̶ ¿Tiene idea qué sustancia es?̶ pregunté casi seguro de que me respondería un derivado de la cocaína. Pero me equivoqué.
Extrajimos una muestra que enviamos a laboratorio. La bioquímica estaba de guardia y ella nunca las cumplía pasivas así que le llevamos el polvo. Después de un par de horas, y cuando ya habíamos terminado de cerrar el cuerpito, llegó Adela y dijo una frase lapidaria a la que tardé en reaccionar.
̶ Almidón de maíz.
Quedé unos segundos confundido.
̶ ¿Maizena?̶ preguntó el médico.
̶ Sí. Sin cocinar. Con la consistencia del talco.
Creo que no tuve conciencia de entrada de todo lo que implicaban esas respuestas. Afortunadamente Gancedo tuvo la lucidez bendita de saberlo y accionar sin retraso. Me extendió el brazo para que pusiera sobre la mano el formulario que debíamos llenar. Fue garabateando con su letra galena. Firmó y selló.
̶ A éste ángel no lo mató su madre ni la maizena. Lo mató la ignorancia.
Mientras él meditaba en voz alta cosas que yo prefería no escuchar pero oía igual, fui revisando la planilla para que no faltara nada y me quedé mudo cuando encontré la fórmula que decía: “Causa de muerte: paro cardiorespiratorio”.
No quise decir nada adelante del guardia, pero cuando salimos a la calle había crecido un sol meridiano que hacía más fácil la verdad. Y pregunté.
̶ Es lo único que puedo hacer por esta mujer, pibe. Que la misma ignorancia que le dictó darle el polvo seco, la salve de una culpa para la que nadie tiene anticuerpos.
No supe qué responder.”
El mismo mutismo ganó el taller. Nadie se atrevió a decir nada cuando José detuvo el relato. Nunca más hablamos de eso. Yo habría deseado olvidar. Pero no pude. No hubo forma de que pudiera borrarlo de mi cabeza. Así que decidí ser yo quien lo escribiera. Sería un registro de la crudeza con que golpea la vida que, como el almidón, alimenta o envenena alternativamente. Alguien tenía que ponerlo por escrito y fui yo. Tal vez ésta es la única misericordia de la que soy capaz.