
Con solo 31 años, Flavia Pérez ya es una leyenda de los carnavales de Villa Nueva, los más populares del interior de Córdoba. Premiada varias veces como la mejor “pasista” del año, este es un reportaje no sólo a la bailarina sino también a la empleada de una farmacia y mamá de familia. Pero también a esa chica de barrio que, durante algunas noches de febrero, se convierte en una diosa sin tiempo para los simples mortales.
En el barrio San Antonio de Villa Nueva hay un viejo hombre santo y una joven diosa pagana. Al viejo hombre santo todo el mundo lo conoce; levantó una parroquia de la nada (la San Ignacio de Loyola), inventó un nuevo modo de sacerdocio en la ciudad (uno absolutamente social y comunitario) y dejó un testamento de enseñanzas y milagros. Se llamaba Hugo Salvato y falleció en 2006. A la joven diosa pagana, en cambio, no todos la conocen. O al menos no por su nombre. Porque a decir verdad, Flavia Pérez es a esa diosa anónima del corsódromo lo que Lynda Carter es a “La Mujer Maravilla”; apenas el documento de identidad de una chica en el mundo; la nomenclatura con la que esa mujer pasa desapercibida por los días de la vida.
Pero (y a esto sí que lo saben todos, especialmente los villanovenses) en tiempos de carnaval se detiene el mundo. Y como en ese ancestral rito pagano heredado de los griegos y los comienzos de la raza, todo vuelve a su primitiva embriaguez; a los tiempos en que hombres y diosas bailaban alrededor del mismo fuego y de la misma música. Y entonces, la “pasista” de barrio San Antonio deja de ser Flavia Pérez, esa chica de 30 años casada y mamá de León, de 9 años. Deja de ser la empleada de la farmacia “La Europea” y la vecina de barrio San Antonio que cada día se toma el colectivo para trabajar en Villa María. Y dejando el ropaje de los días como el traje de oficinista que se ponía Lynda Carter, Flavia Pérez vuelve a su desnudez primordial para ser lo que realmente es en esas noches; una joven diosa sin tiempo sambando en las veredas; la potencia femenina de la raza brillando en su estrás de lentejuelas como si el amor y la fertilidad empezaran a girar en escena; luces agitadas por la circunferencia de su cintura para la embriaguez de los hombres.
Sin embargo “ellos”, sus fans, mágicamente se convierten en súbditos. Y a punto están de hacerle una reverencia. La miran como se mira algo inaccesible. Y aunque los hombres puedan enloquecer al ver bailar a una mujer (desde Herodes con Salomé hasta Paris con Helena) estos villanovenses no piensan en el rapto; sólo que el carnaval ha vuelto en carroza, que el tiempo empieza de cero que todos están naciendo otra vez. Como si salieran de las caderas de luz de esa chica que ya no es Flavia, sino todas y ninguna. Madre y esposa universal para tantos ojos encandilados de ese viejo anhelo de eternidad.
Bailando hasta que se vaya la noche
Horas después del inicio del carnaval, me encuentro con Flavia en un bar céntrico, donde casi no la reconozco vestida “de civil” y con un simple pantalón de gimnasia. “Todas y ninguna”, vuelvo a pensar. Y lo primero que le pregunto antes que llegue su agua mineral y mi café, es qué le pasa cuando sale a la pista.
“No lo sé… Te juro que me miro después y no me reconozco. Es como que entrás en un personaje, dejás de ser la que sos para convertirte en otra. Es muy raro. Y eso sólo me pasa cuando bailo con la comparsa”.
-Entonces, contáme cuándo es que empezaste a bailar…
-Tengo 31 años y hace 28 que bailo… Es que el carnaval se siente de modo muy especial, y sobre todo acá en Villa Nueva. Acá sos chiquita y ya tus papás te mandan, casi que te obligan a ser parte de la comparsa. A mí a los tres años me pusieron un traje y ahí fue cuando empezó todo.
-Pero no era algo que habías elegido todavía…
-No, porque cuando sos chica es algo que hacés para que tus papás te vean. Pero con el tiempo te hacés cargo de que eso es lo que más te gusta; el ambiente, los preparativos, los trajes, las amistades… Y sobre todo la felicidad de bailar, que es algo que no se compara con nada del mundo, al menos para mí.
-¿Alguna vez fuiste a una academia de danza?
-¡Jamás! Sólo iría si hubiera baile de samba o de batucada, pero esta es una danza muy difícil de encontrar. Y nosotras nos formamos viendo videos o asistiendo a los pocos talleres que vienen a la ciudad de vez en cuando…
-¿Qué significa, para vos, ser la pasista de la comparsa “Reyes de Samba”?
-Desde el lugar de bailarina yo siempre vi a la pasista con mucha admiración. De chiquita siempre me dije “quiero estar ahí” y me esforcé por lograrlo. Ahora que lo conseguí, siento que es un lugar muy mío, un lugar lleno de libertad para crear e improvisar, que es lo más lindo que tiene el baile… Y es un orgullo tremendo ser la pasista de “Reyes de Samba” y representar a todo un barrio con tanta historia como el San Antonio…

-Ni más ni menos que el barrio del padre Hugo Salvato…
-Sí, el barrio en donde levantó una capilla y se convirtió en el hombre más querido de la ciudad…
-¿Se necesita mucho estado físico para “sambar”?
-¡Muchísimo! Para que te des una idea, la primera noche del carnaval pasado bailé 50 minutos sin parar. Y eso es una verdadera locura. Porque sambar es saltar todo el tiempo y es lo que estoy tratando de perfeccionar.
-¿Y cómo te preparás?
-Es un entrenamiento muy duro. Muchas arrancamos a principio de año, pero con un mes y medio de ensayo no alcanza. Lo ideal sería seguir un entrenamiento y ese es mi objetivo, llegar a las bailarinas que admiro para saber cómo entrenan, cómo se alimentan. Es algo muy estricto y que desde acá tenemos que aprender. Pero muchas veces, el trabajo y la familia te impiden una rutina de ese tipo.
-¿Hasta qué edad se puede ser pasista?
-No hay una edad fija. Yo hace nueve años que soy pasista y no me canso todavía. Competí con siete chicas y quedé, porque tenía muchas ganas. Siento que cuando ya no tenga más para dar desde acá, me ubicaré en otra posición. Pero de momento, me queda mucho para dar…
-¿Cómo definirías tu estilo?
-Yo tengo un estilo muy de batucada, como el que hay en Gualeguaychú, donde sueño con ir alguna vez. Mis referentes son Emilce Parga que está compitiendo este año, y Marisol Sánchez, que vino a capacitarnos a un taller a Villa Nueva. Yo no me canso de mirarlas y admirarlas. Pero mi estilo cambió completamente desde que fui mamá…

-¿Cómo es eso?
-El año en que fui mamá, fue mi única vez en al carnaval como espectadora. Y creo que necesitaba ser público para ver la danza desde afuera y volver después con toda la fuerza y, a la vez, más relajada. Creo que fui mejor bailarina tras mi maternidad.
-¿Enseñas a sambar?
-Hay un montón de nenas que se me acercan y me preguntan cosas; y me recuerdan a mí cuando era chica. Eso me llena de orgullo porque siento que lo mío les llega. Por cosas como esta es que estos tienen tanto futuro. Nos falta más profesionalismo pero vamos hacia eso. Lo que nos sobra es la pasión y por eso es que el carnaval de Villa Nueva no va a dejar de crecer nunca. Te lo firmo ya…
Cuando llega el momento de las fotos, Flavia me sonríe con su simple remera. Es una chica más de la ciudad, una Lynda Carter de Villa Nueva que aún no se sacó su traje ni se convirtió en la Mujer Maravilla. Cuando esta noche lo haga, el corsódromo la aplaudirá como si fuera una diosa que volvió del fuego. Como si bailara en el primer día de la creación mientras todos vuelven a nacer, una vez más, al mundo.
Iván Wielikosielek
Fotos del carnaval gentileza de Gonzalo Vega y Martín Lampallas