Yo siempre me estuve yendo
Siempre rodando de pieza en pieza
y de pensión y pensión
Siempre pensando en la renta
en el treinta
en del uno al diez
en baño a compartir
y entrada independiente
en no se permiten mascotas
no se permiten visitas
Sí
yo siempre me estuve yendo
Y tanto
que ya ni me acuerdo de mi origen
Porque las almas que se van mezclando a un nuevo sitio
son como peces de agua dulce
que de a poco se vuelven de agua salada
Yo siempre me estuve yendo
compareciendo cada mes ante usureros implacables
y luego ante otros
y otros
y otros…
Está claro que lo mío son las piezas oscuras y sin ventilar
esas que se pagan con el porcentaje de una vida rota
y el diezmo de unos pulmones
rotos también por el asma
Yo siempre me estuve yendo
Ayer dejé a mi novia después de cinco años
y me vine aquí
Hacía varios meses que vivíamos juntos
en su departamento
pero yo me enamoré de otra y me fui
Así de simple
Pero eso a quién le importa…
Anoche
cuando pasé frente a su edificio
y vi la luz de su departamento
sentí una profunda depresión en el estómago
Y entendí que ese cuadrado luminoso en lo alto
era el negativo de mi cuarto de pensión
oscuro como un pozo
Cuando vine aquí la dueña
-que se llama igual que mi madre-
me dijo
“sesenta pesos por mes y por adelantado
No acostumbro a dar recibos”
Y acaso mi madre hubiera dicho exactamente lo mismo
me dije
Era una pieza en medio del patio
y las paredes que alguna vez fueron rosas
estaban florecidas de una humedad verde
Y el piso que otrora fuera de mosaicos de jaspe
estaba alfombrado por cagadas de gatos
Así que el nuevo pensionista
tuvo que rascar paredes y pisos
y pintar con pintura a la cal de un rosa limpio
aquel salmón sucio
y limpiar los pisos negros
con jabón y lavandina blanca
El nuevo pensionista tuvo que levantar
una vez más
su casa sin tener una casa
y reconstruir su vida sin tener una vida
Pero eso a quién le importa…
Lo cierto es que mientras vivo lo que vivo
en esta pieza vacía
-sólo con mi máquina de escribir
y una mesa y una silla
sólo con media docena de libros
y mi camisa y mi campera
colgadas del respaldo-
mi vecino
don Chacho
cocina bifes de hígado en un sartén
Chacho tiene sesenta años
es alto y flaco
y tiene la nariz colorada por el alcohol
y manos de peluquero
y la piel rosa por la sarna o la miseria
-o las dos cosas-
y anteojos verdes como lupas
y es sucio como un gato sucio
Chacho es vendedor ambulante
porteño o rosarino
-acaso pampeano-
y está más solo que yo
o que el último de los gatos sucios
Tras cenar me golpea la puerta
se presenta y me pregunta
“¿Cómo te llamás, querido?”
Se lo digo
“¿Sos ruso?”
“No, mi abuelo” le respondo
“Porque mi hijo también se llama Iván…
Guillermo Iván…
Ese ingrato que se olvidó de su padre…”
me dice
Y acto seguido
y como si se hubiera olvidado de lo anterior
me pregunta
“¿Y tu apellido?”
Se lo digo
“Entonces nos vamos a llevar bien
porque somos gringos
no negros
como todos en esta ciudad de mierda”
Y hoy
cuando tras escribir a máquina me disponía a salir
siento que Chacho me llama
“Eh, hijo… vení…”
Su puerta estaba abierta
como cada vez que come
-y Chacho cenaba en soledad
sus lonjas de hígado fritas en el sartén
con la tele en blanco y negro
mal sintonizada en las noticias-
Y entonces
sacando una cajita de vino de su heladera
la abre con sus dientes amarillos
se sirve en un vaso de vidrio
y luego me sirve a mí
en uno de lata
“Tomá, hijo… Tomá con confianza…”
“Gracias, Chacho… A su salud…”
Y bebo
“Por favor, hijo… Faltaba más… Y ya sabés…
cualquier cosa que necesites…”
La palabra “hijo” me suena
como una patada en el estómago
y no sé a qué se debe
si al hijo que no fui
o al que no pude tener con mi novia
Sólo sé que “cualquier cosa…”
puedo contar con él
con Chacho
el vendedor ambulante
el amigo de los desconocidos
el enemigo de su hijo
que se llama igual que yo
Al volver del centro me cruzo con la dueña
Está sacando la basura en la vereda
y más que patrona parece una indigente
“Si usted viera lo que era esta casa hace treinta años,
joven…
Era una mansión…
Una casa tipo chalet…
Estaba toda pintada de blanco
y los pisos eran nuevos…
Valía una fortuna…
Y si usted viera lo linda que yo era entonces,
joven…
Con decirle que tenía
un pretendiente en la capital…”
Y esa última frase me suena tan descorazonadora
como cuando dijo
“no acostumbro a dar recibos”
y estrujaba los billetes que le di por adelantado
El mismo gesto con el que acaso
estrujaba su pañuelo en el cine
en la última función de su juventud
Con ese dinero en la mano
pensará en una nueva crema para las arrugas
en lonjas de hígado para los gatos
o en un alimento “premium” para el “Pichi”
un perrito escaldado por la sarna
que parece recién salido
de una pileta con ácido nítrico
Yo trato de ver más allá de sus ojos
pero sólo veo
su necesidad viva y su deseo muerto
algo así como un cartelito que dice
“ex mujer se vende al mejor postor”
Y hete aquí que
esos sesenta pesos que pedí prestados son
de momento
“el mejor postor”
Mis ojos en cambio
no significan nada para ella
y tampoco para mí
O al menos eso creo
Mis manos pintando tres días seguido la pieza rosa
rascando excrementos de gatos como costras
o enjabonando la puerta de sarnosa grasitud inmemorial
no significan nada para ella
y tampoco para mí
O al menos eso creo
Ni mi tos de asmático
ni mi alergia al encierro
ni mis impulsos muertos
significan nada para nadie
Pero a quién le importan acá los impulsos…
La vida para la dueña y para don Chacho consiste
precisamente
en liquidar de un balazo de quietud cualquier impulso
Veo mi pieza
que ha quedado “medianamente humana”
y me he cansado de quemar sahumerios en la noche
pensando en esa mujer que no podré visitar
por falta de dinero
ese que descansa en los bolsillos de la dueña
como sus instintos en la tumba de sus ojos
y se suicidan en los míos
Sí
la muerte está al fondo de mis ojos también
Eso es lo que pienso como conclusión del día
pero también
como conclusión de una vida
Yo siempre me estuve yendo
de pieza en pieza
de pensión en pensión
de casa en casa
Ahora tengo
una mujer en el futuro y otra en el pasado
una en el anhelo y otra en el olvido
Pero en el fondo
no tengo a ninguna de las dos
porque la única “mujer presente” es la dueña
que me mira con ojos de quien ha perdido
un pretendiente y una juventud
una vida y un chalet
Yo siempre me estuve yendo
de pieza en pieza
y soledad en soledad
pero ahora estoy aquí
No se permiten visitas.
Iván Wielikosielek