Revelada en el azul helado de hace cuarenta años, la imagen muestra un caserío en una bahía que se adivina helada también; un pueblito a dos aguas en chapa azul o rojo-azul, un cielo que parece de cobalto fundido y pastos de un celeste desteñido como el papel. Y al fondo de la fotografía, la evanescente raya del océano…
Pero no puedo ver mucho más porque los tres muchachos se pasan la cartulina de mano en mano, como si fuera una credencial que deben legitimar según el propio recuerdo. “Si habré bajado hasta el pueblo por ese camino… -dice Horacio.
Y traza con el dedo un sendero que sólo él ve, acaso porque también se abre en su memoria- Una de esas casas tiene que ser de la cordobesa… ¿Te acordás, Daniel?” Y entonces un señor grueso y de saco azul le dice que sí, que debe ser “esa”. Y apoya su índice en un punto indefinido del caserío, pero que para él guarda la precisión de una mira infrarroja. “¿La viste, Beto?” dice Daniel. Y entonces el tercer hombre entra en escena. Beto le quita la foto a su compañero y la examina como si fuera un mapa de guerra. “Yo estuve cerca del aeropuerto –dice moviendo el dedo hacia la izquierda y marcando su posición por fuera de la postal- Pero también bajaba por ese camino…”
Beto tiene el pelo cortado al rape, una campera camuflada y borcegos. Su vestimenta no guarda relación alguna con la de sus compañeros. De hecho, Daniel parece un banquero retirado y Horacio exactamente lo que es, un electricista. Pareciera que, salido de las islas, Beto hubiera ascendido de rango cada año.
Sin embargo, luego me explicarán que no es militar sino chofer de radiotaxis, y que en los últimos tiempos ha sufrido mucho. “Cada uno se toma la guerra como puede” me dirá otro veterano más tarde. Y yo me agarraré de esa frase para explicar, precisamente, lo inexplicable. “¿Y quién es la cordobesa?” le pregunto a Horacio. Y él, dándose vueltas, me lo cuenta por privado. “Estaba casada con un kélper y siempre nos invitaba a comer… Pero cuando los ingleses recuperaron las islas, la echaron con el marido. Creo que todavía andan por las sierras…” “¿Y no la volviste a ver?” –le pregunto. “Nunca…”, me dice. Y repentinamente se vuelve a sus compañeros. No es la primera vez que escucho esa palabra de labios de un excombatiente. Quiero decir así, sola y seca, como única respuesta. Cuando trabajé de periodista hace unos años, pude conversar con algunos de los muchachos. Y más de una vez la pronunciaron ante una pregunta mía. Y ese “nunca” siempre sonó igual a mis oídos; como si no saliera de un caracol sino del casco vacío de una bala.Mi situación en esa ronda es bastante ambigua porque, al saludar a Horacio, he quedado automáticamente incluido en la conversación, sin previa presentación ni saludo.
Es entonces cuando aparece el cuarto hombre. Tiene campera militar “real”, no como la de Beto. Y también es “real” el campo magnético que emite; un eco lejano de motores y balas, de gritos y botas en el barro. Pienso que si me acercara lo suficiente podría escuchar todo eso, que en definitiva es el audio de la guerra. Pero el hombre toma cierta distancia del grupo. Y como un mago, saca un mazo de fotos azules como las del caserío.
“¡Esto es una reliquia, Lescano!” le dice Beto. Y entonces el recién llegado, moviendo el dedo en el cielo borroso de la foto, pregunta: “¿Vieron ese punto? ¿Saben lo que es?”. Los muchachos cierran el círculo y ajustan sus miradas. Yo me asomo entre sus cabezas pero nada distingo; sólo una mancha como una mosca que se posó en el lente. “Es un Hércules…” dice Horacio. “Sí, un Hércules… A veces me tocaba volarlo… Llevábamos las provisiones” dice Lescano. Y al verme entre los curiosos, me hace un saludo con la cabeza y susurra un “qué tal”, que yo imito.“Miren, acá hay más fotos… -continúa- Traje todo lo que tenía para la muestra…”
Y entonces la rueda se parece a una partida de truco pero en el aire. Y cada foto puede demorarse horas en manos de un soldado; como una baraja que no se animan a jugar a riesgo de perder un compañero para siempre. Yo escucho sus comentarios y no dejo de sorprenderme que, ante sus ojos, las moscas sean aviones, los postes sean mástiles y un leve matiz en el pasto un pozo de zorro.“¿Sabés lo que me pasó con él? –me dice Horacio, señalándolo de un cabezazo al piloto- Cuando volvimos a Malvinas treinta y cinco años después, fuimos a lo de John; un kélper vecino de la cordobesa. Él se acordaba de nosotros y nos recibió amablemente. Y entonces nos mostró un libro de la guerra que había traído de allá. Apenas lo abrí, vi la foto de un desfile el del día que entramos en Puerto Argentino… «Stanley», me corrigió John… ja ja… Y en la primera fila lo vi a él… ¡Pero si es Lescano! le dije a John ¡Yo lo conozco de antes de la guerra! Pero no lo había visto hasta hoy…” “Lo que pasa es que me fui a Buenos Aires de chico, a la escuela de aviación… -me dice Lescano, como si me debiera una explicación- Pero con Horacio nos cruzamos en el secundario…” “¿Y allá no se vieron nunca?”“Una sola vez…”, dice Horacio. “Una sola vez…”, dice Lescano. “¿Y hace mucho que no venía a la ciudad?”“Mucho, hijo… Mucho…”
En ese momento, Beto y Daniel le devuelven el mazo a Lescano y él, abriendo un cierre secreto de su campera, se las guarda a la altura del pecho. Luego, de otro cierre vertical que tiene en el brazo, saca un artefacto irreconocible. Dice que es la tapa de un proyectil y que la trajo para el museo. Y yo, acaso cometiendo una imprudencia, le pregunto si a las fotos que acaba de mostrar las tomó desde el avión.“A la mayoría…”“¿Y cómo las trajo?”“Es que justamente no las traje… Dejé todos los rollos en una bolsa de plástico… Había cascos de balas, proyectiles y monedas; cosas que te encontrabas en la trinchera… A la bolsa se la dejé a un compañero en el hangar… Fue un día antes de caer prisionero. Le dije cuidála como oro.
A los pocos días, la bolsa estaba intacta en Buenos Aires…”“¿Y no volvió a ver a su compañero?” le digo. Y apenas hago la pregunta me doy cuenta que no debí, que ya no soy periodista, que sólo vine a una muestra de objetos de Malvinas y no a un reportaje, que soy poco menos que un desconocido para todos excepto para Horacio, que debería aprender a callarme, que… Pero inesperadamente, Lescano me responde con una fórmula que ya conozco demasiado: “Nunca…” Quiere agregar algo pero pareciera no encontrar las palabras; o acaso entiende que son tantas, que no le alcanzaría la noche en la ciudad ni las noches del mundo para contarme. “No lo vi más porque falleció en el último bombardeo… Eso fue cerca del aeropuerto, la posición por donde andaba Beto… Murió el mismo día que le di la bolsa…”Y una vez más, el aviador se toca el corazón. Y sacando otra vez las fotos, las pasa una por una como si buscara un naipe, un as de espadas cuyo valor desconocen los ingleses y el olvido. Al final lo encuentra. Y mostrándome una toma aérea con hangares de cinc azul, me señala un punto borroso; una mosca celeste en la pista de color cobalto. “Es él…”, me dice dándome la foto. Y pronuncia un apellido breve y terminado en “zeta”, Vélez o Gálvez. No recuerdo. Yo miro ese punto tratando de adivinar una identidad, los pensamientos y esperanzas de aquel hombre, y si no se había ya en su aura la proximidad de su muerte. Pero la única proximidad que tengo es la de Lescano. Y entonces escucho, o imagino que escucho, la pirotecnia del último bombardeo y el grito de su amigo, las botas en el barro y el motor del Hércules volando por última vez en libertad.“Pero lo visito seguido… –me dice con un dejo de gracia y melancolía- Está enterrado en Darwin; pero yo lo recuerdo en el aeropuerto de Puerto Argentino… Bueno, ahora se llama Stanley Airport… Pero por más que vea ese cartel, Roberto sigue ahí, saludándome desde la plataforma…”
Y por primera y única vez en la charla, Lescano pronuncia el nombre de su amigo. Le devuelvo la foto sin decir nada y él se la guarda en la campera a la altura del pecho, como si quisiera ponerla al abrigo de todo ese frío azul. Luego, haciendo un breve saludo parecido a una reverencia, se despide de los muchachos y luego de mí. “Placer”, me dice. Y ya no lo vuelvo a ver.
Por Iván Wielikoseliek