Es mi voz que retumba
contra el pecho,
atada al suelo que piso.
El silencio tiene zumbidos,
como el techo
que era cielo.
Ese que vi.
Nadie más mirara con tus ojos.
La nube se hizo noche
y la noche trajo caras extrañas
acechando mi lecho.
No lo digo como queja,
cada uno escudriña su laberinto
y no hay a quien gritar.
Desandar los pasos
es la forma de respirar.
Todo lleva dolor y tiempo.
Cargan la risa y el llanto
el mismo clamor.
Nacen y brotan
de la misma piedra,
que de tanta opresión
transmuta en cristal
y refleja,
el brillo del sol.
Cada vez que te vi
¿Te vi?
¿O qué vi?
Hasta dónde se puede llegar
si el suelo sigue siendo
el mismo
en cualquier refugio.
¿Para qué jugar a ser feliz
como un necio?
Tal vez se necesita una voz que presagie un camino.
O tendré que matar a un gorrión sin ningún motivo,
para decir que he sobrevivido a su destino.
La lluvia trae un mensaje
¿Quién lo pude entender?
Repican las gotas en el techo
como gritando algo,
que no sé qué es.
Llora el cielo
como un gemido de alguien
que se despierta con las alas mojadas.
Inhalo y es la vida.
Aunque truncado el pensamiento.
El cuerpo pulsiona
Y me dice:
¡Aquí, con el corazón del gorrión vivificado!
Brota a borbotones su sangre
Manchando los dinteles.
¿Cuándo llega eso que espero?
Toda la vida apagué
los sueños.
Cerré los ojos,
me tape los oídos,
apreté los labios
para no gritar.
¿Dónde está, eso que prometió?
¡No existe mar alguno!
Me mintió.
Me mentí.
Y les miento hoy.
El hombre dijo:
Lo que se espera
se recibirá.
Solo hallé pánico
y arena del olvido.
Pero busco y escarbo
con todo mi cuerpo.
Y solo queda sal.
El mar se fue
y vive otra vida.
Debajo queda la presencia
en la bruma somnolienta,
en esas siestas sin sombras,
donde el dolor de muchos
derramados en salitrales
traspasa mis manos,
y pone palabras
y hace vibrar mi voz.
¿Quién soy?
¿Qué hago aquí,
inmerso en este bastó sentir?