Así comenzó todo

En este relato, el autor nos sitúa en el centro de un conflicto ancestral: la colisión entre el mundo del hacha y el mundo de la palabra. A través de una prosa sensorial y honesta, asistimos al nacimiento de un poeta en los márgenes de la supervivencia. Allí, donde el destino parece escrito con hollín y cansancio, surge el cuaderno como un acto de insurgencia espiritual. Tobares logra algo difícil: retratar la aspereza de un padre y la fragilidad de un hijo sin caer en el juicio, revelando que la incomprensión es, a veces, la forma más ruda del amor. «Así comenzó todo» es un testimonio de resistencia. Es el recordatorio de que, mientras el monte exige el cuerpo, la palabra salva el alma.

ASÍ COMENZÓ TODO

Por Williams Tobares

Así comenzó todo.

La puerta del toldo sostenía la luz del alba, un débil suspiro. El aire era un cuchillo helado que se colaba por ella.

Tenía catorce años y mis manos todavía no eran tan ásperas; el monte no había moteado mi piel. Solo sabía que en mi corazón una semilla se implantaba: una semilla hecha de palabras, de consonantes, de agudas y esdrújulas, de sonidos que aún no entendía, de metáforas que nacían y se mezclaban con alegorías literarias, de frases que escribía sin saber que existía un estilo para ello.

Y ahí estaba él, el monstruo de botas marrones y voz rasposa, trayendo consigo la mochila imperceptible de la vida: la tristeza de los pobres, la resiliencia de «los que nunca son», pero de los que «siempre sueñan».

Un fuego fatuo sostenía la parrilla vieja en el centro del toldo. Sartenes que chisporroteaban tortas fritas redondas, ollas ennegrecidas por el hollín, llenas de comida para ocho personas, aunque éramos solo cuatro.

Esa mañana, mi abuelo se había levantado a las cuatro para amasar. A las cinco, las tortas ya estaban hechas, y un yo muy joven se lavaba la cara con agua helada en una palangana verde, tan clara que parecía transparente, tan vieja que parecía morir un poco cada día.

Como mis manos en el agua helada, como las manos de mi padre hachando: callosas, curtidas, moteadas. Las mismas manos de aquel hombre que, con su cuerpo, ahora tapaba el sol que entraba por la puerta. Su gigantez no se medía en estatura, sino en la sombra que dejaba, impregnada de humo, de hollín, de madera dulce y quemada, en ese fogón que sostenía la parrilla, que horas antes había sido testigo del nacimiento de aquellas tortas fritas redondas.

Después del desayuno, el monte nos esperaba.

La madera debía caer, partirse y apilarse. Cada hachazo era un golpe contra la vida y contra uno mismo, y yo aprendía a medir mi cuerpo entre la fatiga y el cansancio que no pedía permiso.

El viento se colaba por los huecos del toldo y por entre los árboles, y el sonido de los hachazos se mezclaba con mi respiración y con los gritos lejanos de los pájaros. Era un mundo duro, un mundo que no preguntaba si estabas listo para recibirlo.

Mi padre caminaba entre los troncos, rígido, incansable, y cada vez que me miraba parecía ver en mí algo que no entendía.

“¿Por qué no vas a ayudar como los otros chicos?” —me dijo un día mientrás yo miraba a la nada, pero en mi mente cabía un mundo entero.

Yo no contesté, solo sentí que una tristeza cálida me subía por el pecho. Sus ojos eran fuego y piedra, y yo era un cuerpo pequeño frente a un gigante.

A veces me escapaba al rincón donde guardábamos los sarmientos secos. Allí me sentaba con mi cuaderno viejo y mis lapiceras azules, siempre azules.

Mis dedos temblaban mientras escribía; cada palabra era un pequeño acto de resistencia, un intento de atrapar la vida y darle sentido.

Escribía sobre los árboles, sobre el sol que se partía en mil rayos cuando amanecía, sobre el viento que traía aromas de tierra mojada y humo. Pero, sobre todo, escribía sobre mí, sobre un niño que empezaba a descubrir que existía un mundo dentro de su cabeza más vasto que el monte que lo rodeaba.

El conflicto con mi padre era constante. Él no entendía la escritura, ni los silencios, ni mis cuadernos. Para él, todo lo que no era trabajo era inútil, una pérdida de tiempo.

“¿Qué pavada haces ahí sentado?” —me preguntó una tarde, mientras yo intentaba crear una metáfora de mi vida, de la pobreza de la gente, de la inopia mía.

“Estoy escribiendo…” —le contesté, con voz temblorosa.

Él gruñó, sus botas raspando el suelo. “Escribiendo… ¿y para qué sirve eso? ¡Acá se trabaja!”

Me quedé callado, mordiendo el labio. Dentro de mí, algo se rompía y a la vez algo nacía. La certeza de que mis palabras eran lo único mío, lo único que podía salvarme de la fatiga, del frío, del hambre y de la incomprensión.

Días y días pasaron entre hachazos, fogones, tortas fritas, carne asada y cuadernos escondidos. Cada golpe al árbol era un recordatorio de la dureza del mundo; cada palabra escrita, un intento de comprenderlo.

Yo miraba a mi padre y veía no solo al hombre que me exigía, sino al hombre que cargaba con su propia vida incompleta, con sus frustraciones, con sus sueños quebrados. Y entendí, de manera tenue y dolorosa, que la incomprensión venía del amor: un amor áspero, silencioso, que no sabía cómo decirse.

Me senté junto al fogón, el cuaderno sobre la mesita que temblaba con cada respiración. Afuera, el monte parecía contener la respiración conmigo. Mi padre se acercó, grande, imponente, y su sombra cayó sobre mí como un muro que no podía atravesar.

—¿Qué pavada haces? —dijo, su voz rasposa y pesada, llenando todo el aire.

Levanté los ojos, he intente mostrar algo que no podía explicar con palabras, algo que era mío y que solo existía ahí, en ese cuaderno.

—Pavada… —susurré, con un hilo de voz que se volvía casi nada.

Él se inclinó, sus manos grandes apoyadas sobre la mesa, la mirada que golpeaba como madera dura. —¿Y para qué sirve eso? —preguntó, sin gritar, pero con un peso que me aplastaba. —¡Acá se trabaja, no se pierden horas con boludeces!

Mi corazón se encogió. Vi en sus ojos no solo la incomprensión, sino la vida que había llevado, las renuncias, los sueños rotos, el amor que no sabía decir.

Me dolió, hasta el fondo, hasta el hueso.

—Es… solo escribir —dije, intentando que mi voz no se quebrara.

Un silencio pesado se tendió entre nosotros. El fuego chisporroteaba, las sombras bailaban sobre los troncos, y por un instante sentí que todo mi mundo podía desaparecer.

—Escribís… y qué vas a hacer con eso —susurró, más para él que para mí. —No alcanza para comer, para vivir…

Mi garganta ardía, los párpados húmedos. Las palabras que tenía dentro querían salir, pero temblaban como hojas en otoño. Miré mi cuaderno, mis trazos, mis frases. Allí estaba yo, completo, vulnerable, vivo.

—Pavada —pensé—. Mientras me miraba con sus hombros tensos y respiración profunda.

Hubo silencio.

El silencio lo llenó todo, un silencio que dolía, que pesaba, que era casi físico.

Yo me quedé allí, con el cuaderno entre las manos, las lágrimas cayendo silenciosas, pensando en todo lo que quería ser, en todo lo que todavía no entendía. Y comprendí que, aunque el monte, la vida y el hambre me golpearan sin piedad, yo tenía algo que era solo mío: mis palabras.

Pavada —pensé. Esta pavada cambiará el mundo, o por lo menos el mío.

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