Escalones

El Taller Literario de la Biblioteca Estrada sigue produciendo textos locales. En esta ocasión les ofrecemos «Escalones», nueva producción de un prolífico Héctor Massara que ha alcanzado finalmente la consumación de su estilo, voz y dicción propia.

Escalones

Antes, mucho antes, se me conocía como el loco de la playa de Los Locos, hoy casi nadie me recuerda y muy pocos me han visto. Vivo recluido en mi casa paterna, un sótano en realidad, que fue lo único que mi padre pudo comprar después de una vida de carcomer sus manos en las salinas y su hígado en los bares.
Una sola escalera estrecha y ruinosa, que bajé por última vez en el año cuarenta y nueve permite que dos santas mujeres de la Concejalía de los viejos me acerquen comida una vez por día y unos tíos gruñones de batas blancas entren como energúmenos, pateando cacharros y rociando desinfectante una vez al mes.
El lugar es tan viejo que, dicen algunos, sobrevivió al terremoto del año veintinueve y tal vez sea cierto. A pesar de su construcción poco prolija se lo ve fuerte, con sus ladrillos intactos y su argamasa firme. En los primeros escalones se pueden ver marcas de dedos de vaya a saber quién pretendió darle una terminación más suave, para luego aburrirse a tal punto que dejó sobrantes de la mezcla en los superiores. Durante mis primeros años aquí hice algunos planes para retirar el exceso, pero me faltó coraje para llegar tan arriba.
Los dos primeros escalones son mi límite, allí me siento a comer las viandas de mis bienhechoras. El aroma de los calderos que viene de los restaurantes de la costa disfraza a mis insípidos arroces y me olvido de la ausencia de sal que me imponen para guardar mi salud.
¡Ausencia de sal en Torrevieja! Es preferible morir antes de aceptar tal desatino.
La vida era fácil hace sesenta años, nunca me gustó el trabajo en las salinas y era un mozo ágil y despierto que juntaba sus duros aquí y allá, sonriendo a las mujeres y bromeando con los hombres. Cómodo en mis pantalones de algodón y mi camisa blanca, los pies descalzos, la piel morena para la playa y mis cabellos negros bebiéndose el sol.
Allí, en la playa de Los Locos, conocí a mi María, de delicada piel casi traslúcida, siempre con su ancho sombrero que la escondía casi por completo. Creo que por eso evadía a los gavilanes del puerto, pero no pudo evitar mi curiosidad, que se paseaba hurgando debajo de las sombrillas.
Era hija de un pescador rico, de cuatro barcas. Descendiente de genoveses, tenía una esposa enfermiza auxiliada por sus dos hermanas solteras para no perder pisada a la niña. Pero yo era un hábil enamorado, que a fuerza de piropos y galanterías me vine a ser el novio y llevaba a mi María de aquí para allá. Conoció a mis padres, aunque mi madre murió al poco tiempo de una septicemia, como si ella fuera la huérfana se volvió un poco triste y taciturna. Me pidió no ir más a la casa y, como yo no frecuentaba la de ella, la pasábamos en la playa, dejando que el tiempo se escurriese al ritmo suave de las habaneras.
Aquel maldito julio caliente y sus malditas veladas se llevaron mi amor para siempre, los jóvenes habían encendido una gran hoguera en la playa y reían y se besaban, escondiéndose de la luz de luna para sus arrumacos más audaces. María me invitó a entrar al agua cálida y le respondí que no, medio pasado de vino dulce. La vi recortada en plata, levantando su vestido hasta las bragas y alejándose de algunos mirones que le silbaban. Nunca más volví a verla.
Las barcas buscaron días enteros sin éxito, los jóvenes revisamos cada centímetro de playa. Dos vagabundos fueron apaleados injustamente porque una estúpida mucama dijo haberlos vistos con una mujer. Recién cuando los desaventurados contaron sus cardenales de a cientos completó su información diciendo que la mujer en cuestión tenía más de sesenta.
Debí quedarme en la playa para siempre, sucio y desencajado, alejando a los paseantes con mis locas preguntas de por qué… ¿Por qué a mí?, ¿Por qué mi María?, ¿Por qué fue asesina aquella brisa suave y la marea calma del julio maldito? El loco de la playa de Los Locos hubiera seguido años con sus llantos y letanías de no ser por dos viejas vecinas que, aburridas de mis molestias soltaron la lengua…
-A ver si la cortas rapaz, que tu amada se suicidó porque el borracho de tu padre la abusaba- las viejas se alejaron como si hubieran dado el informe del tiempo.
Corrí, casi sin aliento hasta la casa, bajando los escalones de tres en tres. Mi padre estaba en el patio afeitándose, la cara llena de espuma de jabón. Me miró y su cara era una máscara absurda de San Nicolás, dejó la brocha sobre el banco y se cortó la garganta de un solo y preciso tajo.
Y allí me quedé, hasta que una vecina curiosa avisó a los policías que se llevaron el cuerpo arrastrándolo por la escalera, sudando por el esfuerzo, patinando los botines claveteados en la sangre a medio coagular.
Hoy es el aniversario de la desaparición de María y algunas ideas se vienen a mi mente, en realidad, ya hace unas semanas que sueño con abandonar mi encierro. La pregunta es: ¿de noche o de día?
Todos me verán si salgo de día, me saludarán: ¡Cuánto tiempo sin verlo! ¿En dónde estaba usted? Me doy cuenta que esto no va a suceder, ya pocos me conocen y menos querrán hablar conmigo.
Tal vez me marche de noche. Por milagro, o porque algún piadoso vecino cambió la bombilla, la farola parece levitar envuelta en su aura amarilla al final de la escalera. Afuera está la oscuridad. Subo al primer escalón, el segundo cruje esperanzado y sufre conmigo los calambres de mi esfuerzo, el tercero, que desconoce mis pasos guarda un poco de curiosidad, los restantes se divierten.
La mujer de la vianda me grita desde arriba: ¡Quédese allí Antonio! ¿O se quiere matar?

Héctor Massara

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