Mil metros

Como viene sucediendo, continuamos presentando las producciones del Taller de Literatura que se ofrece en la Biblioteca Estrada de nuestra ciudad. Y nuevamente tenemos, por fortuna, entre manos un texto de Héctor Massara, indudablemente uno de los narradores más sólidos que hayan surgido en la provincia en este último tiempo. Ya hicimos referencia a la precisión de su sintaxis, con la cual gana en fluidez y contundencia expresiva, notoria en este caso para cursar los mil metros.

Mil metros

Lunes, cinco de la mañana, me pongo en marcha para llegar en horario a tomar el turno en la metalúrgica. Ya cumplí con el ritual de tomar un café fuerte, asomarme al dormitorio de mi hijo y pegar una mirada de rencor y culpa al retrato de mi difunta. A tres años de su ausencia todavía su olor se mezcla con el de las ramas secas de laurel, naftalina, laca, alcanfor. Siempre termino huyendo de la mezcla cuya conciencia revuelve mi estómago y me da el último empujón a la calle.
El saco pronto se humedece y pierde el calor de la casa, debo parecer grueso con mi camisa y los dos suéteres, los pantalones no ayudan con su algodón obrero que pide verano. Gracias a Dios el viejo abrigo, castigado de polillas, tiene unos profundos bolsillos en los que mis manos se calientan y puedo jugar con mi navaja automática. A cada presión en su botón lateral la hoja salta en un espasmo de acero poniendo en riesgo mis dedos. Repito el juego accionándola por lo menos una vez cada cinco metros recorridos, doscientas veces de ida, doscientas de vuelta, algo así como ciento veinte mil en el año y quizás un millón de veces desde que la compré en El Rastro. Estos suizos saben cómo hacer las cosas.
En los primeros metros disfruto del claqueo familiar de las baldosas sueltas de la vereda del solterón Murillo que, como todas las mañanas, contesta la molestia con un rezongo y el ruido del elástico de la cama que se filtra nítido por la ventana sin postigos. No sé qué haría si no escuchara esa respuesta, podría significar que el vejete pasó a mejor vida o, lo menos probable, que fue a visitar a su único sobrino, cosa que hizo sólo dos veces en veinte años.
En estas cuadras los vecinos no se han puesto de acuerdo para construir sus veredas, uno puede resbalar en cerámico pulido, tropezar con una laja, derrapar en pedregullo o ensuciarse las botas con barro. Un ramazo espinoso me hace pensar que tampoco coincidieron con la elección del arbolado, el arbusto enconoso del flaco Peretti se está comiendo el paso mientras en la vereda del frente, la regordeta Señora Quiróz ha colocado unos álamos esqueléticos cuya única utilidad es hacer silbar al viento con un acento lúgubre.
De allí en más, la comuna proveyó a los vecinos de un democrático pavimento que se rompe y ondula por obra y gracia de las raíces de los árboles, aquí aprendí a caminar levantando los pies lo que me da un aspecto digno y cómico a la vez.
El ruido de mis pasos reverbera y rebota en los grises que preceden al amanecer, no voy a negar que sea poco tranquilizador, algunas sombras furtivas y veloces me erizan los cabellos y hacen que apriete la navaja en mi bolsillo. Como muchas veces, tengo la impresión de que alguien me sigue y como otras tantas me resisto a darme vuelta, esta vez mi imaginación me ha regalado un extra en forma de fuerte olor a tabaco.
Un carraspeo fuerte me hace girar y casi muero del susto al ver al sujeto que casi me pisa los talones.
-¡Hola vecino!- me saluda jovialmente.
Todavía está muy oscuro, pero estoy seguro que no conozco al tipo, me saca una cabeza y tiene un perfil aquilino. Lleva puesto un capote de corte militar que parece del siglo pasado y unas botas pesadas que no hacen ruido al pisar el asfalto.
-No lo conozco señor, y dudo mucho que sea usted mi vecino.
-¿No vive usted en la casa de los geranios?-
-Así le dicen…
-Pues entonces soy su vecino, aunque en realidad hace mucho que no vivo allí.
El sujeto sigue a mi lado. Sólo puedo escuchar mis propios pasos, pruebo caminar más lento y el copia mi ritmo, apuro el tranco por unos cien metros hasta que mi respiración se hace fuerte, casi jadeante y el sigue casi tocándome y sin esfuerzo aparente.
-¿Puede usted apartarse un poco? Me está poniendo nervioso.
-Uff… le pido disculpas, hace rato que no camino junto a otra persona.
-No estoy disfrutando de su compañía y no se ofenda si le digo que apesta a tabaco.
-Tiene razón, son los cigarros turcos que nos daba la Legión, en el campamento los usábamos para ahuyentar las chinches. Créame que hace mucho tiempo que no fumo.
Nos acercamos a la esquina de Centenera donde está el primer farol de gas, la luz da un aspecto lechoso a todas las siluetas y me permite observar con más detenimiento al hombre. Su rostro es afilado y los ojos oscuros y pequeños se hunden detrás de la nariz de águila, una gruesa cicatriz le corta el pómulo derecho y termina en la comisura de la boca simulando una sonrisa feroz.
-Obsequio de un bereber, no son muy prolijos en sus cortes- dice mientras se acaricia el costurón con aire pensativo.
Me doy cuenta que, sin querer estamos detenidos bajo la luz y estudiándonos, el hombre ríe y yo trago saliva buscando aclarar mi voz y le digo sin firmeza:
-Tengo que llegar al trabajo, debo apurarme…
-Apuremos entonces, el viejo Aguilera va a morir en la esquina de Madariaga y usted debe ayudarlo.
El viejo Aguilera. Todos conocen al mendigo y su lista triste de desgracias y desamores, hace años que vive y duerme en su nido de cartones mugrientos. Ofrece a los paseantes lo único que tiene, su historia, y la misma es tan desgarradora que hombres carraspeantes y mujeres de ojos enrojecidos dejan sus billetes en la lata de dulce. ¿Quién querría matarlo?, la pregunta se me escapa en voz alta.
Como toda respuesta el sujeto me apoya la mano en el hombro, si no lo estuviera mirando juraría que no sentí el contacto, pero me revuelvo rechazándolo.
-Perdone si lo empujé, pero como decía mi capitán: “Al mal paso darle prisa”
-No sé de su capitán y no pienso en dar ningún mal paso. ¿Podría usted dejarme solo?
-Eso sería muy cobarde de mi parte, tal vez pueda ayudarlo…he aprendido algunos trucos en todos estos años.
Creo que el tipo está loco y debo reconocer que me da un poco de miedo pero al verlo tan descarnado y liviano pienso que podría defenderme muy bien si tiene alguna idea rara, continúo a paso firme mientras él se desliza silenciosamente a mi lado.
El farol de la esquina de Madariaga ya arrastra su luz hasta nosotros, esta noche parece suplicante o al menos sugerente, creo que los dos nos apuramos hacia el bulto que va tomando forma, puedo oír risas, gritos y algún insulto, quiero escuchar la voz cascada del viejo y mi oído, obediente, ajusta su atención y me devuelve algunos quejidos no muy tranquilizadores. El olor llega primero, el picante de la mugre, el amoníaco de la orina…el dulzor de la sangre saturada de alcohol. Le siguen los colores y las figuras, la sombrilla amarilla y rotosa que unos buenos vecinos donaron y que se aplasta en la pared con sus costillas rotas, el tambor de zinc de misterioso contenido.
-¡Apúrese, ya empezaron!- el cortado da largos zancos que se transforman en carrera y aventajan mi trote temeroso.
Y era cierto. En su caos de cartones y diarios el viejo Aguilera recibe una golpiza salvaje de tres muchachones del puerto. Su cuerpo suena como una alfombra apaleada ante las patadas salvajes. Mi compañero llega agitando su capote y sus brazos como aspas de molino repartiendo golpes que no parecen surtir ningún efecto.
-¡Alto! ¡Alto en el nombre de Dios!- me sumerjo en el tumulto con mi navaja abierta, un golpe en el estómago me deja sin respiración y me tiran de los pelos hacia atrás. Trazo a ciegas un arco con la navaja que muerde dos veces en su recorrido arrancando igual número de chillidos. Un brazo flaco pretende ahogarme y de nuevo un tajo me libera, caigo de bruces con mi cara a diez centímetros de la del viejo. Tiene la boca llena de sangre, pero ya no fluye y sus mejillas tienen la lividez de la muerte. Un silbato agudo casi aturde llegando, seguramente, de la garita de la plazoleta y pone en fuga a los malandras.
-¡Menudo lío hemos hecho hombre! ¡Corra, corra que va a llegar la milicia!
Me levanto con dificultad resbalando en algún líquido que brota del viejo y corro todo lo que me permite mi medio siglo. Calle arriba, el cansancio, la claridad del nuevo día y los carteles familiares me hacen aminorar la marcha. El portón de la metalúrgica está abierto y el sereno estira mi ficha para firmar la asistencia.
-¡Por Dios, hombre! ¡Está usted a la miseria! Su abrigo está lleno de sangre. Lávese en el grifo y a darle explicaciones al capataz. ¿Por qué no vino a trabajar ayer?
-Porque era domingo…
-¡Maldito borracho! Era lunes y hoy martes. ¿Qué estuvo haciendo? Hasta su hijo vino a preguntar por usted.
-Estuve metido en una gran riña, unos tipos mataron al viejo Aguilera y mi compañero del capote y yo les dimos un buen escarmiento…
-¿Qué compañero del capote? El viejo Aguilera fue retirado el sábado por la Caridad. Más le vale inventar otra historia si no quiere ser suspendido por mentiroso y borracho.
-Yo no tomo- le digo mientras lavo mis manos. La sangre tiñe por algunos segundos la pileta de cemento y desaparece con un gorgoteo profundo.

Héctor Massara

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