Bu

El método del Taller de Literatura dictado en la Biblioteca Estrada a lo largo de este 2015 que se apaga fue un tanto extraño, en el sentido que se hizo hincapié en la edición de textos, en la corrección ortogramática y de estilo para llegar a la depuración máxima que fue posible alcanzar de acuerdo a las posibilidades de cada escritor. Vale decir, se presentaban los textos en el taller y a partir de allí se mostraban a trasluz las virtudes y defectos que se sucedían párrafo a párrafo, entonces se ensayaban las técnicas de escritura convenientes para aprender dinámicamente y sobre la revisión. El ejemplo de «Bu» es notable en ese aspecto. Lamentablemente, amigo lector, está privado de ver el texto original y observar paso a paso la transformación que fue capaz de ejecutar en él su hacedor, Héctor Massara. Empleando un recurso aquí y otro allá hasta rematar con una elípsis, precisamente uno de los recursos centrales de la literatura bien escrita.

Bu

Ese que ven caminando por el campo de arroz es Bu Nguyen Duong. Puedo asegurárselos porque soy yo mismo. Llevo en mi cabeza el Non La cónico que me protege del sol y sobre mi hombro el largo bastón de aporcar.
Quizá piensen que sería agradable caminar a mi lado, pero mis pies están llagados y rezuman sangre acuosa, unos gusanillos minúsculos se empeñan en alimentarse de ella. El bastón mantiene a raya a las nagas que se arrastran por los montículos ofertando muerte rápida y tantea el terreno con suavidad en busca de minas enterradas.
Cuando el vietcong expulsó a los americanos de mi aldea fuimos acusados de colaboracionistas y por ser el adulto activo de la comunidad todos me llamaban: ¡Bu, ayúdanos!, ¡Protégenos Bu!, ¡Bu, intercede por nosotros! Flaco favor me hicieron, mi nombre significa líder y debido a eso toda mi familia fue trasladada a los campos inundados del Mekong, cerca de Da Lat a sembrar arroz y limpiar el terreno de minas que plantaron los americanos.
En la primera semana, mi mujer y mi hijo varón murieron en una misma explosión, algunos dicen que yo sobreviví por mi bajo peso, yo digo que el Maestro Buda me dejó para sufrir y recordar. Vivo en una choza cercana al campo con mi hija Tuyen y mis ancianos suegros, durmiendo sobre paja de arroz, comiendo tallarines de arroz y arroz hervido, todos y cada uno de los días que vivimos. Los domingos bajo al pueblo para mi clase de reeducación, donde repito las consignas del partido y los nombres de desconocidos héroes de guerra. Desde el aula, que sólo es un voladizo apoyado en el muro de la Comuna puedo ver al camarada Bao y a su secretaria enseñando coreografías militares a las niñas del pueblo. Tuyen me sonríe mientras marcha con movimientos de autómata y dibuja figuras geométricas con los brazos al grito de: ¡larga vida a Ho! y ¡mueran los salvajes imperialistas!
El camarada Bao llama a esta ridiculez “danza del pueblo”, ¡qué lejanos parecen aquellos bailes suaves y delicados en que el cuerpito de mi niña, envuelta en el Ao Dai de seda verde flotaba al son del Dan Bau arrancando suspiros y lágrimas de gozo!
El ladrido del instructor me saca de mi ensueño y a una seña de su bastón me acerco presuroso. Informa a todos con su voz chillona:
-El camarada Bu ha sido beneficiado con una beca militar para su hija, que viajará a Hanoi para servir en el ejército- Escribirás una nota al comunero agradeciendo este honor Bu.
Inclino mi cabeza con respeto y de paso escondo mis lágrimas. ¿Escribir una nota? Ni siquiera sé leer. Tendré que molestar al maestro Han, que me cobrará una escudilla de arroz. Y estaré un día sin comer.
Abandono la clase y emprendo el regreso hasta la casa, evitando las miradas de mis suegros. Tuyen llegó más tarde, los cabellos revueltos y las orejas enrojecidas de los exagerados festejos de sus camaradas, me hace una seña con la cabeza hacia sus abuelos y yo niego suavemente.
Mis suegros son personas simples y bondadosas, no sé qué habría hecho sin ellos, la anciana es paciente con Tuyen y fue la encargada de prepararle los paños para enjugar sus primeras sangres hace apenas dos años.
Observo, con los ojos húmedos, el sueño de mi niña acurrucada en su estiba de arroz. Una delgada franja roja en el lateral derecho de la espalda es todo el daño que la guerra le infligió y lamento que mi escuálido cuerpo no haya podido protegerla totalmente del napalm del helicóptero americano.
Enciendo mi madera de sándalo y rezo, casi con desesperación, por mi hija, por mis muertos y también por mí hasta que el cansancio me duerme piadosamente.

A pasado un año desde que mi Tuyen nos dejó, los ancianos abuelos no pudieron soportarlo y murieron casi al unísono. ¡Si tan solo hubieran aguantado unos meses! Hoy el camarada Bao anunció que vendrá a visitarme para el festejo del Año Nuevo Lunar, me envía un beso y una fotografía.
El malvado instructor retiene el papel sin entregármelo hasta ver que me asoman las lágrimas y me lo arroja en la cara. En la fotografía se ve a una mujer muy flaca y ojerosa, en un apretado vestido rojo, recibiendo besos en las mejillas de dos militares viejos, el fondo es colorido y se ve una gran vitrina repleta de bebidas. ¿Esta es mi hija? Tendré que esperar cinco días para confirmarlo.
El día de Año Nuevo bajo al pueblo temprano. Las mujeres cuelgan linternas de papel de arroz y los hombres sacrifican pollos y algún cerdo viejo. El olor de la sangre y el pelo chamuscado me da arcadas y me traen el doloroso recuerdo de los despojos humeantes de mis amados muertos. Los administrativos ponen en mis manos una escoba apenas me ven y me reúno con la cuadrilla que barre la plaza. Tuyen llegó como a las cinco, su pelo es ahora rojizo y está excesivamente maquillada, me besa fríamente y le pregunto si desea ir su hasta la casa. Se niega y no parece escucharme cuando le informo de la muerte de los abuelos.
Nos sentamos en la plaza, sin hablar, mientras los malabaristas muestran sus artes y las niñas de Bao marchan como patos chuecos, idénticas en sus monos azules y lazos rojos. Tuyen fuma un cigarrito de color negro en una boquilla larga, sus pupilas se dilatan y aparece en su rostro una sonrisa desfallecida. Rechaza groseramente un rollo de primavera que le compré en el puesto, el arroz y la carne se desparraman en el suelo. Me agacho para recogerlo y lo como mientras me mira con asco. Una docena de jóvenes combatientes han recibido permiso para gastar munición de los americanos y vacían los automáticos, eufóricos y embrutecidos por el aguardiente, los niños aplauden y los adultos gimen, una vieja desdentada ha perdido el control de su intestino y llora no sé si de vergüenza o por los pellizcos que recibe del grupo de estudiantes de la causa.
Cerca de las seis de la mañana el camión toca la bocina, y la extraña mujer que una vez fue mi hija se despide diciéndome:
-No me verás más, viejo Bu.
El sol ya está alto, la calle está llena de borrachos tirados, muchos se fueron a dormir, pero yo debo ir al campo. Me quito las sandalias y no me molesto en buscar el sombrero y el bastón. Camino haciendo equilibrio por el delgado montículo. Unos metros más adelante la Madre Cobra se yergue desplegando su capucha y siseando entre los colmillos. La saludo con una leve inclinación.

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