Delicias de un domingo sin fútbol

Venía deprimido desde el sábado. Y aunque mi novia desconocía las razones acabó dándome un trato especial. Al punto que contra sus principios de “chica gourmette” terminó cenando un sándwich de milanesa conmigo. “Nunca te vas a pasar de la mortadela al caviar. Si no fuera porque sos escritor, ya te habría dejado hace rato”. Esa era su frase preferida y me la volvió a repetir esa noche. Y tenía razón. Yo era, ontológicamente, “del palo de la mortadela”. En cuanto a lo de escritor, el rótulo que mejor me calzaba era el de la película de Polanski: “El escritor fantasma”. No sólo porque hacía años que no publicaba nada sino porque a duras penas si escribía notas para sobrevivir en un diario. Mi mesa de luz, lamentable reflejo de mi alma, había cambiado los clásicos por una biblioteca consagrada a la número cinco: tácticas de ataque, una biografía de Johan Cruyff y una pila de “gráficos” de los ´70. Al otro día no me alcanzó con otro sándwich como almuerzo para mitigar la amargura. Era primero de mayo y un domingo sin fútbol y sin San Lorenzo no era para mí un domingo. Ni siquiera era un día en la vida, sino apenas una gris sucesión de minutos horribles fuera del tiempo, como las horas que alguna vez viví en un quirófano. Y como Fabiana me viera más deprimido que la víspera e incluso agotado, me trajo mi postre preferido: una rodaja de queso mantecoso con dulce de membrillo. Luego, sin venir a cuento, me tiró el diario del día en la cara. “Ponéte contento –me dijo- Salió una noticia literaria de las que a vos te gustan”. Leí: “Se cumplen 5 años de la muerte de Ernesto Sábato”. Y entonces, automáticamente, me acordé del viejo en la cancha de Estudiantes el día en que la dirigencia le dio una camiseta con la “10” a modo de homenaje. Y yo pensé “este viejo picapiedra no jugaría jamás de diez en mi selección. A lo sumo de dos, como su tocayo el “Chavo” Desábato”. A esta conclusión le siguió una pregunta existencial: “¿Saldría yo a jugar un partido internacional con Sábato de titular?” Respuesta: “¡Ni loco!” Y entonces, súbitamente enfebrecido, agarré un papel y empecé a armar la selección argentina de los narradores de todos los tiempos.
Me dije que necesitaba una zaga de defensores con huevos y oficio. Un dos y un seis ásperos e implacables, “realistas” y que “metan miedo”. Y a mi mente vinieron el uruguayo nacionalizado Horacio Quiroga y el riojano-cordobés Daniel Moyano. Por sus características técnicas y áuricas, serían el 2 de Racing (un Perfumo con barba para Horacio) y el 6 de Boca (un Ruggeri refinado para Daniel). Los laterales tendrían que ser veloces y estilistas. Y se me ocurrieron dos cordobeses: el viejo Juan Filloy de Talleres con la 4 (una mezcla de “Cata” Oviedo y Cafú) y Héctor Bianciotti con la 3, del estilo Chamot pero más exquisito; un “Chamot Sauvignón” cosecha 1930, que es su año de nacimiento y jugaría en Instituto. Por cierto, me olvidaba del arquero. Volví a pensar en San Lorenzo y me acordé de sus dos guardametas eslavos: Mirko Blazina en los ´40 y Vladimir Tarnawsky en los ´60. Por lo que el “polaco nacionalizado” Witold Gombrowitz usaría el buzo del “Pato” Fillol. El medio campo tenía dos números puestos: la “10”, que no era para Sábato sino para Jorge Luis Borges, el argentino más universal o el universal más argentino. Pura magia, fineza, potencia e identidad. Y al lado suyo, su socio ideal: Adolfo Bioy Casares. (Ambos, por estilo, clase y categoría, serían de River Plate. Una suerte de “Charro” Moreno clonado con Distéfano, Francescoli, Alonso y Diego para JLB; y un “Negro” Enrique o “Jota Jota” para Bioy, “compadre” ideal del “armador”). Para que semejante refinamiento se sostenga en el mediocampo, habrá que jugar con doble cinco, me dije. El “tapón” sería el “Gordo” Soriano, una suerte de “Doble Ancho Monti” de San Lorenzo del ´30 (autor del primer gol argentino en los mundiales, dicho sea de paso); y el Fernando Redondo sería Juan José Saer de Unión de Santa Fe, frente alta y puro equilibrio. La delantera tiene un wing neto: Rodolfo Walsh. Una suerte de Bertoni en tiempos de Independiente a puro vértigo. Y arriba, con la “9”, un romperedes implacable; la síntesis perfecta entre Kempes y Sanfilippo, Batistuta y el “Beto” Acosta: Roberto Godofredo Cristophersen Arlt, de San Lorenzo de Almagro, capitán del “team”. Miro al banco y veo a Macedonio Fernández con el buzo 12 (Huracán), a Sábato y Cortázar (Estudiantes y Racing) como laterales suplentes, al gran Jorge Barón Biza (refuerzo polifuncional “Pirata”) para el medio campo (¿qué dirán los porteños con cuarto cordobeses en la selección?) a Leónidas Barletta (otro recio de Boedo) como “serial killer” de la zaga, como el “Colorado” Killer; en el medio al poeta villacrespense del balón, Leopoldo Marechal (Argentinos Juniors) y adelante, al fabuloso Haroldo Conti (Independiente) junto a una promesa de la última generación: Guillermo Martínez (Olimpo de Bahía Blanca). “¡Y que se vengan los holandeses a ver si nos sacan un empate, carajo! ¡Y poné a Erasmo la p… que te parió”! me dije casi a los gritos.
En esos momentos, mi novia se acercó y dándome un beso me dice: “yo sabía que la literatura te iba a alegrar el día. ¿Viste todo lo que escribiste en un ratito?”. Cuando ella se va a dormir la siesta, las palabras le dejan paso a las rayas y cruces. Y escuchando aquel Argentina-Polonia del ´78 por internet, dibujo el sistema táctico para jugar el primer partido del mundial: un 4-2-3-1 para enfrentar a la siempre difícil Hungría de Sándor Márai.

Por Iván Wielikosielek

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