Avidez de eternidad

                La tormenta se anunció temprano, aún antes de que el viejo Martos entrara en sospechas al sentir los pinchazos dolorosos en los hombros. El perro gimió y rasguñó la puerta. Unas pantuflas que alguna vez fueron abrigadas y seguramente más limpias se ajustaron a los pies y el pijama quedaría en su cuerpo hasta el mediodía.

                El hombre estaba ahora erguido —todo lo que le permitía su sifosis lumbar— y sus pulmones adaptándose al aire frío de la habitación. Los leños de la estufa hacía rato que habían cumplido con su tarea. Por la ventana el sol, que no había terminado de saltar sobre el caserío pintaba el cielo del color del bronce viejo, la tormenta venía robando la claridad desde el este, bufando y protestando sordamente. El viejo se preguntó en voz alta si tomaría un café y se respondió en silencio: “Tal vez unos mates”. La pregunta se repitió en su cerebro y mereció una confirmación en voz alta: “He dicho unos mates”. Un mal comienzo del día.

                Mientras el agua se calentaba salió al patio, el cielo se alumbraba espasmódicamente en la lejanía con unos flashes silenciosos y —se le ocurrió— de mal augurio. Los pájaros también parecían haberlo sentido así y habían aplazado sus trinos mañaneros, sólo una pareja de codiciosos horneros esperaban que la tierra reseca se convirtiera en barro. El perro parecía dudar entre molestarlos o entrar en la casa, un trueno de avanzada lo convenció de lo segundo y buscó un lugar en la leñera, cerca de la estufa aún apagada. Temblando de miedo y frío.

                Eran, más que viejos amigos, antiguas réplicas. El mismo frío, las mismas encías descarnadas, la dificultad en levantarse, el pelo cano y escaso, los olvidados amoríos y… una micción dificultosa.

                La tormenta avanzaba en nubes veloces y henchidas de agua, surcadas por venas plateadas y púrpuras que alcanzaban la tierra en medio de temblores y explosiones, el perro hurgó en la leñera apartando los palos hasta que sólo asomó su rabo. Martos deseó poder refugiarse con él, los estampidos eran ahora ensordecedores y hacían temblar los cristales y crujir las chapas del techo. La electricidad se cortó haciendo más evidente la oscuridad del día, las manos del viejo temblaban en el intento de prender la única vela sobre el estante. La llama iluminó la foto de su mujer, la carta de su hijo que ya había envejecido cinco años y el almanaque indiscreto que vigilaba sus días. Y fue demasiado.

                El hastío le ganó al miedo. Salió a la calle ya medio inundada, caótica en remolinos de viento, truenos y rayos. Una vieja antena de radio le sirvió de lanza suicida y provocó a los dioses lanzando estocadas y pretendiendo cortar los ríos eléctricos como un quijote achacoso. Aguantó el esfuerzo hasta ganarle la pulseada a la tormenta que se retiró bufando y saludándolo con dos últimos remezones, dejándolo empapado y un poco decepcionado.

                La electricidad aún no había vuelto, la luz de la vela apenas hizo rebotar el agua que lo cubría con una inesperada luminiscencia. Llamó quedadamente: “Perro, perro”, pero supo que nunca le respondería.

Por Héctor Massara

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