«Esta cuarentena obligatoria, una decisión más que acertada, nos brinda la posibilidad de cuidarnos de esta pandemia, pero a la vez nos abre un universo que no siempre estamos con posibilidades de visitar. Una de las consignas es si creemos que el mundo irá a cambiar luego de esto. Personalmente creo que el cambio es necesario. Por estos días pude ver un recital del gran Pedro Aznar, quien además de tocar su exquisita música, habló sobre los cambios que está recibiendo el planeta por la falta de presencia humana en las calles. Los ríos se cristalizan, los pájaros salen y cantan más, el aire es más puro. En fin…cosas buenas para nuestro ecosistema. Le estamos dando un respiro a este planeta tan contaminado de todo. En mi caso, estoy teniendo la posibilidad de encontrarme más con mis afectos, entre ellos, mis guitarras. Investigo algunas cosas que había postergado para cuando hubiera más tiempo, descubro sonidos y efectos que se habían escondido, y no los podía volver a encontar. Buscando melodías que en su mayoría reflejan el estado de ánimo con el que se vive por estos días. Tocando algunas cosas junto a mi hijo Jeremías (batería), grabando algunas que puedan servir en un futuro cercano para el armado de temas, tanto en música como en letras. Y compartiendo momentos con la familia que hacía mucho no podía hacerlo. En fin, situaciones que la vorágine diaria no te permite que hagas cotidianamente. Si bien son tremendamente positivas en lo personal, no dejo de pensar con mucha tristeza lo que nos está rodeando, ese denominador común que es el miedo, la incertidumbre. Viendo como la gente se muere, otros tratando de concientizar sobre los cuidados y que estén quienes no son capaces de tomar en serio esta dura realidad. También este parate obligado me ha dado la posibilidad de comunicarme y reencontrarme con gente que hacía mucho tiempo no lo hacía. Volver a estar unidos, saber como está el otro, ponerse a disposición si es necesario. Volver de alguna manera a estar juntos, una maravillosa oportunidad que nos da este stop. La sensación que además de cuidarnos, esta cuarentena nos brinda la oportunidad de cambiar nuestros hábitos, costumbres.. Nos deja la puerta abierta de la creatividad, de momentos hermosos con nuestra gente. Una buena posibilidad de hacer mejor las cosas. Siento que lo más lindo está por venir».
Aldo Iranzo
Nació en General Pico el 13 de octubre de 1966. Parte de su niñez transcurrió en barrio Talleres, a metros de la Escuela 111, y finalmente se instaló con su familia en barrio Este. Concurrió a la Escuela 66 y a la Capilla de Luján, donde profundizó su acercamiento con el catecismo, inculcado por su madre. Viajó a Buenos Aires para estudiar en un colegio de sacerdotes, allí aprendió a tocar la guitarra, y después de dos años regresó a nuestra ciudad. Su primera guitarra fue un regalo de su abuelo. «La más bonita guitarra que jamás pude tener», sostiene Aldo, quien guarda el instrumento como un tesoro. Se subió por vez primera a un escenario junto a su amigo Gerardo Modarelli, en un Pi Rock realizado en un boliche bailable local, haciendo covers de Spinetta, Charly García, Porchetto o Cantilo, entre otros. Después sería el tiempo de Queso y Dulce, junto a Daniel González, Mochi Ribeiro y Sebastián González, formación que tuvo algunos cambios, hasta quedar integrada por Hugo De Dios, Daniel González, Carlos Ruiz, Sam Peralta e Iranzo. Cuando formó su familia la música quedó algo relegada, hasta que Queso y Dulce volvió a juntarse en 2018. La banda se muestra hoy con De Dios, Néstor Bessoni, Edgardo Quiroga, Gerardo Modarelli, Jeremías y Aldo Iranzo. Ha acompañado en escenarios folclóricos a Gloria Fernández, Alberto Páez y al citado Daniel González.