El dragón Chunchún
En el jardín de doña Elena, su nietita Emilia juega a vestir y desvestir muñecas, mientras su abuela está cosiéndole el dobladillo al guardapolvo que, al día siguiente, la niñita debe ponerse para el primer día de clase.
—Abu, ¿te gustaba ir a la escuela?
—Claro que sí.
Emilia deja las muñecas y se acerca a Elena.
—Abu, ¿tenés miedo de los dragones que lanzan fuego por la boca?
—Emilia, cariño, de dónde sacaste esa idea. No hay dragones por aquí.
La niñita frunce los labios y mira dudosa a su abuela.
—Facundo lo dijo. Dijo que en la huerta del tío Carlos había un dragón que bajó de una nube lanzando fuego por la boca.
—Ah… ese pícaro, anda inventando fantasías.
—No es fantasía, él me confesó que vos se lo contaste —aseguró la niña enredando los deditos en su cabello rizado.
—A ver…, a ver… Sí, ahora recuerdo. —Elena hace a un lado la costura y sienta en sus rodillas a Emilia—. Pero eso pasó hace muchos, muchos años. ¿Querés saber?
Emilia se acurruca en el regazo de la abuela y se prepara a escuchar la historia.
—Me parece que tu hermano exageró para asustarte.
—Abu, vos le dijiste que era verdad verdadera. Contame, no voy a tener miedo, te prometo.
—Bueno… si no vas a tener miedo… Aquí va: En el huerto del tío Carlos, la luciérnaga Titi jugaba todas las noches con sus amigas dibujando rulitos de luz, hasta que un día llegó al lugar un topo que tenía la piel suave y delicada como pétalo de flor. Las uñas eran grandes, grandotonas y tan filosas que le permitían cavar a gran velocidad: rasch rasch rasch rasch rasch rasch rasch rasch.
—¿Cómo se llamaba el topito?
—Pipo. Rascaba la tierra: rasch rasch rasch rasch. Estaba en esa tarea cuando se le acercó Titi, la luciérnaga:
«Ey, topo… —preguntó—: ¿por qué estás cavando tan apurado?»
«¡Hola Titi! —le respondió—, debo terminar la madriguera antes de Navidad. Deseo sorprender a mi esposa. Necesito construir galerías amplias y cómodas donde mis hijitos puedan corretear con tranquilidad. Y vos, ¿qué hacés por aquí?»
«Tengo mucho, mucho miedo, amiguito. Escuché rumores de que esta noche podría llegar el dragón Chunchún. Como despide fuego por la boca quemará cuanto se le cruce. Aseguran que no va a dejar viva ni a las luciérnagas —comentó Titi temblorosa.»
«Yo te ayudaré. Ese dragón malvado no te hará daño. —Pipo le dio un abrazo animoso y continuó con la tarea de construir su casa: rasch rasch rasch rasch rasch.»
Emilia cerraba de tanto en tanto los ojitos. El sueño parecía ir bordeándola. Pero si Elena interrumpía el relato, la niña le pellizcaba la mejilla con su manita rosada.
—Al rato, el topo escuchó un griterío terrible: las aves saltaron de sus nidos y volaron despavoridas. Titi y las luciérnagas corrieron a esconderse en las madrigueras de los topos. Flores y hortalizas esquivaban los lengüetazos del inmenso dragón Chunchún. Las cabritas balaban y se desbandaron sin rumbo.
—¡Qué miedo, abu!
—Por suerte, Pipo qué era muy valiente pudo atrapar la punta de la cola del dragón clavando sus uñas grandotonas y filosas: ¡rasch rasch! Y lo hizo con tanta fuerza que Chunchún quedó paralizado. Además, en ese mismo momento ocurrió algo imprevisto.
—Ay… ay …¿qué pasó abuela?
Emilia escondió la cara en el pecho de la abuela.
—No te asuste pequeña, la filosa uña del topito era mágica y al clavarla en la cola del dragón se produjo un espectacular hechizo… ¡Adivina qué!
—No, abu, no sé, seguí, seguí, contáme de ese hechizo.
—Bien, como la uña del topo era mágica, cuando la clavó en la cola el dragón Chunchún, este se convirtió en una montaña de piedra.
—Ah… ¿por eso la piedra que hay en la huerta del tío Carlos tiene forma de dragón?
—Si, niña, esa piedra tiene la forma del dragón Chunchún.
—Y al transformarlo en piedra, el dragón no pudo hacer más maldades ¿no?
—Así fue —aseguró Elena—. Bueno, chiquitina, ahora a dormir.
Autora: Marta Cardoso (Febrero 2013)
Ilustraciones: Valeria Quiroga



