En 1989, cuando las taquillas de los cines arrasaban con “Indiana Jones y la última cruzada”, nadie pensaba ni remotamente en Chrètien de Troyes. Tampoco quince años después tras el éxito fulgurante del “Código Da Vinci”. Y sin embargo, ambas películas tenían un factor común que las hacía deudoras de Chrètien, el “Santo Grial”. De haber existido el “copyright” en el Medioevo, tanto Spielberg como Ron Howard le hubieran debido pagar derechos de por vida al autor al francés.
De cruces y caballeros
Oriundo de la ciudad de Troyes a 180 kimómetros de París, poco sabemos de nuestro escritor. Sólo que nació aproximadamente en 1130 y murió (aproximadamente, también) en 1180; es decir unos 800 años antes de las películas citadas. También se ignora su nombre, ya que “Chrètien” (“cristiano”, en francés) no es un nombre sino un adjetivo, posiblemente el de algún judío convertido a la fe de Jesús; mientras que “Troyes” no es un apellido sino el nombre de la ciudad citada. Lo que sí sabemos y está documentado por la historia, son las cinco obras que escribió, especialmente la última, que quedó inconclusa; “Perceval o el cuento del grial”.
Dedicada a su benefactor Felipe de Flandes, la obra está considerada la primera novela de Occidente. Y no sólo porque la narración deja de lado la canción de gesta ( “Mío Cid” o “La canción de Rolando”) para adentrarse en el conflicto humano de sus personajes, sino también porque su estructura preanuncia maravillosamente la futura novela de caballería, incluida su apoteosis y quiebre, “Don Quijote”. Sin embargo, hay un logro aún mayor en Chrètien de Troyes: será el primer autor en introducir el Santo Grial en la literatura “escrita”. Y lo hará, paradójicamente, tomando dos tradiciones de la oralidad; la saga de del Rey Arturo y la búsqueda de la copa en la que bebió Jesús durante la última cena y que habría sido traída desde Jerusalén a Occidente (¿Inglaterra? ¿Francia?) por José de Arimatea, el rico comerciante que habría alojado al maestro y sus discípulos en la Pascua que cambió la historia.
Llamadme Perceval
La historia de Perceval es muy sencilla: un muchacho que vivió aislado en el campo, se encuentra en un camino rural con cinco caballeros. Es la primera vez que ve semejantes seres y su mente, configurada por una madre fanática de la Iglesia, no lo duda: son ángeles. Los soldados le preguntan por otros cinco caballeros y tres doncellas que persiguen, pero será él, Perceval (que ese es el nombre del muchacho) quien no dejará de hacerles preguntas a ellos: quiénes son, de dónde vienen, quién les dio esas armas, si son criaturas celestiales o terrenas… Y estos le informan de todo, incluso que se deben en cuerpo y alma al Rey Arturo. Cuando se despiden, Perceval corre a contarle todo a su madre. Y en una suerte de éxtasis místico, le dice que quiere ordenarse caballero del Rey Arturo, que para él no hay nada más importante en el mundo. Y entonces la mujer le dice toda la verdad: su padre había sido un caballero muy valiente a quien habían matado en una cruzada cuando Perceval era un bebé. Ella se quedó con el niño y un hermano, sola y sin nada. Y por miedo a que él siguiera la misma suerte, lo aisló del universo de la caballería. Esta historia ya estaba escrita en los mitos griegos: es la de Tetis que “esconde” al joven Aquiles en un colegio de señoritas cuando el oráculo le dice que, si se hace guerrero, morirá joven aunque con toda la gloria. Pero también estaba escrita en su sangre. Y si hay algo que ningún hombre (y mucho menos un héroe) puede esquivar, es el sino de la herencia. Perceval sale al camino ante su madre que llora y le ruega que no se vaya. Pero él no le hace caso y la mira caer al piso desde lejos. No sabe si se ha desvanecido o si se ha muerto pero no le importa. Su obstinación es más fuerte que su culpa, y no se vuelve para comprobarlo.
Novela de iniciación espiritual
Uno podría leer a Perceval como una novela de caballería clásica, al menos hasta el capítulo sexto. Y es que hasta allí, todas son aventuras y peleas, doncellas sitiadas que el héroe defiende y malandrines a los que ajusticia, como el Caballero Bermejo. Pero algo empieza a modificarse en el capítulo quinto gracias a un encuentro demasiado importante con un ex caballero, Gornemans de Gorhaut, su primer maestro. Sin embargo, en el capítulo sexto, la obra da un vuelvo. Porque Perceval, rendido y al caer la tarde, no encuentra sitio donde pasar la noche, hasta que ve en un barco a dos pescadores y les pregunta por una posada. Uno de ellos, tirado en cubierta, le dice que no hay nada cerca, y que no tendrá otro lugar donde pasar la noche que su castillo. Y entonces le indica el lugar. Perceval llega hasta esa curva del río pero nada encuentra y maldice a los mentirosos. Hasta que, casi como una alucinación, empiezan a levantarse las torres de un palacio encantado. Hasta allí se dirige el joven, donde es recibido con hospitalidad nobiliaria. En una cámara tapizada en mármol lo espera el hombre que le indicó el camino. Es el Rey Pescador, que está inválido y sólo sale a pescar recostado en su barca porque no puede moverse. Y entonces, mientras sirven la cena, Perceval verá algo maravilloso. Y así lo narra Chrétien:
“Los pajes llevaban los candelabros eran muy hermosos, y en cada candelabro ardían diez candelas. Una doncella, hermosa y gentil que venía con los pajes, sostenía entre sus manos un grial. Y con el grial surgió tal resplandor, que al instante perdieron su claridad las candelas, como les ocurre a las estrellas cuando se levanta el sol y la luna”.
Y esta será la primera vez que se mencione el Santo Grial por escrito en la literatura.
Perceval no entiende (nunca entiende) lo que pasa. Pero el destino lo puso ahí y eso es lo que importa. Al otro día, cuando se levante y ya no vea más el castillo, le contará lo vivido a una doncella del camino que le explicará todo: durmió en el castillo del Rey Pescador y lo que vio era la copa en la que bebió Jesús en la última cena. Por último, la doncella le dice que, si él le hubiese preguntado al hombre por qué estaba inválido, su sola pregunta lo habría sanado para siempre. Pero él no preguntó por prudencia (esa era una de las enseñanzas de Gornemans) pero también, y sobre todo, por ignorancia.
Tras matar a varios caballeros a lo largo de los años, Perceval tendrá un segundo encuentro místico: será con unos encapuchados de negro que le preguntan qué hace portando armas un Viernes Santo, que es el día de la muerte de Jesús. Perceval hace catarsis con esa comitiva, y les cuenta conmovido su vieja experiencia del grial. Los monjes le piden que se sume a ellos, que rece y pida perdón por sus pecados, que no mate ni coma más carne y luego le hablan del grial. Esos “hombres de negro”, con suma probabilidad, eran cátaros. Los “puros” de Occitania, los monjes mendicantes que, mucho antes de San Francisco de Asís, imitaron rigurosamente la vida de Cristo poniendo en jaque la pompa del Vaticano. Esos monjes marcaron a fuego los últimos años del siglo XII y los primeros del XIII en el sur de Francia. Y la tradición dirá que fueron ellos, los cátaros, quienes tuvieron el grial en el Ariège, más precisamente en el castillo de Montségur, simbolizado en la novela por el castillo del Rey Pescador. ¿Cómo supo Chrètien estas historias? ¿Cómo hizo para componer una novela de caballería que terminaría siendo de iniciación mística? ¿Por qué razón ambientó su obra en la Inglaterra del Rey Arturo siendo que, lo que contaba, estaba pasando en la Francia de Luis VII? No lo sabremos nunca. Y es que a partir de ese capítulo, Perceval ya no reaparecerá. Desde entonces, el protagonista será Gauvin, un caballero del Rey Arturo. A Chrètien le alcanzó la muerte y a Perceval, quizás, la santidad.
Otto Rahn, el último caballero
Siete siglos después de la “cruzada del Vaticano”, esa que exterminó a los cátaros quemándolos vivos en las praderas de Montségur en 1244, un joven medievalista alemán salió en busca de la reliquia. Se llamaba Otto Rahn. Y en su primer libro, “Cruzada contra el Grial” de 1934, sostenía una tesis muy inquietante: el Santo Grial se había salvado de las garras del Vaticano ya que, la noche anterior a la rendición de los cátaros de Ariège, unos monjes habrían huido a otro lado del monte con la reliquia.
Pero dejando de lado la mitología y pasando a la literatura, de lo que se lamentaba Otto Rahn era de los pocos datos concretos que daba Chrétien de Troyes en su obra sobre un período que le fue contemporáneo. Sin embargo, los datos que no le suministró el francés, se los dio un paisano suyo; el poeta Wolfram von Eschenbach.
Nacido en 1170 (diez años antes de la muerte de Chrètien) y muerto en 1220 (a los 50 años, como el autor francés), von Eschenbach habría leído atentamente una de las tantas continuaciones del “Perceval”, más precisamente la de Kyot de Provenza, un poeta del sur de Francia que, bajo el título de “Parzival”, habría develado secretos de la ubicación de la reliquia. De este conocimiento directo, von Eschenbach escribiría su “Parzival”, la obra inspiradora de Otto.
“Flegetanis el pagano, vio/ lo que sólo temblando confío:/ en el curso de los astros y su luz/ un profundo misterio que luego reveló// Existe una cosa llamada Grial./ Así habló cuando encontró el nombre/ escrito claramente en las estrellas”.
Acaso del mismo modo, Otto recibió temblando estos versos; sobre todo cuando pudo leer también en las estrellas: estaba seguro que el Grial era algo más que una copa. Era la culminación cósmica de toda iniciación espiritual en la Tierra. Entendió que, tanto los primeros latidos del judaísmo como los misterios órficos del helenismo, que el fuego del zoroastrismo y la dialéctica del maniqueísmo, que las tradiciones germanas y la Piedra Filosofal de los alquimistas, terminaban ahí. Todo convergía en la “sangre real” del “Santo Grial”. Toda la misericordia y toda la “gnosis” de la especie. Y esa información estaba escrita en las piedras, en la clave rúnica de los druidas de Montségur. Y eso era, también, “leer en las estrellas”.
La cruzada de Himler
Sin embargo, la obra de Otto Rahn tendrá un impacto absolutamente inesperado. Heinrich Himmler, jefe de las SS de Hitler que estaba fascinado por el ocultismo, también buscaba el grial. Y la aparición del libro confirmó sus sospechas. Fue tal la alegría del oficial nazi al ver el libro de Rahn, que lo mandó llamar para incorporarlo a las SS y pedirle que buscara la reliquia por él. Los alemanes “necesitaban” el grial para autenticar su misión y, sobre todo, justificar su “modus operandi” contra el pueblo judío.
Rahn, de familia campesina y pobre y con presuntos antepasados hebreos, acepta el cargo de “uteroffizier” con más tristeza que alegría. Y en 1936 inicia su viaje místico al Ariège; acaso en una superposición poética de aquel caballero salido de la imaginación de Chrètien de Troyes. Sin embargo, un amigo le echa en cara su decisión, a lo que Rahn le contesta en una carta:
“Un hombre necesita comer ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Decirle que no a Himmler?”
Corría el año 1936 y Rahn no encontrará el grial. Pero en su rosario por pueblos franceses, hará decena de amigos; hombres y mujeres provenzales que aman el pasado cátaro y muchos de los cuales, silenciosamente, aún profesan aquella “herejía” que, en realidad, no era otra cosa que un sincretismo entre mazdeísmo y maniqueísmo iraní cristianizado y ascético. Por algo a los cátaros, que no tenían posesiones ni comían carne y eran monjes mendicantes, se los conocía como “los budistas de Occidente”. Con este material precioso (sus apuntes de viaje y entrevistas), Rahn escribirá su segundo y último libro: “La corte de Lucifer”. En 1937, sin embargo, hará un descubrimiento que lo estremecerá: visitará un campo de concentración. Al otro día presentará la renuncia de las SS en lo que era, prácticamente, su certificado de defunción. Y a propósito le escribe a un amigo: “Ya no es posible vivir en mi patria ¿en qué se ha convertido? Ya no puedo dormir ni comer. Es como si una pesadilla se posara sobre mí”.
Otto Rahn morirá dos semanas después. Su cuerpo será encontrado entre las montañas, congelado y boca abajo. Y a su lado, dos frascos de veneno, uno de ellos vacío. Se conjetura con el “endura”, un suicidio ritual cátaro para irse de este mundo sin violencia y en pleno uso de las facultades. Otros hablan de un asesinato de las SS, enmascarado de muerte por mano propia.
Saga de final abierto
Podríamos decir que con esa muerte de un escritor alemán en el siglo veinte, llegaba a su fin la saga que iniciara un escritor francés del doce. Lo demás, Indiana Jones y la última cruzada, el éxito de taquilla o la fama de Harrison Ford, son apenas una ficción inofensiva; un rosario de “entretenimientos” que no conduce al conocimiento ni a la muerte. Mucho menos a la iluminación.
Hoy ya no quedan buscadores del grial que vayan tras los pasos de los monjes de Montségur, esos que una noche de 1244 parecieron borrar para siempre las huellas de la reliquia. Pero si de casualidad aparece alguno, todavía quedan los libros de Chrètiene de Troyes y los poemas de Kyot y von Eschenbach para consultar. Y, por cierto, los maravillosos trabajos de Otto Rahn. Pero sobre todas las cosas, queda un impulso en el corazón humano, el de salir al mundo “y del mundo”, en la búsqueda más decisiva que puede emprender cualquier miembro de la especie.
Iván Wielikosielek