La afirmación es indudable: no hay ciencia ficción en la Argentina. Esto significa que no hay un escritor que sea sinónimo del género. Las razones de esta ausencia son numerosas, y acaso la principal sea que, esa rama del “fantástico” suele ser cultivada, casi con exclusividad, en esos países que alcanzaron el estatus de potencia mundial. Sin embargo, hay una pregunta esencial que se impone: ¿de qué hablamos cuando hablamos de ciencia ficción? ¿Se trata solamente de relatos con alienígenas y tecnologías futuristas, o puede haber algo más? ¿Qué hay, si no, de las fantasías distópicas, conjeturales o apocalípticas, muchas de las cuales están ambientadas incluso en el pasado? De hecho, estos tres compartimientos albergan verdaderos clásicos del género: “El hombre en el castillo” de Philip K. Dick, “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury y “El último hombre sobre la Tierra” de Richard Matheson, para completar los casilleros respectivos.
Si la ciencia ficción puede dar cuenta, a modo de literatura apocalíptica, de los cataclismos del pasado, bien que podría ingresar en esa lista el “Timeo” de Platón, aquel diálogo en donde el filósofo recrea la destrucción de la Atlántida, ocurrida nueve mil años atrás, según sus propias palabras. Y es precisamente en ese plano en el que habría que colocar una de las mejores (y acaso una de las primeras) narraciones del género en nuestro país; “La lluvia de fuego” de Leopoldo Lugones.
Nieve de fuego
Aparecido en 1906, “Las fuerzas extrañas” reúne doce cuentos entre la ciencia ficción y la fantasía. “La lluvia de fuego”, contiene un epígrafe bíblico (“Y tornaré el cielo de hierro y la tierra de cobre”, Levítico 36, 19) y narra en primera persona (la del rey de Sodoma) aquel diluvio de azufre y cobre que destruyó la ciudad.
“Recuerdo que era un día de sol lleno del hormigueo popular en las calles (…) pero a eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra allá -partículas de cobre incandescente (…) Primero creí en una ilusión óptica formada por mi miopía. Y tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa (…) El cobre ardía de tal modo, que experimenté un vago terror. Exploré el cielo; persistía la limpidez. ¿De dónde venía aquel extraño granizo? (…) De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín no pudo reprimir un grito. Tenía en su desnuda espalda un agujero, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo había abierto”.
Otros cuentos fantástico-cientificistas del libro son “La fuerza omega”, “La metamúsica” e “Yzur”; acaso la mejor pieza del libro y que abreva en “La isla del doctor Moreau” de H.G.Wells. En “Yzur”, un hombre experimenta con un simio para hacerle adquirir lenguaje; en línea directa con las nuevas teorías darwinistas.
No pasarán muchos años hasta que, en 1933 y en profunda consonancia con “La lluvia de fuego”, Roberto Arlt publique “La luna roja”, un cuento perteneciente a su libro “El Jorobadito”. Aquel texto, de clara filiación apocalíptica, no tenía epígrafe bíblico pero un par le hubieran calzado como un guante. Son Mateo 24 (“Oiréis de guerras y rumores de guerras… y habrá gran tribulación cual no la ha habido desde el principio del mundo”) y Hechos 2 (“el sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre”). Y si no, leamos.
“Nada lo anunciaba por la tarde. Las actividades comerciales se desenvolvieron normalmente en la ciudad. Olas humanas hormigueaban en los pórticos encristalados de los vastos establecimientos comerciales, o se detenían frente a las vidrieras (…) Numerosas parejas de jóvenes y muchachas se juraron amor eterno, olvidando que sus cuerpos eran perecederos (…) En pocos minutos, los habitantes de la ciudad estuvieron en la calle. Súbitamente, sobre el tanque de cemento de un rascacielos apareció la luna roja. Parecía un ojo de sangre despegándose de la línea recta, y su magnitud aumentaba rápidamente. La ciudad, también enrojecida, creció despacio desde el fondo de las tinieblas (…) Bajo la luna roja, bloqueada de rascacielos bermejos, la multitud estalló en un grito de espanto: “¡No queremos la guerra! ¡No…, no…, no!” Comprendían esta vez que el incendio había estallado sobre el planeta, y que nadie se salvaría”.
Aquella fantasía escatológica no estaba ambientada en una ciudad precisa. Podía ser cualquier urbe de la Tierra y aquellos gritos, podían estar en cualquier idioma, pero su audio estaría afinado en el inequívoco lenguaje del fin.
La invención de Bioy
Siete años más tarde llegaría un libro fundacional para la ciencia ficción no sólo argentina sino mundial; “La invención de Morel”, escrita por un joven de apenas 26 años llamado Adolfo Bioy Casares. En aquella fantasía, un fugitivo devenido en náufrago desembarca en una isla desconocida. Y a poco de estar allí, descubre una mansión extravagante en donde cada noche se desarrolla una fiesta imponente. El fugitivo, temiendo ser denunciado, ejerce un tristísimo espionaje de esa felicidad a la distancia. Hasta que se apercibe de una muchacha que, cada atardecer, camina con un libro rumbo al mar (Faustine) y de la cual se enamora perdidamente. Pero no le llevará mucho tiempo descubrir que aquella mansión es, en realidad, una ruina; y que esa fiesta con sus invitados (incluida la bella Faustine) no es otra cosa que la proyección holográfica de un lujo que ya no existe, una “película en 3D” que se pone en funcionamiento cada vez que la marea activa el “proyector” de aquel film fascinante y cruel.
Hoy, “La invención de Morel” pide ser releída ya no a la luz del cine (acaso la tecnología que más influyó en las emociones humanas del siglo veinte) sino al contraluz de la Inteligencia Artificial, que va camino a dinamitar el mecanismo de la percepción del ser humano.
Pese a lo maravilloso de su factura (el propio Borges no vaciló en calificarla de “perfecta”), aquella “invención de Bioy” sería (y aún lo sigue siendo) un libro para escuelas y universidades, es decir, una literatura para lectores especializados sin incidencia directa en el imaginario nacional. Tendrían que pasar dos décadas para que llegue el hito máximo de la ciencia ficción en Argentina. Y no será en formato sino en una insignificante revista de historietas por entrega.
“El Eternauta”, o cuando 1957 se volvió nuestro “1984”
Cuatro amigos juegan a las cartas en una tranquila casa de Vicente López. Son Juan Salvo (el anfitrión) junto a Favalli, Lucas y Polski; mientras en la cocina está Elena (esposa de Salvo) y su hija Martita. De pronto y mientras escuchan la noticia de una explosión en el Océano Pacífico, se corta la luz. Y tras una serie de ruidos urbanos (choques y gritos) llega el silencio; un silencio nuevo y brutal, jamás escuchado. Y tras el silencio, la nieve. La inédita nieve fosforescente cayendo sobre Buenos Aires. Los hombres descubren que se trata de una “nieve mortífera” y que toda la humanidad está muerta en las calles. Aquella climatología artificial está siendo enviada desde los cielos por naves extraterrestres, casi en conexión directa con “La lluvia de fuego” de Lugones. Entonces Juan Salvo, en su necesidad de salir a investigar y traer alimentos a su casa, se inventa un traje aislante para no recibir los copos asesinos, se pone antiparras y sale al mundo; a ese “nuevo mundo” con leyes nuevas y contra el cual, desde su casa, se organizará la resistencia. Ahora es “El Eternauta”, ese nuevo “héroe” que, con guión de Héctor Germán Oesterheld y dibujos de Francisco Solano López, sintonizará maravillosamente con los miedos de la época.
No es casualidad que ese mismo año Rodolfo Walsh haya publicado “Operación Masacre”, donde la muerte también había ganado las calles (los fusilados clandestinos en José León Suárez) y los “hombres simples” vivían bajo la amenaza de un peligro de muerte latente. No es casualidad, sino todo lo contrario. Es pura “causalidad”; la teoría de las “supercuerdas” llevada a la literatura y en donde cada alma vibra según el campo magnético en el que vive y escribe. Tampoco será casualidad que veinte años más tarde (en 1977) ambos autores sean desaparecidos por la última dictadura. La “revolución libertadora” que había derrocado a Perón en el ´55, empezaba a convertirse por aquellos días en la máquina de miedo y desapariciones que se perfeccionaría veinte años después hasta un horror sin límites. Así, en 1957 inaugurábamos nuestro “1984”, el reinado del “Gran Hermano” que todo lo supervisa y que incluso decreta una nueva categoría ontológica: la de los que no están “ni vivos ni muertos”.
“No sé qué quieren ni de dónde son”
La ciencia ficción no será ajena, tampoco, a dos de los máximos escritores argentinos de todos los tiempos. Pero a diferencia de Bioy, Arlt y Oesterheld, Jorge Luis Borges y Manuel Mujica Láinez abordarán el género casi en la vejez. Borges lo hará en su quinta colección de cuentos, “El libro de arena”, de 1975; mientras que “Manucho” lo hará tres años después y en su quinto libro también, “El brazalete y otros cuentos”, de 1978.
Ninguna variable del género conjetural fue ajena a Borges. Pero en aquel “libro de arena” aparecen dos relatos en relación directa con la ciencia ficción. En “Utopía de un hombre que está cansado”, el escritor se imagina un viaje en el tiempo a un “no-lugar” (una “u-topía”) donde tiene una entrevista con un habitante del futuro. Hete aquí un resumen de esa charla.
“-Por la ropa -me dijo-, veo que llegas de otro siglo…
“-¿No te asombra mi súbita aparición?
“-No -me replicó-, tales visitas nos ocurren de siglo en siglo. No duran mucho; a más tardar estarás mañana en tu casa (…)
“-Soy Eudoro Acevedo. Nací en 1897, en la ciudad de Buenos Aires. He cumplido ya setenta años. Soy profesor de letras inglesas y americanas y escritor de cuentos fantásticos.
“-Recuerdo haber leído sin desagrado -me contestó- dos cuentos fantásticos. Los Viajes del Capitán Lemuel Gulliver, que muchos consideran verídicos, y la Suma Teológica. Pero no hablemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos (…) Cuando el hombre madura a los cien años, está listo a enfrentarse consigo mismo y con su soledad. Ya ha engendrado un hijo.
“-¿Un hijo? -pregunté.
“-Sí. Uno solo. No conviene fomentar el género humano (…) Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad. Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce alguna de las artes, la filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata. Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte.
El relato “There are more things” (“Hay más cosas”) está dedicado explícitamente a H.P. Lovecraft y es una joya que merecería un lugar en “Los Mitos de Cthulhu”, ese maravilloso corpus que armaron, tras la muerte del maestro, los escritores del “Círculo Lovecraft”, con August Derleth y Robert Bloch a la cabeza. En esa fantasía de 8 páginas, el narrador asiste a la misteriosa venta (y posterior restauración) de un desolado inmueble en Glew, en el sur de Buenos Aires. Nota que un carpintero realiza unos muebles incomprensibles para el “nuevo habitante”, pero se rehúsa con espanto a hablar de aquel encargo. Una noche, sin embargo, acuciado por la curiosidad, el narrador decide entrar a la casa.
“¿Cómo sería el habitante? ¿Qué podía buscar en este planeta, no menos atroz para él que él para nosotros? ¿Desde qué secretas regiones de la astronomía o del tiempo, desde qué antiguo y ahora incalculable crepúsculo, habría alcanzado este arrabal sudamericano y esta precisa noche? Me sentí un intruso en el caos. Afuera había cesado la lluvia. Miré el reloj y vi con asombro que eran casi las dos (…) Mis pies tocaban el penúltimo tramo de la escalera cuando sentí que algo ascendía por la rampa, opresivo y lento y plural. La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos”.
En el contexto de ese universo alienígena-opresivo que imaginara Lovecraft en los años ´20 y continuaran sus amigos en los ´30 y ´40; en ese mismo universo que reinventara Oesterheld desde Buenos Aires en el ´57 y luego continuaran las series norteamericanas como “La dimensión desconocida” en 1959 o “Los Invasores” en 1967, “Manucho” ambientará su pesadilla en las sierras de Córdoba; más precisamente en las inmediaciones de San Antonio, cerca de un extraño centro de investigaciones espaciales. Allí, en un tranquilo hotel de vacaciones, llegará una extraña familia con dos hijos, los Kohn; todos ellos portadores de una obesidad apenas concebible. Y será una tarde en una orilla salvaje del río, donde por azar “Manucho” (que así se llama a sí mismo en el cuento) se “chocará” con los cuerpos de la familia tirados, como muertos. No sabrá qué hacer desde su precaria “guarida” hasta que escucha un ruido que le pone los pelos de punta.
“Mis ojos no vieron a un hombre (al asesino) como presentí moderadamente, sino a una especie de gusano gris, peludo, de unos setenta centímetros de largo, y detrás otro y otro y otro. Se arrastraban sobre los vientres inmundos y de vez en vez alzaban las cabezas y las giraban, haciendo relampaguear los ojos redondos, negros, que invadían esas cabezas anilladas. Creo que uno de ellos me descubrió, pese a que me ocultaba la fronda. No estoy seguro, pero lo confirma el hecho de que emitiese un breve silbido y de que los restantes mirasen también en mi dirección (…) Opté por permanecer tieso y acechando (…) Entretanto, ellos habían reanudado sus pegajosas ondulaciones y avanzaban hacia los Kohn (…) Pausadamente treparon a las moles abandonadas y sobre ellas se estiraron, como otros tantos amantes inverosímiles que buscaban las abiertas bocas. En esas bocas de peces muertos introdujeron sus cabezas y poco a poco se fueron metiendo en su interior, hasta que, uno a uno, desaparecieron en los grandes organismos inanimados. Y de súbito, pero también muy despacio, los Kohn empezaron a esbozar vacilantes muestras de vida”
Viaje a las estrellas
Hoy, muchos portales y diarios, comenta que estamos asistiendo a un “boom” de la ciencia ficción en la Argentina. Ignoro absolutamente quiénes son esos autores ni qué han escrito. Como alguien “nacido y criado” en el siglo veinte, sigo leyendo los textos de esos autores, mis viejos maestros. Sólo quiero decir, a modo de conclusión, que ese “boom” (en el caso de que lo hubiera) no me sorprende en absoluto. Más bien todo lo contrario. Es la consecuencia natural de aquellas obras que, tímidamente y como el “monstruo” del cuento de Borges, asoma al universo desde un “arrabal sudamericano”. Son los brotes del siglo veintiuno en el granero del mundo, es nuestro primer viaje a las estrellas; los retoños de aquella maravillosa siembra con semillas del futuro.
Por Iván Wielikosielek

Cuando el “Más Alla” estuvo acá
Un hito ineludible para la ciencia ficción del país fue, sin duda alguna, la aparición de la revista “Más allá”. Publicada en Buenos Aires entre junio de 1953 y julio de 1957, se trataba de una franquicia mensual de la revista norteamericana “Galaxy Science Fiction”. En sus páginas, publicaron sus primeros relatos Ray Bradbury, Isaac Asimov y Phillip K. Dick. Pero también constituyó un espacio de iniciación y “semillero” para autores nacionales. Entre ellos, el propio Oesterheld, quien publicó allí dos de sus relatos. Otros colaboradores locales fueron Oscar Varsavsky, Pablo Capanna, Juan Pedro Edmunds, Ignacio Covarrubias, Adolfo Pérez Zelaschi, Maximiliano Mariotti y Claudio Paz.
La revista alcanzaría los 48 números desapareciendo el mismo año en que irrumpía, en la revista “Hora Cero”, el primer capítulo de “El Eternauta”. Ese año de 1957 en que tantas cosas empezaban y otras se terminaban para siempre en Argentina.







