Un viaje de Retiro a Córdoba, una parada en Rosario, un vagón de pasajeros que atraviesa las villas y un hombre que se sienta frente al narrador. Estas son las coordenadas del cuento de Iván Wielikosielek que, entre otras cosas, pone en cuestión el gatillo policial, “el derecho” o “el deber” de matar y el sentimiento de culpa subsiguiente, aunque se haya cumplido con la ley. Un texto necesario para pensar la Argentina de hoy, atravesada por una grieta y por dos discursos del odio.
1-
Hace poco y a raíz de una relectura de Tolstoi, le contaba a una amiga sobre la importancia de los trenes en la literatura rusa. No sólo por La sonata a Kreuzer que acababa de releer y donde un tal Pozdnyshev le confesaba al narrador, en un vagón de tercera, cómo había asesinado a su mujer, si no también por El idiota de Dostoievski y Rey, Dama, Valet de Nabokov; novelas que también se iniciaban en un viaje ferroviario.
“Los trenes son un espacio fabuloso para contar historias; sobre todo en Rusia donde las distancias son enormes y no hay entretenimiento que reemplace a la conversación”. Eso me oí diciéndole a mi amiga mientras caminaba solo por el campo. Luego, cuando escuché mi audio, acusé recibo de un desdoblamiento. Sentí que esa voz y esas palabras no eran mías; como si otro me las estuviera diciendo por primera vez. Y tanto la una como las otras me sonaron presuntuosas ¿De dónde sacaba yo esa certeza? ¿Qué era lo que me facultaba a hacer afirmación semejante? Lo pensé con detenimiento. Sabía que debía existir (y de hecho, existía) un sustrato más hondo que las propias lecturas y los propios prejuicios. Y entonces, como un episodio sacado de otra novela, vino a mi memoria aquel recuerdo. Lo creía perdido pero una charla sobre la ficción me lo había traído al presente. ¿Por qué lo había olvidado y ahora lo recuperaba? ¿Es que mi cerebro estaba tan deteriorado que guardaba las vivencias en el mismo archivo de las lecturas? Tres días después y en un segundo audio, se lo conté a mi amiga. Si bien había sucedido diez años atrás, la escena era tan literaria como las citadas. Transcurría en un tren argentino de este siglo (aunque tan precario como un transiberianos del diecinueve) y había una confesión de asesinato. Helo aquí, entonces, no como se lo conté a mi amiga sino como lo recuerdo; sin las consabidas alteraciones de quien lo refirió varias veces.
2-
Volvíamos de Retiro a Córdoba. El tren había parado media hora en Rosario y el pasaje se había renovado a las cuatro de la mañana. Mi doble butaca, compartida con una anciana silenciosa que tejía, estaba frente a otras dos vacías; una de las cuales fue ocupada de pronto. Se trataba de un hombre mayor que, tras colocar su bolso en el valijero, pegó su rostro a la ventanilla. Permaneció en esa posición durante mucho tiempo, viendo pasar las luces de las villas primero y los campos amanecientes después. Los paisajes que yo dejaba atrás, eran recogidos por mi compañero, que los veía fugar vertiginosamente en dirección a Rosario; a donde acaso volvían sus pensamientos. Tal vez aquel hombre, me dije, sentía el deseo de que su pasado se deshiciera también, como esos fotogramas del camino.
Por mi parte, yo hacía la operación inversa; trataba de leer en los campos venideros un oráculo, fragmentos del futuro más bien incierto que me aguardaba en Córdoba.
Aquella metafísica de la percepción duró más de dos horas por ambas partes; incluso cuando hubo amanecido por completo y algunas gotas contra el vidrio marcaron una telaraña de agua y luz. Esos súbitos estallidos se superponían, maravillosamente, a las grietas de viejos piedrazos; como dos mapas idénticos y transparentes con los mismos ríos. Hundido en mis pensamientos sobre mi porvenir, me olvidé por entero de mi acompañante. Pero fue él quien, llegando a Córdoba, pareció acordarse súbitamente de mí; y por añadidura, del olvidado arte de la conversación. De hecho, atravesábamos las villas previas a la circunvalación de la ciudad cuando oí un fragmento de su voz.
-… miseria que en Rosario… -Eso fue exactamente lo que dijo dirigiéndose a mí, ya que la señora que me acompañaba, proseguía con su labor sin prestar la menor atención.
-Perdón, no lo escuché bien –le dije tocándome un oído con el dedo, en clara alusión a estar aturdido por el traqueteo.
-Le dije que acá en Córdoba se ve la misma miseria que en Rosario…
Yo afirmé con la cabeza, no sólo porque no tenía demasiado que agregar sino porque de madrugada, siempre me cuestan las palabras.
-… Después quieren que los voten a estos caraduras… Las dos ciudades más ricas del interior y son dos villas a cielo abierto…
Y como afirmando su pensamiento, el hombre recorrió con la yema de su dedo una de las grietas del vidrio. Creí que lo hacía de modo poético pero no fue así.
-¿Ve lo que le digo, muchacho? ¿Usted cree que esto se hace solo?
En ese preciso instante y como si se hubiera materializado gracias a la narración del viejo, apareció el guarda.
-¡Ventanillas! ¡Bajen las ventanillas! ¡Ventanillas! -Y mientras lo decía, él mismo se encargaba de cerrar las persianas metálicas.
El interior del vagón se fue oscureciendo de adelante hacia atrás como ganado súbitamente por la noche. Y en su interior, a modo de única fuente lumínica, quedaron encajonadas algunas partículas de resplandor rosado, póstumos bichos de luz brillados por las rendijas. Seguí al guarda con la vista y el último fotograma luminoso que registré, antes de que el tren se velara por completo, fue el de un hombre llevando a su hijo en brazos. Era un muchacho de mi edad, de campera azul marino contra el pelo rojizo del nene. Pero ambos desaparecieron de escena tras la puerta del vagón, como dos actores tragados por el vacío.
3-
-No… Esto no se hace solo… -volvió a decir mi acompañante con los dedos en la grieta, como hablando para alguien más que para mí.
-¡Claro que no se hace solo! Lo hacen esos degenerados de esas villas de porquería… -dijo la mujer del tejido- ¿Sabe qué? Habría que matarlos a todos… Es preferible gastar en balas que en cárcel o en bonos para mantener vagos… ¡Matarlos de una vez a todos!
Pese a su estampa de beata silenciosa, aquella señora tenía sus ideas políticas más que claras. Y buena parte de su presupuesto, iba destinado a municiones.
-No, señora… Yo no quise decir eso… Lo que quise decir es que… -El hombre hablaba mirando a la mujer pero ella, acaso por la nueva oscuridad ambiente o el súbito impacto de las piedras, siguió ensimismada; tejiendo como si rezara. Así fue como, a falta de interlocutor, se volvió a mí.
-Lo que quise decir es que, en cierto modo, todos tenemos la culpa… Y le juro, muchacho, que la solución no es matar… Por otra parte…
El hombre se notaba visiblemente nervioso; como si de pronto estuviera diciendo algo decisivo, sin saber cómo había llegado a esa instancia. Algo en su actitud, en el tono y en sus gestos, pedía ser escuchado con máxima seriedad. Y eso fue lo que hice.
-Se lo digo con conocimiento de causa, muchacho, porque soy policía… Es decir, porque lo fui… Hace años ya que me jubilé, pero… ¿Entiende lo que le digo?
Yo asentí una vez más con la cabeza, asegurándole a mi acompañante que podía contar con mi atención.
-¿Y ahora, qué hace? –le pregunté.
-Soy sereno de una fábrica… Es lo que hacemos todos los policías jubilados…
-¿Le cuesta dejar las armas?
-Ya no uso armas… -dijo como a la defensiva- Esa fue la única condición que puse para agarrar el trabajo… Sólo tengo un handy y de noche recorro los playones… Y si veo algún desperfecto, llamo a los de seguridad o prendo la alarma… Eso es todo…
-¿Eso es todo?
-¡Qué más quiere que haga un sereno, muchacho! –dijo el hombre, tan incómodo como alterado. Sin embargo se calmó enseguida y, reclinó el asiento. Ahora era él quien me observaba desde la oscuridad. Sus rasgos se habían modificado como producto de la penumbra ambiente. Se habían endurecido o habían adquirido, a salvo de las miradas del exterior, sus rasgos verdaderos. En esa oscuridad y apenas brillados por las rendijas, vi sus ojos de un ocre amarillo. Brillaban como fósforos encendidos.
-Quiero decir… Usted dijo que la solución no era matar a los delincuentes…
Mis palabras parecieron sacarlo de su sopor y, enderezando de nuevo su asiento, el hombre dejó atrás el resplandor de la persiana. Su mirada se apagó como esos mismos fósforos al viento y acaso por eso empezó a refregarse con las yemas, como para sondear la profundidad de un recuerdo oscuro. Mientras tanto, una segunda ametralladora de proyectiles golpeó contra las cortinas como una tormenta de granizo.
4-
-En veinticinco años que estuve en la fuerza, jamás disparé a nadie… Es cierto que hice operativos y tuve que cubrir compañeros; que anduve armado por la calle y más de una vez grité: “¡Alto! ¡Quieto ahí!”. Pero generalmente estaba en la comisaría de una ciudad chica, escribiendo denuncias o tomando declaratorias ¿Usted sabe lo que es pasarse noches enteras escribiendo a máquina?
Le dije que, si bien yo no era policía, entendía perfectamente de lo que me hablaba. Pero por suerte el hombre no me indagó para saber cuál era ese otro “mettier” tan parecido a “tomar declaratorias”, y siguió con su relato.
-Después me jubilé y con mi mujer nos mudamos a Rosario… Usted sabe que la jubilación de un policía no es gran cosa. Y menos si se tiene un hijo que ayudar para que estudie. Y mi hijo estaba desocupado… Así que, mientras él se anotaba en medicina, yo busqué un trabajo de sereno. Lo conseguí a los pocos días, en una casa de electrodomésticos… Apenas entré, me dieron una pistola muy diferente a la que usaba en la policía; una que podía matar a un caballo a doscientos metros…
-Pero usted dice que…
-Yo no digo nada, muchacho… Pero iba dos veces por semana al polígono y tiraba con todo tipo de armas. Es una costumbre que uno no deja nunca cuando es policía… Y es muy lindo tirarle un hombre de cartón… Se siente una felicidad enorme cuando se lo llena de agujeros y saca un ocho o un nueve… Pero cuando se le tira a alguien…
-Y usted… ¿usted le tiró a alguien?
Tras un silencio, dos piedrazos volvieron a golpear el tren como un presagio.
-Fue horrible, muchacho… No hacía ni un mes que estaba en el negocio y era una noche normal… Hasta que escuché ruidos en el depósito. Pensé que serían los chicos de mantenimiento, porque estaban arreglando la electricidad, o eso me dijeron. Pero cuando los llamé, no me contestaron. Así que me fui despacio y entré… En el depósito no había luz, sólo la que entraba de la calle. Estuve como dos minutos así, inmóvil, sin respirar. Hasta que volví a sentir un ruido y entonces giré. A diez o doce pasos apareció un hombre o la silueta de un hombre… No lo distinguía del todo. Así que desenfundé y grité: “¡Alto! ¡Quieto ahí!”… Pero el hombre no me escuchó o no me quiso escuchar y me apuntó con un arma. Tenía la mano en el aire, como hacen los novatos. Porque uno tiene que apuntar con las dos manos, ¿me entiende lo que le digo, muchacho?
De pronto y como si jugara al “piedra papel tijera”, el hombre golpeó la palma de su mano izquierda con la culata de su puño derecho, amartillando una pistola imaginaria. Y así, en plena oscuridad, estiró sus brazos hasta poner el caño de su índice contra mi cabeza.
-¿Me entiende lo que le digo? –volvió a decirme, con el mismo tono con el que antes había dicho: “¡Alto! ¡Quieto ahí!”. Pero esta vez, agarrando mis manos, copió su gesto como en un espejo, hasta que mis puños estuvieron a la altura de su frente.
-¡Agarre más fuerte esa pistola, carajo, que así no le pega ni a una vaca echada!¡Eso es, hijo! ¡Eso es! ¡Cuando usted apunta, tiene que tirar! ¡No se puede apuntar en joda! ¿Me entiende lo que le digo?
Yo bajé mi “arma” pero quien la subió fue él. Apuntaba a un lugar impreciso del tren tras mi cabeza. Me volví para ver ese punto y tuve un destello fugaz que olvidé; como una fotografía velada por la súbita claridad de un fogueo.
-El ladrón me apuntaba pero no alcanzó a disparar porque yo tiré antes… -dijo- Y cayó para atrás como un muñeco… Parecía como si le hubiera dado una patada de electricidad… Y eso no pasaba nunca con los hombres de cartón, que siempre estaban derechitos, así le dieras cien balazos… Entonces subí la llave general de luz, que efectivamente funcionaba… Alguien la había bajado para que el ladrón entrara, pero de eso nos dimos cuenta después… Cuando me acerqué y lo vi, me di cuenta que era un chico… Quiero decir, un joven… No tendría más de veinte años, igual que mi hijo… A lo mejor tampoco tenía trabajo… A lo mejor también quería estudiar medicina… A lo mejor…
5-
En ese preciso instante, el guarda volvió por los pasillos.
-¡Ventanilla! ¡Pueden abrir las ventanillas! ¡Ventanillas! –decía como en un pregón.
La gente abrió impaciente y la luz de un maravilloso amanecer entró gloriosa en el vagón. Entonces, vi que el hombre estaba llorando… Es decir, que hacía el mismo gesto que en la oscuridad, frotándose los ojos con las yemas, sólo que esta vez le caían dos imperceptibles hilos de lágrimas.
-…Estaba tirado, con una mancha de sangre justo acá –señaló el hombre sin perder la compostura y tocándose el corazón- Era el lugar en donde siempre le pegaba a la silueta… Y esa fue la última vez…
Y así, sin terminar la frase, volvió a refregarse la vista vidriosa, acaso como para sacarse de sí las esquirlas rotas de un mareo; como la ciudad luminosa a la que llegábamos y que parecía sacudirse la periferia que habíamos dejado atrás.
Yo pensé que el hombre ya no hablaría, pero mientras el tren entraba en la estación, acabó su historia.
-A las pocas horas vino la policía y también el dueño. Yo renuncié ahí mismo y entregué la pistola. Fue la última vez, como le dije, que tiré en mi vida… Pasé dos meses sin trabajar ni salir de mi casa… Tampoco volví al polígono… Y cada vez que veía por televisión que mataban a un chico, me parecía que era yo, y que de nuevo estaba ahí… Le hubiera querido pedir perdón al chico, pero no sabía ni cómo se llamaba… ¿Me entiende, muchacho? ¿Sabe lo que es matar a alguien y no saber ni cómo se llama?
El hombre hizo una pausa, como aprovechando el descenso de velocidad para enfocar mejor esos fotogramas del pasado; como empañados tras un vidrio partido.
-Pero tampoco podía seguirme de brazos cruzados… A Mariano le iba bien en la facultad y no lo podía dejar en banda… Entonces hablé con un primo y me consiguió trabajo en su pueblo, como cuidador de una fábrica… A la semana nos fuimos con mi señora y todavía estoy allá…
-¿Y su hijo?
-Mi hijo se recibió y se fue vivir a España… Se quiere especializar…
El tren se detenía y el hombre acarició otra vez la grieta en el vidrio con la yema, como si saludara o quisiera recuperar las huellas digitales de un “muerto sólo conocido por Dios”.
-Matarlos… Eso… Matarlos a todos… Pendejos drogados villeros de mierda… -dijo la mujer, recogiendo su labor y disponiéndose a descender. El hombre me miró de nuevo, como si hubiera querido sonreír. Pero nunca sonrió.
-¿Entiende por qué un arma no sirve? ¿Entiende por qué matar no arregla nada? –dijo, dirigiéndose esta vez a la señora. Pero ella se levantaba como despertando de un sueño. Y se fue sin saludar ni acusar recibo de sus palabras. El hombre se incorporó también, bajando su bolso hasta hacerse anónimo en el pasillo, mezclado entre la gente.
Por alguna extraña razón, la historia me pareció tan fantástica como si la hubiera leído antes. Y paradójicamente, si ahora la recuerdo, es gracias a sus posibilidades literarias, a que desde el inicio me pareció un texto más que un testimonio.
Al final, antes de bajar del tren y como un acto reflejo (acaso el mismo que tiene un tirador profesional antes de gatillar) me volví hacia el sitio en donde había apuntado el hombre con sus manos. Y vi al muchacho de campera azul con su hijo pelirrojo en brazos. Se reían los dos, con toda la luz del día pegándoles en la cara.
Por Iván Wielikosielek