Miguel Asturias: «… ¡Sonaban los clarines!, ¡sonaban los tambores! -percibieron, de pronto, el resuello del volcán. Aquél respirar lento del Abuelo del Agua les detuvo; pero, resueltos a todo, por segunda vez intentaron desembarcar a merced de un viento favorable y apoderarse del tesoro. Un chorro de fuego les barrió el camino. Escupida de sapo gigantesco- ¡Callaron los clarines! ¡Callaron los tambores! Sobre las aguas flotaban los tizones como rubíes y los rayos del sol como diamantes, y, chamuscados dentro de sus corazas, sin gobierno sus naves, flotaban a la deriva los de Pedro de Alvarado, viendo caer, petrificados de espanto, lívidos ante el insulto de los elementos, montañas sobre montañas, selvas sobre selvas, ríos y ríos en cascadas, rocas a puñados, llamas, cenizas, lava, arena, torrentes, todo lo que arrojaba el volcán para formar otro volcán sobre el tesoro, abandonado por las tribus a sus pies, como un crepúsculo.»
Miguel Asturias
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