Música ligera, de Virginia Pérez

«Música ligera» es otra narración salida del Taller de Literatura de la Biblioteca Estrada de General Pico. En este caso se trata de la primera publicación de Virginia Pérez, de apenas 17 años recién cumplidos. La historia mezcla el clásico romanticismo con la violencia de género tan en boga en estos tiempos, y hay como música de fondo, una mirada que revitaliza los detalles de la vida que guardan en sí mismos el boleto hacia la felicidad.

Música ligera
Por Virginia Pérez

Y aquel día sucedió lo que tanto esperaba. Corría sin mirar hacia atrás, sin pensar en que la gente observaba la sangre que todavía caía por mi cara y los hematomas que se empezaban a formar por todo el cuerpo. Destruida y sin ningún lugar a donde ir miraba la calle e intentaba buscar una salida. Lo imaginaba escondido entre los árboles, esperando el momento para salir a cazar a su víctima.
Llego el momento en el que las piernas no dieron más y tuve que sentarme a descansar. Me encontré en un barrio de casas humildes, calles de tierra y niños mal vestidos que se encontraban jugando en la vereda. Me levante y comencé a caminar, algunos me miraban mientras pasaba con la capucha baja intentando que nadie lo notara. Me aleje lo suficiente cuando sentí un tirón en la pierna, uno de ellos estaba agarrado de mi pantalón. Me incline y le di un beso cuando un grupo de personas se acercó hacia nosotros. Una de las más ancianas se acercó hacia mí y puso su mano en mi hombro.
– Hija ¿Necesitas ayuda?
– No gracias señora, estoy a unas cuadras de casa. – En ese momento el pequeño que tenía entre mis brazos comenzó a llorar y corrió hacia su madre-.
-Mami ¿Qué tiene en la cara?- sin dudarlo me acerque hacia él y comencé a darle besos mientras los demás nos observaban conmovidos.
Paso sus manitos por mi cara e intento acariciar los moretones pero lo alejé. Su madre lo tomo de la mano y se lo llevo en el momento en el que me puse la capucha y me fui.
El simple gesto de un niño hizo que todo se terminara de romper. Esa inocencia de querer mirar más allá de un rostro lastimado y una mirada triste, esas caricias que no juzgaban, no señalaban, no lastimaban. Estaba en el lugar de la persona que está sola porque es lo que desea, la persona que no tiene amigos porque los alejó a todos, a quien su familia abandonó porque no quiso abandonarlo a él. Para el ojo ajeno y el juicio personal de los demás siempre seré la que le gusta que le peguen, la que no supo poner un límite y se acostumbró a los malos tratos y humillaciones.
Y así me encontraba, en una plaza tapada únicamente por mi campera e iluminada únicamente por la luz del cielo. Mi único consuelo era saber que estaba viva y que había logrado salir de esa situación sin que la muerte me llevara antes.
Me acurruqué en mi campera, cerré los ojos buscando paz y me quede dormida. Un par de horas después desperté rodeada de personas. Todos me miraban absortos y cada uno traía una cosa distinta. Había una señora con una manta y varios niños con comida. Los mire agradecida pero no acepte y a pesar de la insistencia me negué hasta que se fueron.
Así pasaron varios días en los cuales dormía en plazas o estaciones de servicio, sin conseguir un lugar fijo donde vivir. Durante el día pasaba por el barrio, les aceptaba un poco de comida y todo el cariño que ellos pudieran ofrecerme, eran lo único que tenía y se estaban empezando a transformar en mi familia.
Esa tarde me acerqué al barrio y empecé a observar como los niños jugaban en la calle. Uno de ellos apareció con una pelota de trapo y los demás lo miraron fascinados. Se preguntaban entre ellos como la había hecho y el pequeño empezó a hacer gestos con sus manos explicando la ardua tarea.
Recordaba los momentos en los que yo fui como ellos. Esos tiempos en los que también creía que subirse a una hamaca era volar y el mundo podía moldearse del tamaño que fueran mis sueños. Hubiera dado cualquier cosa para volver a ser una niña otra vez y poder entender que el cielo era celeste y que el sol lo iluminaba todos los días más allá de cualquier tormenta o problema.
Así pasaron los días hasta que el invierno comenzó a sentirse con más fuerza. Esa mañana de junio el barrio estaba desolado y nadie se atrevía a pisar las veredas. Miraba hacia la nada cuando el recuerdo de esos últimos días apareció en mi mente. Su enojo, su furia, sus agarradas de pelo y cachetadas que junto con insultos iban acabando con mi persona. Buscaba ayuda, gritaba y gritaba pero nadie parecía oírme. El objeto filoso reposaba en su muñeca cuando me tiro a la cama y amenazo con usarlo. Lo hice una, dos y tres veces hasta que con la punta comenzó muy lentamente a hacer cortes en mi mejilla, mientras observaba como caía la sangre le di una patada que lo derribó y me fui.
Una mano en mi hombro me saco de mis pensamientos. Dejé de cortar pasto con la mano y lo miré. Al verlo me encontré con un joven de cabello alborotado, gesto tranquilo y relajado. Tenía un lunar junto a su boca, y una mirada a la que no temía. Después de tanto tiempo, había encontrado un par de ojos de los que no quería huir.
– ¿Cortar pastito es más entretenido que charlar conmigo?- sonreí en silencio.
– ¿Sos muda?-insistió pero seguí sin dirigirle la palabra hasta que se levantó y se fue.
Un rato después regreso con un termo en la mano y un paquete de masitas. Se sentó y me ofreció ambas cosas a lo que no pude evitar reírme.
– ¿Creíste que con comida me ibas a convencer?
– ¡Lo logré!- exclamo, parándose y levantando los brazos.
– ¿Es para tanto?
– Quería conocerte la voz y mi amigo lo logro. -Dijo señalando el termo.
– Es solo mate.
– Pero logro lo que yo no pude. – Sonrió y me extendió la mano-. Franco.

– Valentina. – Apreté su mano y así continuamos charlando entre cebadas y masitas que iban y venían. Algunos de los niños se acercaban y se quedaban con nosotros hasta que la pelota se les hacía más entretenida.
Los meses pasaron, conseguí trabajo y seguí visitando el barrio que se había transformado en mi segundo hogar. Los recuerdos iban quedando en el pasado aunque las cicatrices quedarían en mi cuerpo hasta el final de mis días. Él no había vuelto y estaba convencida de que no lo haría.
Esa tarde salí del trabajo y me dirigí hacia la casa de Franco, toque la puerta varias veces y no me atendió. Me senté en la vereda y cinco minutos después salió.
– Hola perdón, me estaba bañando.
– No pasa nada.
– ¿Estas bien?- dijo sentándose a mi lado.
– Sí, solamente estaba pensando.
– ¿En qué pensabas?
– En cómo cambio mi vida, – dije mirándolo.
– Yo nunca te lo pregunte pero…
– ¿Querés saber lo de los moretones no?
– La primera vez que llegaste al barrio viniste con la cara desfigurada, necesito saber qué paso y por qué terminaste acá.
– Fue… fue mi marido, – dije y aparte mi mirada de la suya.
– ¿Qué?
-La historia es compleja pero voy a tratar de resumirla.
– Tranquila, – pronunció tocando mi hombro.
– Estuve casada durante varios años y al principio todo era lindo, de hecho acepte casarme con él, – dije tomando su mano-. Pero…
– ¿Pero?
– Las cosas cambian. Un día es que no lavaste un plato, al otro que te arreglaste y cuando abrís los ojos ya no sabes quién sos, ni qué paso.
– ¿Nunca lo denunciaste?
– Lo intenté muchas veces pero la policía me alcanzaba hasta mi casa que según ellos era donde pertenecía y después… – las lágrimas no me dejaron continuar y me ahogué en un llanto desconsolado. Franco me abrazo, me sujeto por los hombros e ingresamos a su casa.
Él fue a la cocina por un vaso de agua mientras intentaba tranquilizarme y dejar de llorar. Me senté en la mesa del comedor, aclaré la vista y vi algo que me llamo la atención, las tome entre mis manos y las observe hasta que Franco apareció.
– ¡Vale! ¿Qué haces con eso?
– ¿Son dos entradas para la despedida de Soda en River?
– Sí ¿Por? ¿Te gusta la banda?
– Siempre soñé con ir a uno de sus conciertos.
– Y vamos entonces.
– ¿Qué?
– Iba a ir con un amigo pero le salió otra cosa y no quiero ir solo ¿Venís conmigo?
El fin de semana siguiente estábamos los dos ubicados en la platea. A gritos cantábamos las canciones, y sonreíamos con cualquier cosa que pasaba. En un momento ambos nos quedamos mirando y nos tomamos de las manos.
– Escucha Fran, es el estribillo de música ligera.
– De aquel amor de música ligera.- dijo cantando.
– ¡Me gusta como cantas!
– Y a mí, me gustas vos ¿Querés ser mi novia? –entonces lo tome del cuello, y le di el primer beso de una historia de amor que duraría casi toda una vida.
Y así casi cincuenta años después deseaba volver a sentir su aroma una vez más. Franco había fallecido hacia unos años y no volvería pero los recuerdos del hombre que me salvó de ese infierno y que me enseño lo que verdaderamente era el amor me alcanzarían para sobrevivir unos años más, y recordar cada día que me quedara aquel amor de música ligera.

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