
“Puedo marcar algunos mojones que describan qué significó para mí poner palabras en un papel para generar algo en otros. Lo primero que diré es que la escritura ficcional me ofreció una gran libertad, algo imposible de detener. Diría que uno de esos mojones fue cuando con un primo de Santa Rosa nos reuníamos de chicos a armar libros caseros que emulaban los “Elige tu propia aventura”. Yo escribía y él hacía los dibujos, luego pedíamos que los cosieran; poníamos que se podía saltear de unas páginas a otras y las aventuras que escogíamos tenían que ver siempre con la selva, los animales, las huidas. No me daba cuenta en esos momentos, pero muchas de esas historias hablaban de redención; los personajes atravesaban muchas cosas y al final reflexionaban exageradamente sobre lo cerca que habían estado de morir o de convertirse en alimento de algún jaguar, por ejemplo.” Y de este modo Nicolás Jozami, escritor pampeano residente en Córdoba, nos cuenta ese inicio que en la mayoría de los casos es borroso e inconsciente, pero que finalmente desembocó en Las leyes de la ausencia, su último y reciente libro.
Pero antes hubo otro mojón que tuvo que ver con la poesía: “En los últimos años de la primaria, leímos breves poemas y luego hicimos dos libros con mi maestra Azucena Carrizo, que se llamaron Vuelo mágico I y Vuelo mágico II. Lo importante es que nos dividíamos en grupos y allí elegíamos sobre qué temáticas pampeanas escribir. Hubo dibujantes que acompañaban nuestras poesías. Si bien fue en 6 y 7 grado eso, leer e intentar metaforizar lo que tenía adentro y pensaba que podía hacer con las palabras (aunque fuera rudimentario) me demostró que la literatura es juego, viaje, pero también compromiso con el propio espíritu.”

-Tal cual, un viaje hacia el propio espíritu y los recuerdos que se producen en el camino.
-Sí, muchos recuerdos. Otro momento lo colocaría en un evento singular: me compraban en casa las revistas LEA; se me ocurrió mandar una carta breve al correo diciendo las secciones que me gustaban y aportando una tímida opinión estética. Bien, en uno de los números siguientes, cuando abro la revista, veo en letras de molde lo que había mandado con nombre abajo y mi lugar de residencia. Recuerdo que fui a esconderme al baño para ver si eso era o no era una alucinación primero y después ver si alguien entendería lo que había querido poner. No podría explicarlp muy bien o mejor dicho cada escritor puede decir algo distinto sobre lo que lee y siente y ve cuando tiene enfrente lo que ha escrito.
-¿Y qué fue en tu caso?
-Yo siento un mar de tinta que me arrasa y me ahoga pero me deja respirar para seguir escribiendo. Esa sensación, que tuve cuando me vi en el correo de la revista LEA, no se me ha ido.

-Fue como un deslumbramiento…
–Sí, mi deslumbramiento con los libros, autores. Creo que un lector que se inicia, como dice Piglia, puede no recordar exactamente la trama de un libro que lo cautiva, pero lo que no olvida es dónde estaba, cómo estaba cuando leyó esos libros que lo marcaron. Eso indica que de un texto literario, leído en la infancia o adolescencia no importan tanto la trama o el tema (no creo haber entendido a Góngora ni a Eliot o a Yourcenar cuando los leí de chico) sino las sensaciones, el enfrentarse a algo nuevo, a una máquina que nos desafía y nos imprime un mundo nuevo . Eso es leer, porque se lee ficción con todo el cuerpo, con todas las células, no hay escapatoria. Un deslumbramiento fueros los cuentos para niños de Horacio Quiroga; lo he dicho y lo reitero: conservo gratamente ese primer libro que me compró mi madre de “Peligro en la selva”, de ediciones El quirquincho”. Me metía en la cama y no podía dejar de soñar con esas historias de cazadores, hormigas y víboras, que había escrito un hombre barbudo, de traje, grande.
-Claro, Quiroga es un emblema.
-Otra revelación la tengo con Elsa Bornemann y su libro Socorro; tenía unos 10 u 11 años. Lo leí en unas vacaciones en Uruguay. No podía creer el miedo que me generaban esos cuentos. “Manos” es uno de los mejores cuentos de terror de la literatura argentina. Otro tanto me sucedió con Sthepen Crane y “El bote abierto”; lo leí ya estudiando en Córdoba; comprendía que la aventura no está exenta de dilemas existenciales, o para decirlo mejor, lo que ad-viene siempre al ser humano son dilemas existenciales, adquieran la forma que adquieran: aventura, trama psicológica, terror o ciencia ficción; un astronauta solo perdido en medio del espacio va a tratar de pensar y resolver dilemas humanos, de allí que la literatura hable siempre de nosotros, los seres humanos. Leemos literatura como se deja entrar y se acoge a un extraño en nuestra casa (lo dice Steiner); leer literatura es una conversación con la belleza para saber si vale la pena que seamos dignos de ese visitante y al revés.
-Al estilo kafkiano.
-Franz Kafka podría suplantar a los autores que vengo mencionando; cuando descubrí El castillo, entendí que se podía vivir sin entender el mundo, y que eso no sólo estaba bien sino que era correcto; Kafka es el que en mi opinión mejor ha parido y ha sabido darle lugar a lo humano, a esta especie extraña que somos. Por último, John Milton fue otro asombro; más tarde supe que era una edición mala, de esas en prosa, cuando la voz del diablo miltoniano hablaba realmente en verso, pero no importó (todo un tema con las malas traducciones y el efecto que sin embargo pueden generar), el golpe ya había surtido efecto: sufría por ese demonio que buscaba conquistar el cielo y vengarse de Dios; esas largas injurias y lamentos llenos de un odio transparente me desacomodaron y me permitieron ver cómo se puede hacer literatura de temas importantes para la cultura y torcerlos o darles la propia perspectiva cuando un autor está a la altura y posee un estilo. Debo decir que luego leí El paraíso perdido en verso, en otra versión; seguía siendo amigo de esa voz demoníaca que buscaba comprender la acción divina y comprenderse, porque como dice un amigo poeta, Marcelo Dughetti, lo que busca la poesía y la literatura es comprender.

-Yendo específicamente a Las leyes de la ausencia, ¿cuál fue su génesis?
–Varios de estos cuentos fueron escritos hace algunos años, y un puñadito en la pandemia. De hecho, hay un cuento, «Rascar» que lo escribí en 2019 y parece preanunciar lo que vino después (en el relato no es precisamente un virus, pero puede pensarse algo así). Disfruté escribiendo textos que -releyéndolos- quería hacer. Hay algunos como «Historia de una pérdida» o «Defensa del Toro celeste» que pueden cuestionarse como cuentos, ya que ahí hay trozos inventados de experiencias y recuerdos con un hilo que los va llevando; me interesaba realmente cuestionar los bordes o límites de lo narrable como género cuento; hay también de hecho un texto que tematiza la idea de la buena y mala literatura con un crítico mordaz y alguien que escribe y que no ceja en su empeño de decir aquello que quiere decir. El autor como intérprete de sus propios textos debe ser el peor crítico; yo diré que hay bastante primera persona, que hay mezcla de géneros y que el título se me ocurrió cuando escribí el primer cuento (con ese nombre) cuando nos vinimos a vivir a las sierras de Córdoba. Es un cuadrivio experimental. Claro que en la mayoría de los relatos hay desapariciones, ausencias -de personas, de momentos, de recuerdos, de memoria, etc- que se producen de diversos modos y con diversa finalidad y que entiendo le dan carnadura a -como dice la Tere Andruetto en la contratapa- las pobres existencias de los personajes.
– La música del país ha cambiado, pasamos de Spinetta y el tango a lo que se escucha ahora. ¿Con la literatura pasó igual?
– No sé si de una manera similar. En la música me atrevo a decir que hay un mayor ánimo y espacio para la experimentación y la consiguiente aceptación de las nuevas formas, melodías, ritmos. Creo que la literatura es un poco más perezosa; obvio que ha cambiado muchísimo de fines del siglo pasado a esta parte, y las redes e internet tienen mucho que ver en la forma en que se lee y se escribe. Pero así como hubo buena y mala literatura antes, ahora es igual. Se escriba en el formato que sea, con los recursos que se tenga, la experiencia estética lleva en sí misma un corazón ineludiblemente salvaje, si eso no está (más allá de las modas y el mercado) no tiene valor para mí. Uno puede ser cínico y grosero y escatológico hoy más que antes, pero si lo hecho no se envasa en un aparato que funcione, queda en improperios de bar en madrugada. Leemos a Lamborghini, Celine, Rabelais o Venturini y descubrimos que «no hay mucho nuevo bajo el sol». Un escritor debe -como dijo Chejfec- saber encontrar el límite de su propio tono. Y eso lleva a veces toda la vida.
– Pero lo nuevo, lo que está en el aire es L-Gante y antes en las radios estaba Gardel…
-No sigo eso de que todo tiempo (arte diría) pasado fue mejor. Nosotros no sabemos cuáles serán los clásicos de aquí a 250 años si La Pampa y el mundo existen. Lo contemporáneo es una pugna por el valor literario y a bastante de eso lo definirá el tiempo. Igualmente como docente de materias que tratan esta cuestión, no soy ingenuo y sé que -como a las artes las hacen los seres humanos- hay un gran componente de lucha por imponer sentidos y modos de leer y de entender lo estético. Pero para cerrar: habría que ver qué textos o quiénes son los gardeles de la literatura en este tiempo; ahora hay muchas más opciones y estrategias para el autobombo, los amiguismos, etc. lo que impide a veces determinar qué es lo verdaderamente potente. Esa idea del lector solo con un texto o pantalla luchando por absorberse en lo que lee es la mejor y mayor expresión de una literatura que cumple con su cometido. Es joda y no tanto, pero hoy hay más escritores (o que se mencionan así) que gente que lea literatura asiduamente. Entonces llegará el momento del escritor customizado; uno que escriba específicamente para un solo lector.
-¿Podría decirse que la frondosidad editorial ha trastocado la ecuación?
-Bastante. Como decía Abelardo Castillo: se publican listas de los libros más vendidos, no de los mejores libros; eso da la pauta de para dónde mira el mercado. Y cuando se armó el lío en pandemia de los PDF versus los libros en papel y que se compran en librerías, se oyó por ahí cómo algunas grandes editoriales, de no vender tantos ejemplares en tanto tiempo, destruyen esos libros para reutilizar el papel, porque no les rinde económicamente. En EE.UU. por ejemplo, los autores consagrados -y buenos- como Paul Auster, Roth, etc, deben por caso publicar un libro por año, pero se les exige que tengan x cantidad de páginas; eso es para poner un determinado precio al «volumen de escritura». Sucede que, aún con la pericia de este tipo de autores, uno lee por caso «4,3,2,1» de Auster, de mil páginas y se da cuenta que ahí sobra algo. Y Auster es un gran escritor.
-¿Qué vida le deseas a tu libro?
– Espero que -como diría Libertella- no nazca muerto (risas). Que haga su camino y enfrente los obstáculos que deba enfrentar. Yo quiero que el lector pueda decir «este cuento no me gusta che» y pueda pasar a otro. Un libro ideal es como esas revistas de crucigramas y acertijos: uno va adonde cree que puede enfrentarse y resolver el problema. Ojalá este libro pueda seguir una senda y unirse de alguna manera a los míos anteriores, algo que yo no me tomaré el trabajo de hacer .