Oscuridad, las sombras de los verdugos, certeza de la muerte…

“Se le vio, caminando entre fusiles, por una calle larga, salir al campo frío, aún con estrellas de la madrugada”, escribió Antonio Machado en ‘El crimen fue en Granada’. El frío de esa madrugada. Junio de 1956. La sangre que corre, se entremezcla con la saliva. Juan Carlos Livraga, colectivero él, sabe que la muerte lo acecha. Impiadosamente. A su alrededor todo es silencio. El silencio de la muerte.
“Yo nací cerca de la cancha de Platense, en el año ‘32. Una época complicada en lo económico. Mi papá era contratista, se dedicó a la construcción. Trabajaba con él, lo ayudaba bastante, y además me gustaba mucho el fútbol, dejaba de comer por el fútbol…Los picados eran a toda hora en el barrio”, cuenta Livraga.
El departamento de la calle Hipólito Yrigoyen 4519 de Florida era uno de los focos de la ilusión política donde, aguardando una señal ya convenida, un grupo de ciudadanos espera el momento para actuar. La excusa es escuchar boxeo por la radio. Esa noche Eduardo “KO” Lausse enfrentaba al chileno Loayza. La realidad era la espera del lanzamiento radial de la proclama revolucionaria y el anunciado corte de luz que marcaría el inicio de las acciones. El dueño de casa, Juan Torres, estaba vinculado con el activismo peronista de la zona. En esa misma casa ya se habían escondido algunos perseguidos en otras oportunidades.
Adherentes a la causa, ansiosos, estaban aguardando el acontecimiento esperado. Se dividieron en dos grupos; algunos juegan a las cartas, otros están escuchando las alternativas de la pelea. Allí se encuentran: Carlos Lizaso, el de los 21 años alegres y optimistas; Nicolás Carranza, el obrero ferroviario prófugo de la policía por repartir volantes; Francisco Garibotti, vecino de Carranza, también ferroviario y padre de cinco hijos; el fornido Vicente Rodríguez, trabajador portuario, padre de tres niños; Mario Brin, entusiasta de la justicia social, empleado de Siam, un hijo; Horacio Di Chiano, indiferente al peronismo, pero cercano al grupo porque repudia el accionar de los militares; Norberto Gavino, peronista prontuariado y Juan Carlos Livraga, el muchacho colectivero que sólo fue a escuchar la pelea de Lausse.
“Nunca, en mi familia, comimos de la política. Ese 9 de junio mi vieja estaba internada en el Pirovano, la habían operado recientemente, y entonces, los dueños de la empresa que tenía el colectivo que yo manejaba, el de la línea 10, me llaman que a las doce iba a estar en la parada. Paso por el puente Saavedra, tomo para Munro y frente a la cancha de Colegiales se me rompe el palier. Saqué el dinero, me bajé y llamé a los dueños. No iba más. Estaba enojado porque siempre pasaba algo. Ahí me metí en la cancha para ver el partido con All Boys, hacía mucho frío. Cuando regreso a casa hablo con mi papá, me baño y me cambio. Me puse de pinta porque ese día tenía un tema de polleras”.

Su increíble historia disparó la investigación periodística realizada por Rodolfo Walsh y que derivó en la escritura de un libro emblemático: "Operación Masacre".

Su increíble historia disparó la investigación periodística realizada por Rodolfo Walsh y que derivó en la escritura de un libro emblemático: «Operación Masacre».

Son cerca de las 23. El grupo está entretenido jugando a las cartas y escuchando la radio. Livraga, indiferente a las inquietudes políticas, decide retirarse. Al abrir la puerta es golpeado violentamente en el estómago, al mismo tiempo que una voz amenazante grita fuera de sí…¿Dónde está Tanco?. El jefe de la policía bonaerense, Fernández Suárez, acompañado por el jefe de la Unidad Regional San Martín, Rodríguez Moreno, el subjefe Cuello, un grupo de agente de la policía armados con armas largas y un grupo de civiles, irrumpen en el lugar tras derribar la puerta de una patada. Habían arribado al lugar con una camioneta policial y un colectivo del interno 40, perteneciente a la línea 19, requisado en el puente Saavedra algunas horas antes.
“Cuando salgo de casa me encuentro con el ‘Gordo’ Rodríguez, era del barrio y compartíamos el café, el fútbol. Era una barra que salía a todos lados. Me pregunta hacia dónde iba, le respondo que a Munro y cuando vamos caminando por una calle que casi nunca usaba yo, me dice ‘¿tenés tiempo…? quedate a escuchar la pelea!”. Era un zaguán largo, golpeamos la puerta y cuando entramos eran cuatro personas jugando a los naipes, después otras dos iban y venían. El ‘Gordo’ era amigo del dueño de casa pero yo no los conocía”.
Todo es confusión. Rompen los muebles, revisan los cajones, los papeles y todo cuanto encuentran es tirado al piso. El jefe de policía, con su 45 en la mano, intimida a los presentes. Quiere sabe a toda costa donde está Tanco. Como nadie le contesta, se pone como loco y empieza a desparramar culatazos y golpes con el arma que se le entregó para que defienda al pueblo de posibles agresiones. Entretanto, aprovechando la confusión, Torres salta una pared y logra escapar. Lizaso trata de imitarlo pero no lo logra, su suerte parece estar trazada. A golpes y puntapiés todos son llevados a la calle y se los comienza a hacer subir de a uno al colectivo.

«¿Vos pensás hacer la revolución con esa facha?»

Enfilan hacia la Regional San Martín. Al rato traen dos detenidos más: Julio Troxler, ex oficial de policía y miembro de la resistencia peronista, y Reynaldo Benavídez, que al llegar a la casa de Torres se encuentran con los policías armados que quedaron en el lugar y son aprehendidos. Entretanto, en la Regional, y por comentarios de quienes la habitaban en ese momento, se enteran de la noticia que habla de la insurrección, y al rato, la de la ley marcial. Sienten una sensación de alivio porque ese arresto les servirá para protegerlos, están presos antes de que se dictara esa ley marcial y creen que se se la pueden aplicar a ellos. “Me agarran a mí, me ponen contra la pared y con la 45 gatillada me empiezan a pegar en el estómago. ¿Vos pensás hacer la revolución con esa facha? ¿Dónde está Tanco? Yo no sabía ni de qué hablaban. Estaba muy asustado realmente”.
Son las dos de la mañana, el ambiente se va endureciendo poco a poco; los policías, que antes conversaban con los detenidos -”a dos de ellos sabía llevarlos en el colectivo y dejaba que subieran sin cobrarles”-, ya no lo hacen y sus rostros adquieren seriedad. Livraga y los recuerdos que surgen de su voz. “Nos meten sin esposarnos ni nada. Yo preguntaba a cada rato que era lo que estaba pasando. Era el único que tenía documentos, andaba, como te dije, bien empilchado. Aparentemente esperaban la orden de liberarnos o de llevarnos a Campo de Mayo, al menos uno intuía que podía pasar eso por lo que le podíamos “sacar” a los policías cuando íbamos al baño”.
A las 2.45, el jefe de la Brigada decide tomarles declaración. Van pasando de a uno. Nombre, ocupación y la pregunta: “¿Qué hacía allí?”. “Estaba jugando a las cartas”. “Escuchaba la pelea”. “Vivo en ese departamento”. “Estaba de visita”. Son las declaraciones que firman los detenidos, ninguno traiciona, ninguno implora, ninguno se quiebra. Ninguno puede imaginar que en La Plata, Fernández Suárez ha pronunciado telefónicamente, con carácter de orden, las palabras criminales. Rodríguez Moreno no tiene el heroísmo para desobedecer. Tampoco sabe cómo hacer un fusilamiento. Se dirige al Liceo Militar, en San Martín, y solicita permiso para hacerlo. Se le niega y le dicen que nada tienen que ver con su jefe ni con la policía. Vuelve a su oficina y llama a su jefe. Este ratifica la orden: “Fusílelos, hágalo en cualquier lado, pero ya!!!!”. A las 5.30 de la madrugada del domingo 10 de junio, la dependencia policial se pone en movimiento.

"Operación Masacre" adaptado por Francisco Solano López y Omar Panosetti (Revista Fierro nº 37, Sept. 1987).

«Operación Masacre» adaptado por Francisco Solano López y Omar Panosetti (Revista Fierro nº 37, Sept. 1987).

Traen una camioneta donde se ubican Rodríguez Moreno, Cuello y el oficial Cáceres, y un carro de asalto donde van los doce civiles. Quince agentes al mando del cabo Albornoz, de la subcomisaría de Villa Ballester, vigilan. Las calles están desiertas. La oscuridad es casi completa. Entran en la Ruta 8 y luego doblan en la avenida Márquez. Tiritando de frío, los prisioneros se preguntan “¿dónde nos llevan?”. El vehículo se detiene. El cabo ordena que bajen seis. Rodríguez Moreno decide que ese no es el lugar. Trescientos metros más adelante vuelven a detenerse. Nuevamente la voz del cabo: “¡Que bajen seis!”. El lugar está próximo a la estación de José León Suárez, en la avenida Márquez y 9 de Julio. A la derecha hay un club, frente al club una hilera de eucaliptos; frente a los eucaliptos, un gran baldío con basura amontonada. Rodríguez Moreno salta de la camioneta, pistola en mano. Apunta a los prisioneros. Que caminen en dirección al basural es la orden. Avanzan. Detrás los agentes y Rodríguez Moreno a un costado, ordenando mantener la fila. La camioneta avanza lentamente, iluminando con sus faros la oscuridad de la noche. A golpes de fusil los van arriando al sitio elegido.

«A mí me tiraron tres veces»

“La camioneta nos seguía detrás, con las luces encendidas. Caminamos, yo iba al lado del “Gordo” (Rodríguez) y en un momento siento la manivela del Mauser, el golpe de la manivela del fusil. Entonces me doy vuelta y me zambullo en una zanja que alcanzo a ver. Empiezan a tirar. A Rodríguez le pegaron once balazos y en un momento empezó a gritar que lo mataran, que no lo dejaran así…¡Pobrecito! Giunta alcanzó a salir corriendo por el medio del campo. A mí me tiraron tres veces, cuando caigo en esa zanja quedo con la cabeza afuera y entonces se arriman para darme el tiro de gracia. Me encuentran con el ‘buscahuella’, me la dieron en la cara. Fue todo muy rápido, sentí un dolor tremendo y pensaron que me habían matado. Esa jornada de frío helado me salvó la vida. La sangre no coaguló tan rápido. Cuando se fueron, me levanté como pude y enfilé hacia la estación. Después de salir en libertad, de estar en una cama de hospital durante meses, mi primera operación duró dieciséis horas”.
El procedimiento usado por la Revolución Libertadora, comandada por el general Aramburu y el almirante Rojas, fue un anticipo, aún excepcional pero premonitorio, de los métodos represivos clandestinos que amplificaría hasta la tragedia el estado terrorista nacido en marzo de 1976. El historiador Norberto Galasso, contará que tanto Aramburu como Rojas tenían información de la conspiración; que decidieron no abortarla para “dar un escarmiento”. Aramburu viajó ese día a Santa Fe, pero dejó firmado el decreto 10.362 que decretaba la ley marcial, y preparados los decretos 10.363/56, que establecía la pena de muerte, y el 10.364, que daría los nombres de los que serían fusilados. Los decretos estaban preparados porque eran correlativos y fueron publicados así en el Boletín Oficial con posterioridad.
Todos los levantamientos ocurrieron entre las 22 y la 0 del 9 de junio. El gobierno estableció a las 0.32 del 10 de junio la ley marcial, un decreto firmado por Aramburu, Rojas, los ministros de Ejército, Ossorio Arana; de Marina, Hartung; de Aeronáutica, Krause y de Justicia, Laureano Landaburu. Es decir, para aplicar la ley marcial a los sublevados esta debía ser con retroactividad al delito cometido, violando el principio legal de la ley penal. Pocas horas después firman el decreto 10.363 que orden fusilar a quienes violen la ley marcial.

4858506772_e735e3ae34_b

Juan Carlos Livraga, viviendo desde hace más de cincuenta años en Estados Unidos y con vínculos familiares en nuestra ciudad, fue uno de los sobrevivientes. Será el “fusilado que vive” que permitirá al escritor y periodista Rodolfo Walsh reconstruir la historia en su “Operación Masacre”. No existen registros de esos juicios sumarios. No existe hoy registro del informe forense que debió determinar la muerte de esos argentinos. La increíble historia de Livraga disparó la investigación periodística realizada por Walsh y que derivó en la escritura, en 1957, de un libro emblemático. Fue la primera obra de «ficción periodística» o novela testimonio, el relato novelado de un hecho real. Se adelantó nueve años a «A sangre fría» (In cold blood) de Truman Capote, el libro a menudo citado como iniciador de este género.
Kafka criticó a los “aparatos” de muerte anónimos en su novela “La colonia penitenciaria”, en 1914. Hay pocos textos en la literatura universal que presenten la autoridad bajo un rostro tan injusto y asesino. No se trata del poder de un individuo -los comandantes de la colonia no juegan más que un papel secundario en la narración- sino del de un mecanismo impersonal. La ejecución debe ser llevada a cabo por una máquina de torturar que escribe lentamente sobre su cuerpo con agujas que lo traspasan: “Honra a tus superiores”.
La inspiración antiautoritaria está inscripta en el corazón de las grandes novelas de Kafka, “El proceso” y “El castillo”, que nos hablan del estado -bajo la forma de la “administración” o de la “justicia”- como de un sistema de dominio impersonal que aplasta, ahoga o mata a los individuos. Es un mundo angustioso, opaco, incomprensible, en el que reina la no-libertad. Ese mismo estado de “calamidad” que oprimió corazones, libertades y voluntades argentinos durante ese nefasto junio del ‘56, pintando una página triste de nuestra historia. Como la frase del poeta español Hinojosa: “Herido siempre, desangrado a veces, huyendo del destino”.

Livraga junto al autor de la nota, durante uno de los tantos encuentros en General Pico.

Livraga junto al autor de la nota, durante uno de los tantos encuentros en General Pico.

Entrevista realizada en marzo de 2005.

Compartir

Autor

Raúl Bertone