Por Raúl ´Álvarez (General Pico)
Hay varios asertos que caracterizan los tiempos. Uno es el concepto de una “herramienta para toda la vida” (el serrucho del abuelo usado por el nieto), de un “trabajo para toda la vida (décadas de pertenencia a la misma empleadora), de progresos lentos (bicicleta para aliviar el traslado y muy después la “autonomía” familiar con el auto). El mundo era casi estático. Pequeños grandes movilizadores (como los medios de comunicación) acompañaban el cansino tránsito de los días, a los que no había que adosarle casi nada, porque se parecían mucho a los anteriores y no había que aventurarse como serían los venideros, de casi previsible desarrollo.
La renovación de lo que fuere (juguete, “chiche” en el decir infantil), ropa (mudada de mayores a menores) eran de práctica usual y hacían del ingenio de la preservación, el desafío interesante. Bien se podía con un modesto cajón, ruedas asimiladas de algún taller mecánico generoso, crear un vehículo concentrador de esfuerzos. O con medias que no soportaban más zurcidas, correr tras una amigable pelota. O muñeca simple y hasta herida… ¡Y la vestimenta…! Agudizaba el ingenio de las aplicadas manos, supliendo agujeros con parches y tinturas para buena imagen de los calzados.
En una enumeración imperfecta, se podría decir que casi todo, tenía una segunda oportunidad al menos, que no salvaba de la consideración menospreciante, pero justo es reconocer que permitían continuar los días con cierta dignidad. Hago este resguardo, porque ello no implicaba olvidar techos de chapas, estanterías de cocina no siempre almacenando sustentos. No. Se superaba con ingenio y habilidades lo que se podía arreglar para seguir “tirando”, pero lo otro siempre fue estigma, que a veces voluntades animosas, permitían hacer «compartible» el pedazo de espacio que la vida nos daba.
La velocidad tecnológica, la premura por buscar soluciones rápidas, el afán por probar nuevas cosas (no siempre necesarias) opuso a la parsimonia que antes mencionara, una total falta de identificación con lo cotidiano, porque lo más interesante se despliega ante los ojos como el objetivo a conseguir.
Consumismo que le dicen.
E Inexorablemente el desapego por lo que tenemos, sin importar qué y cómo lo obtuvimos. Nada nos lleva a asociar el trabajo del abuelo, la tía hacendosa, la madre aplicada, el padre acompañante, porque no están presentes en cada cosa de las tan valiosas recibidas en tiempos en que se recibían pocos bienes de placer. Y eso es lo que quizá más hiere. Porque antes no se tiraba. ¡Ni los restos de comida que aprovechaban los animales de granja! Pero no se tiraban las cosas, porque amen de volver a a aprovecharlas, por escasas a lo mejor, había mucho de afecto/amor que no lo suplía la arrogancia de reemplazarlo por algo nuevo o presuntamente más valorable. No está escrito en ningún lado qué tiempo es el mejor, pero lo cierto es que: Sí. “…antes nada se tiraba”.