Un trecho en la oscuridad

Pasé aquella semana lluviosa como un recluso, saliendo de mi casa sólo para ir al trabajo o sacar a pasear a Lolo. Por la tarde, llegaba siempre mojado y con hambre, con mi único par de zapatillas embarradas y la sensación de que esa vivienda recién alquilada era mi único lugar en el mundo. Sin embargo, nadie me esperaba allí excepto mi perro y mis gatos. Y de no haber mediado sus presencias, no hubiera tenido ningún semejante con quien compartir la noche. Esto no era una patética declaración de tristeza sino la tranquila comprobación de mi situación. Acababa de romper con mi mujer tras diez años ininterrumpidos y de pronto fue como si toda la ciudad se hubiese vuelto extraña. Yo seguía yendo al trabajo, al cine o a tomar una cerveza con algún conocido, pero me había vuelto foráneo; acaso porque desde ese entonces, todos los acontecimientos empezaron a ser ajenos para mí, como si no estuviera sentado en ese bar o en ese cine. Había un “yo” más auténtico que parecía mirar desde algún rincón impreciso de mí mismo a ese otro que, a imagen y semejanza de mi sombra, ponía en funcionamiento el simulacro de existir. Pero yo no estaba allí ni en ninguna otra parte. Y solo aparecía ante mí al cerrar la puerta de casa, cuando pasaba fugaz ante el espejo. Entonces me recostaba con un inédito cansancio en los huesos y me quedaba mirando el techo. Mi pulso se volvía tembloroso como si hubiera tomado alcohol sin comer, mientras mis gatos se recostaban en mi pecho y Lolo me acariciaba con su hocico, preguntándome algo en su idioma.

No. El hombre que salía a trabajar, el hombre que hablaba con los conocidos y a veces sacaba una entrada para ver una película, no era yo; era ese otro que me hacía de intermediario con el mundo. Y era él quien, a su vez, trataba de absorber los estímulos para que me llegaran al corazón; como un árbol que, ante la falta alarmante de lluvia, desarrolla sus raíces en busca de impensadas napas.

De pronto y mientras estaba en la cama, algún resorte interior me volvía a la vida. Y generalmente ese resorte era Lolo. Porque él pedía salir al mundo y recorrer sus tres kilómetros diarios. Y entonces, sobreponiéndome al cansancio, volvía a calzarme el único par de zapatillas mojadas. Y abriendo un paraguas descartable como una inmensa flor de tallos quebrados, salíamos al barrio.

Las calles sin pavimentar estaban completamente anegadas, por lo que nuestro recorrido por la feria se veía impracticable. Entonces, caminando por las pocas veredas con mosaicos, nos íbamos hasta el hospital. Una vez allí, sus aceras pavimentadas nos permitían dar varias vueltas alrededor sin embarrarnos. Eso sucedía, generalmente, a las nueve de la noche; hora siniestra en que el día se volvía a quebrar. Y ya no era la oscuridad desplazando a la luz de las seis, sino la propia noche partida en dos para siempre. Porque a esa hora, la gente ya no funcionaba según el ascendente solar y su conciencia, sino según la influencia lunar y sus terrores. Y casi no quedaba nadie en la calle excepto los desesperados, los enfermos o los solitarios. Y por cierto que a esa hora, el hospital era un sitio con mucha gente así.

Mi perro olisqueaba las plantas mientras la llovizna ponía una película de luz al borde de su lomo. Una ambulancia parpadeaba azul en la niebla y una comitiva de hombres y mujeres esperaban preocupados en el alero de la guardia. En esos momentos, tenía lugar nuestro encuentro cercano de tercer tipo; el de dos modos de ansiedades semejantes en su esencia. Yo no había tenido que salir de mi casa por enfermedad ni ellos para religarse con la vida. Pero de algún modo yo estaba siendo un enfermo del alma y ellos, unos impensados creyentes; súbitos devotos de la sanación del cuerpo.

Bajo la lluvia, el inmenso edificio del hospital parecía un transatlántico encallado en el barrio. Y a través de sus vidrios oscuros se veían las sombras de los pacientes, la chaquetilla flúor de las enfermeras y las luces como pasillos en una cubierta; inmensas superficies donde otras sombras esperaban agazapadas y dispuestas a pasar la noche.

Esa hora, también, era lo suficientemente angustiante en el bar del hospital, donde ya no quedaba gente cenando o haciendo tiempo sino pequeños grupos familiares tomando café; hombres y mujeres dispuestos a empezar su larga vigilia contemplativa. Ellos nos miraban pasear con mi perro y seguramente pensaban que, a pesar de la lluvia, representábamos la libertad. Pero yo me decía que, aunque estuvieran encerrados en ese barco donde en vez de camarotes había consultorios, de alguna manera todos tenían una familia; alguien a quien cuidar o alguien por quién rezar para que se mejorase. Entonces ¿quién era la libertad y quién la soledad? ¿Quién la ciudad y quién el desierto?

La pista de cemento mojada producía raros espejismos de luces reflejando sirenas; charcos de sangre electrónica o lagos parpadeantes de esmeralda. Y entonces volvíamos con Lolo a casa por el descampado, un terreno sin lotear equidistante al hospital y a la cárcel. Y ese era el momento más insoportable de todos. Porque se escuchaban los gritos de las mujeres que, bajo la lluvia, hablaban con sus novios o maridos presos; esos hombres que, hacinados en aquel edificio de hierro, con un grito desafinado contestaban desde las alturas, como desde las estrechas ventanas de un arca maldita.

Esta escena se repetía con maravillosa puntualidad; como los ancestrales aullidos de una especie apenas conocida en la tierra.

Cuando llegábamos a casa con Lolo, yo me sacaba las zapatillas y las ponía a secar al calefactor. Luego cubría a mi perro con una toalla, lo dejaba en su colchoneta y me iba a bañar. Entonces me preparaba dos o tres tazas de té, que me tomaba hirviendo con galletas de agua escuchando la radio. Y poniendo el despertador a las seis, me acostaba a leer hasta que se me cerraban los ojos. Y entonces los gatos se venían a mi pecho mientras Lolo hundía su hocico en mi costado, como dándome las buenas noches o pidiéndome una explicación por mi súbita tristeza.

Sin embargo, una noche de aquella semana no me pude quedar en cama. Había escuchado a una mujer gritado con tanta desesperación, que no me podía sacar su voz de la cabeza. Y apenas me bañé, me volví a poner las zapatillas y remonté el camino de la cárcel. Pero no tomé la calle del hospital sino los callejones internos y sin pavimento, que por esos días eran un verdadero pantano. Una vez allí, no escuché más voces. Di algunas vueltas pero no vi a nadie excepto al guardia; o mejor dicho, a su sombra en las alturas contra el tubo fluorescente de la garita, única luz que derramaba un recuerdo lunar en las veredas. Al final y cuando ya me volvía a casa, una mujer salió desde abajo de un paraíso goteante y me preguntó la hora. Era muy delgada y estaba calada hasta el alma. Vi en su muñeca, cuando se la golpeó con el índice, los rastros de un tatuaje carcelario. Pero también vi sus ojos y estaban desolados, yo no sabía si por el llanto, la lluvia o algún otro tipo de intemperie. Y sacando mi celular (ese aparato inútil que era la constatación de mi cruel incomunicación con el mundo) le dije “las diez y media”.

“Qué bajón, ya se me pasó el colectivo…”, dijo. Y entonces, sin saber bien de qué rincón de mi optimismo sacaba mi iniciativa, le pregunté si no quería venir a tomar algo caliente a mi casa; que yo no vivía lejos de allí y que, en todo caso, después le pediría un taxi. Me miró durante algunos segundos como considerando mi propuesta; sin miedo ni recelos ni esperanzas. “Gracias… Sí… Qué bueno…” me dijo. Pero cuando hubo caminado once pasos junto a mí (los conté uno por uno) y como si tomara repentina conciencia de su nueva situación, me dijo: “No… Te agradezco; esta noche mejor no…” Y entendí que su negación era simple y pura; sin dejo alguno de desconfianza hacia mi persona.

La chica se fue sin saludar, como si yo hubiera dejado de existir tras sus palabras. Yo me volví a casa y, tras el ritual de la pava y el calefactor, me tomé un té sentado con Lolo; pensando en esa mujer que, acaso sin querer, había caminado conmigo aquel trecho en la oscuridad.

Por Iván Wielikosielek

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