La biblioteca de El Lobo Estepario sigue ganando páginas de escritores locales, en buena parte gracias al aporte de los escritores participantes del taller de literatura que se llevó a cabo en la Biblioteca «Estrada» de General Pico. En esta oportunidad presentamos Vladimir, breve relato surgido de la versátil y siempre sorprendente escritura de Juan Rizzi, fantástica una vez más.
Vladimir
Está ahí, parado inmóvil frente al ventanal, mirando el mar. Ni un solo músculo de su cuerpo se mueve, esperando tal vez una respuesta de las profundidades del océano.
Su mutismo logra que el silencio de la sala sea aún más oprimente, y me hace sentir más pequeño aun en el fastuoso sillón.
-Mañana a esta hora estaré muerto.
Levanto la vista de su último borrador, que estoy corrigiendo; lo miro, desvío la vista de esa figura que me cohíbe, fijándola en el cuadro del que supuestamente saldrán mil respuestas a una sola pregunta: ¿Por qué?
Mi cabeza bulle de recuerdos, el más fresco es el de anoche.
Vladimir Valdeverde es el seudónimo que mi amigo, Zoilo Trebul, usa para sus libros y también para sí.
La discusión fue de pocas palabras y la voz del hombre flaco y pálido apenas se escuchó en el salón de fiestas, cuando retó a duelo a mi amigo.
Elija armas -se oyó tajante la voz de Vladimir.
Pistolas- apenas balbuceó el otro.
Los presentes abrieron desmesuradamente los ojos: pistolas. Es que se había vuelto loco, no existe tirador más experto y certero que Valdeverde.
Dejé este recuerdo y fui más atrás en el tiempo, al día en que salimos de la estancia Los Cardales, en pleno oeste de la pampa húmeda.
– Tenés que cuidarlo Luciano, tu inteligencia pasa por otro lado -fueron las palabras de mi madrina Lidia, madre de Zoilo.
Era todo aquello que muchos soñamos sin conseguirlo y mucho menos a tales extremos, dividió su vida en dos partes (ambas reales y ficticias para él), Vladimir Valdeverde el escritor famoso y mundanal, habitué de los salones de fiestas de la aristocracia, admirado, amado y odiado con la misma intensidad por hombres y mujeres, y Zoilo Trebul, asiduo concurrente a las fiestas de destreza criolla y mesas de monte, donde sobresalía.
Ambos tenían ese particular atractivo, que como un imán, ejercía una fuerza irresistible sobre ojos y sentimientos femeninos, no se conocía dama que no hubiera sido cautivada por cuatro versos cargados de pasión o requiebros amorosos salidos de su garganta.
Muchos hombres darían casi hasta su vida por verlo muerto, algunos por envidia, otros por celos, ya sean escritores o jugadores, maridos, novios o amantes, con las mujeres pasaba algo similar, pero deseaban el mismo fin para mi amigo.
Dejé que mi mente se aquietara y volví mi vista hacia él, que seguía en el mismo estado. Sonrió al recordar que por sus venas corría sangre de distintas vertientes: nativa, europea y musulmana.
He llevado a cabo hasta el presente lo pedido por mi madrina. Ahí enfrente está el resultado: me encargué de todo, hasta del más mínimo detalle, para que su vida fuera la que eligió apenas salimos del casco de la estancia.
Fui su maestro de letras, de armas, de baile, de todo, para lograr su perfección.
Él era la vidriera de luces multicolores, que atraía a hombres y mujeres, según su color e intensidad, vidriera que difícilmente pudiera repetirse, y ahora dice que va a morir, mejor dicho, que va a dejarse matar.
¿Por qué?
Acaso esa fue la respuesta que le devolvió el mar a sus preguntas, no sabe acaso que si él muere, yo moriré con él.