Oscuro amanecer, por Luis González

El periodista y escritor realiquense Luis González está muy cerca de la poligrafía, o mejor dicho ya es un polígrafo, cumpliendo con ambas acepciones: que escribe sobre temáticas diversas, y flotando sobre el arte de escribir de diferentes modos secretos o extraordinarios. Desde columnas periodísticas, pasando por la narrativa (su primera entrega fue un cuento), y ahora se estrena en El Lobo Estepario con la prosa poética. Y lo que importa más no es estreno sino usanza en Luis: la profundidad de sentimientos, el amor por su aldea.

Oscuro amanecer
Nadie podía entender aquel dolor. Partía el pecho sentirlo. No era un puñal clavado en algún rincón sensible del cuerpo. Eran miles, millones de puñales que desgarraban la carne.
Nadie podía entenderlo. Nadie jamás podía llegar siquiera a comprender mínimamente lo que estaba sintiendo.
Era demasiado.
Ni las palabras alcanzaban para dimensionarlo. No existían denominaciones que abarcasen aquello.
Y digo aquello, porque no me atrevo a poner yo letras a ese dolor inconmensurable.
Solo sé que pudo intentar correr hacia ninguna parte, buscando nadie sabe qué.
Si era aire para intentar respirar, lo que le parecía no conseguir.
Si buscaba silencio para destrozarlo de un solo grito, de un atroz llanto.
Todo era magnificado por su ausencia de fe.
El no creía en nada.
No podía creer en nada.
Solo se jactaba de pertenecerle al amor. Solo se aferraba a su creencia en el amor.
Pero eso no lo rescataba ante la idea de la muerte.
Aún el amor era débil ante esa atrocidad.
¿Y quién podía contradecirlo justo en ese momento?
Si de eso se trataba.
Siempre dijo que sufría por su falta de fe en algo superior.
Incluso llegó a llorar de niño, a escondidas, porque sabía que contra la muerte no se podía.
Pudo fingir un tiempo el aferrarse a las creencias impuestas, aquellas de cielos e infiernos.
Supo dibujar una sonrisa impostada al escuchar sobre almas que se separaban de los cuerpos yacientes, para emprender un vuelo hacia un lugar desde donde nos acompañarían siempre, e incluso nos esperarían para el reencuentro.
No lograba esa fe cristiana, religiosa.
Pero no era de aquellos que creían que esas afirmaciones desapegadas a las creencias daban un aire intelectual, un aspecto de superioridad ante los crédulos.
El sufría mucho por eso.
Entonces, ¿cómo no deshacerse al escuchar aquella noticia?. ¿Cómo no parecer desintegrarse, desmoronarse?
¿Cómo no morir también, un poco, al saberlo?
Pareció confirmar aquello que alguna vez repitió.
Uno es su propia luz. Nada más. Allí termina.
Sus pasos alocados primero, se transformaron casi en un reptar.
Entre lágrimas que no cesaban, parecía ir cayendo, pero como podía, continuaba por la desierta avenida Mullally.
Nadie era testigo de aquel tortuoso caminar, ya que las madrugadas de invierno no tienen testigos aquí.
Ni los noctámbulos más valientes parecen atreverse al frío de la noche.
Al llegar a la Parroquia, frente a la desolada plaza Yrigoyen, empujó la enorme puerta de madera, que se abrió solo un poco, permitiendo apenas el paso de aquel hombre despedazado.
Por primera vez rezó en serio.
Lo hizo de manera desesperada. Por un largo tiempo.
Pedía señales. Lo hacía incluso a gritos.
Quería una confirmación de que no había terminado todo allí.
Deseaba y solicitaba a algún dios piadoso, que apareciese para confirmarle que su historia de amor no había finalizado de manera tan trágica.
Que la vida continuaba en algún terreno celestial, desde donde lo abrazaría transformada en brisa.
Imploraba haber estado equivocado toda la vida.
Miraba, mientras seguía rezando, buscando que su luz, la luz de Ella, le diera la señal esperada.
El silencio de aquella ya casi extinta madrugada realiquense, era el marco de un ritual increíble y doloroso.
Alguien luchaba entre llantos, por destrozar sus propias certezas, para que eso sirva siquiera como una pequeña, minúscula caricia.
Como una esperanza de perpetuidad de aquel amor.
Y fue en ese momento, en el que los gritos y los sollozos se confundían, cuando sus ojos advirtieron quizás aquel milagro que él deseaba con toda su alma.
Una tenue luz comenzó a aparecer e iluminar aquella Parroquia que igualmente aún era dominada por las penumbras.
La luz había aparecido desde uno de los vitraux y con ella, el llanto estremecedor, se transformó en una sonrisa potente, mezcla de alegría y agradecimiento con brazos extendidos hacia el cielo.
Era la señal. Ella estaba allí.
Y seguro lo abrazaba y lo besaba, como siempre.
Él lo sentía.
¿Cómo no sentirlo?
Afuera, el sol, tibiamente comenzaba a iluminar las ramas de los árboles golpeados por tanto frío.

Por Luis González

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