El Kâab, de Héctor Massara

El ya reconocido estilo del piquense Héctor Massara, consistente en un fraseo corto que compone una narración muy precisa (y sostenida por una ambientación documentada), ha dado un nuevo trabajo: El Kâab. Urdido desde el Taller de literatura que se dicta en la Biblioteca Estrada, subimos este enigmático cuento que se suma a la colección literaria de El Lobo Estepario.

El Kâab

Nuestro pequeño y bendecido reino de Iguarat sufrió un ataque esta noche, en no más de lo que lleva uno de los rezos del Lamento Primario nuestro sabio Regente fue asesinado y su espléndida hija secuestrada. Esconded vuestras hijas, quemad vuestras cosechas. El desierto puede ser nuestro hospedador… y tal vez nuestra redentora muerte.
El escueto mensaje atravesó la comarca en una mañana, los sudorosos caballos atravesaron arena hirviente, desolados pedregales, ríos rojos y lentos como sangre derramada. Cruzaron la frontera sur llevando la mala nueva a dos reinos vecinos, más como alerta que como pedido de auxilio o solidaridad. Sus Regentes sollozaron y cubrieron sus cabezas de ceniza como lo mandaba la tradición y corrieron hasta sus capitanes para organizar las defensas preventivas.
Nadie preguntó quién había sido el agresor, solo el norteño reino de Urdoguarat, el de los caminos sombríos, tenía la fuerza militar necesaria para esta infamia. Los capitanes retuvieron a la pobre y agotada embajada para hacer las preguntas de rigor: ¿de cuántos hombres dispuso el enemigo?, ¿cuántas fueron sus bajas?, ¿cuánto duró la contienda?
Los mensajeros taparon su rostro y llenaron su boca de arena en señal de vergüenza. El enemigo, dijeron, dispuso de quince hombres y diez mujeres, no tuvieron ninguna baja. No hubo contienda, sólo murieron dieciséis hombres de Iguarat y su Regente. Los mensajeros pidieron no regresar a su hogar y los capitanes les ofrecieron piadosamente el honor de la espada. Uno sólo fue retenido ya que dijo ser primo del Regente, y el derramamiento de sangre real podría interpretarse como una afrenta más al desgraciado reino.
Nassur se llamaba y su hombría había sido sacrificada para servir en el harén real. Tenía el deshonor de ser quién sabía todo lo que había ocurrido y hubo de relatarlo porque así lo ordenaba su juramento de sumisión. Lloró el Eunuco, con melódicos gemidos y afectados ademanes. Esta es la historia que contó, tal como yo se las estoy relatando.
Hacía ya dos lunas, justo el día en que se celebraba la nueva cosecha,un grupo de mujeres hermosamente mal vestidas y gloriosamente desaseadas golpeó las puertas de la muralla norte. Eran, y eso juraron al Jefe de Guardia, consortes de Urdo Ungerat “El Justo”, temido Regente de Urdoguarat, huyendo de su segura muerte ordenada por el Kâab. Las mujeres eran de una singular belleza y el Jefe, agobiado por la enorme responsabilidad mandó un mensajero a palacio. El Regente escuchó la historia y, tentado por la avaricia de echar mano a esas bellezas exóticas ordenó a Nassur que las trajera a su presencia. El las protegería si cumplían con cuatro condiciones: Pasarían discretamente sus vidas en el harén real, abrazarían la Fe del Camino Resplandeciente, jurarían lealtad a su nuevo Señor ante los Sagrados Lamentos y dirían, con absoluta veracidad, quién era el Kâab.
Esta última pregunta era definitoria, las mujeres deberían saber quién era el Consejero sabio que hacía que su Señor fuera llamado “El Justo”, su negativa significaría la muerte sin sangre por ahogamiento o hambruna. Nassur sospechó que las mujeres pudieran no saber el secreto y esto les daría una injusta muerte pero, como decían las Escrituras, el Camino Resplandeciente sabía de oscuros y tenebrosos recovecos para estos casos.
Le tocó ahora el turno a las condiciones para los testigos de los extraordinarios sucesos. El Jefe de Guardia y sus quince soldados serían removidos a la frontera sur con la orden incorruptible del olvido. Sus familias serían la garantía de su lealtad. El propio Nassur abrió su boca para que el sello real al rojo marcara su lengua como aviso y recordatorio de su discreción. Subió a un rápido palanquín de ocho esclavos y entre rabioso y dolorido los azuzó hasta la puerta norte.
Los puestos de guardia estaban vacíos y algunas antorchas se habían apagado por falta de mantenimiento, desde el interior de la Guardia se escuchaban risas de hombres y mujeres. No en vano su Sabiduría había enviado un eunuco, sabido el efecto que podían causar bellas hembras en hombres que ya llevaban una estación en soledad. Nassur gritó el nombre del Jefe y un hombre saltó del círculo de la hoguera dando pequeños saltos con sus piernas torcidas de jinete. Este rasgo alertó al eunuco, pero el hombre lo golpeó antes con un duro elemento haciéndole perder el sentido. Se despertó, en realidad lo despertó, un chorro de agua helada y una imperiosa voz de acento desconocido. Los quince hombres de la guardia más el Jefe yacían semidesnudos en un rincón, sus caras moradas y la espuma amarillenta que se secaba en sus bocas delataban el envenenamiento. Los quince extraños vestían las ropas de los guardias y prestaban atención a una de las mujeres que tenía el rollo escrito por el Regente y lo leía en voz alta.
-¡Conocer al Kâab! ¿Tanto desean la muerte? El sólo nombrarlo con sus labios infieles hará que mi señor queme su país hasta los cimientos. Aquí hay algo bueno, la guardia será removida. Eso nos permitirá llegar a palacio aprovechando las últimas horas de la tarde, cuando los guardias y la plebe apunten sus nalgas al sol y reciten sus absurdos lamentos.
La comitiva se puso en marcha con Nassur y la líder sentados en el palanquín, las mujeres luego y más atrás los guerreros. El enuco miraba a cada rato la mano casual de la mujer que rozaba su brazo con el violeta venenoso de sus uñas. Era un especialista en supervivencia, había sido el cuarto de cinco hermanos, todos muertos por la peste. Había sobrevivido bebiendo sangre de una ayudante de médico que había pasado por cinco epidemias. Había llegado del desierto prometiendo al jefe de la caravana una fuerte paga del Visir a quién inventó como benefactor y pariente, había saltado del camello apenas entró a la ciudad y corrido por las callejuelas chocando las tiendas y sorteando los mordiscos de los perros, había entrado a la carrera a las puertas del palacio para caer justamente en las manos del Visir. Aquí pareció haber terminado su suerte, el funcionario le preguntó si sabía hacer algo útil que evitara su muerte. El bailó, cantó, hizo unas volteretas y una buena imitación, creada en unos pocos minutos del afectado Visir. El hombre se rió y ordenó que fuera llevado al harén para diversión de las mujeres. El, como buen superviviente, aceptó con dientes apretados las burlas y la pérdida irreparable de sus atributos masculinos.
Nassur entró a la Cámara real acompañado de la mujer, el Regente, ridículamente vestido con una toga escarlata y una piel de marta en sus hombros, después de echar a todos sus sirvientes se acercó y la tocó lascivamente en su cuerpo y en su cara. La bella respondió a sus tocamientos con caricias que dejaron unos surcos casi imperceptibles en la maquillada mejilla real. Mientras el pretendido señor de la estepa, gloria de las mañanas, guardián del oro del reino, protector del pueblo y podríamos agregar esclavo de la lujuria, caía de rodillas en un cruel ahogo de espumas y un lacerante dolor en la tripa, la mujer preguntó: ¿Y Nahara?
Se llevó los índices a la boca y silbó como suelen hacerlo los pastores llamando al rebaño, al segundo las demás mujeres y los guerreros invadieron las habitaciones y los patios internos. Solamente se escucharon un par de gritos masculinos y el parloteo nervioso de mujeres. Nahara fue conducida a rastras hasta la habitación donde se le permitió escuchar las últimas palabras de su padre. Nassur la observó desde un rincón en el que se había guardado tratando de pasar desapercibido. Aún llorosa y arrasada por la pena la joven tenía una belleza sobrenatural que le hizo lamentar su perdida masculinidad. Un bardo del reino había tenido la gracia de sólo doscientos azotes por calificar su belleza de “desagradable a los ojos de la virtud y vedada a los mortales”, en vano había tratado de explicar entre llantos el enrevesado pensamiento supuestamente elogioso. El Regente, quizás desquiciadamente celoso de esa carne que no podía hacer suya, la había enclaustrado hasta sus veinticuatro años. Todos los hombres del reino deseaban secretamente a la heredera y sin dudas su fama había llegado a otros lares. El Justo la quería.
Desde su escondite, Nassur sufrió el sufrimiento de la joven, agachada sobre los últimos espasmos de su padre. Dos mujeres guaretanas la arrancaron del cuerpo sin vida, afuera tronaban los gritos del pueblo, la marcha acompasada de las legiones enemigas y el ruido del fuego quemando las fortificaciones. Un resplandor rojizo y el alarido de las consortes del muerto indicaban que también el palacio había sido incendiado, el calor intenso llegó a la espalda del eunuco. La caperuza cayó suave sobre la cabeza rapada, en la calle, el hombre se unió a los quince héroes y a las diez heroínas y marchó moviendo cada tanto los brazos y gritando ¡Salve El Justo! con un aceptable acento guaretano.

NAHARA

El palanquín que transportaba a la princesa tardó tres días a trote en llegar a la capital de Urdoguarat, parando sólo cuatro veces para recambiar los agotados esclavos. Sólo dos mujeres a caballo escoltaban tan preciada carga, una de ellas tenía las uñas violetas.
Entraron a la ciudad al amanecer. Unos pocos madrugadores saludaron a las mujeres con quebradas inclinaciones y estiraron sus cuellos para ver la prisionera a través del mosquitero. Había guirnaldas rotas en las calles y un fuerte olor alcohólico a kumis bebido en las celebraciones, seguramente alguna guarnición montada se había adelantado para avisar del éxito de la conquista.
El palacio real parecía más una fortificación que una residencia, Nahara hubo de pasar por tres puertas con sus respectivas guardias para ingresar. Las mujeres la acompañaron a los dormitorios donde todavía reposaban las consortes, no eran habitaciones lujosas y los gruesos cobertores de los lechos guardaban el olor de la piel curtida. Como compensación los baños eran espaciosos y cálidos, de unos cántaros empotrados en la pared brotaba agua muy caliente que era entibiada con agua fría por unos eunucos casi niños. Nahara fue despojada de sus ropas y empujada a las piletas de alabastro, le alcanzaron una enorme esponja y dos niñas vaciaron en el agua una vasija con pétalos de flores y hierbas aromáticas. Se adormiló después de bañarse y apenas tuvo conciencia de ser retirada del agua, despertó entrada la tarde con sólo una túnica suave sobre el cuerpo desnudo. Se vistió con un ropaje de seda y unas sandalias de suave curtido, recogió su abundante cabello con una cinta y salió al estar.
Una veintena de mujeres combatían su ocio con pinceles, plumas y telares, o eran muy discretas o alguien les había ordenado no hablar con ella, notó que la única puerta era una pesada madera con refuerzos de hierro y las únicas ventanas estaban ubicadas a gran altura. No habría posibilidades de huída, tampoco podría cumplir con el pedido de venganza que balbuceó su padre en la agonía. La desesperanza la empujó a un rincón oscuro y allí lloró en silencio hasta que cayó la noche y se durmió en el mismo acolchado refugio.
Diez días con sus noches pasaron, Nahara escuchó que el Regente se encontraba en el reino recién conquistado organizando a sus nuevos ministros y un siseo ponzoñoso comentó que seguramente desposaría a la ramera. Poco tardó en comprender que estaban hablando de ella.
Otros dos días llevó el viaje de regreso del conquistador, una gran algarabía ganó a las esposas. Por la tarde se juntaron en el auditorio a escuchar a un nuevo bardo cantar las glorias de El Justo. Nahara se acercó al grupo al escuchar las primeras estrofas de la gesta, el acento de su reino se colaba en la voz aflautada… ¡Nassur! El eunuco rasgaba sin mucho talento las ocho cuerdas del taravío mientras inventaba virtudes. Nahara se acercó al traidor y lo escupió en el ojo. Y lo hubiera matado de tener un puñal.
Llegó el día temido. Temprano dos cortesanas le asearon y la vistieron con el dorado color del reino, pellizcaron sus mejillas hasta verla saludable y la condujeron hasta la sala de audiencias donde Urdo Ungerat la esperaba. El Justo distaba mucho de ser el magnífico gobernante imaginado, sus ropas eran sencillas por no decir menesterosas, una expresión cansada y sufriente le hizo sospechar alguna enfermedad.
Se arrodilló ante su presencia por instinto y se insultó por la impensada señal de sumisión, las cortesanas habían desaparecido y otra presencia las había reemplazado.
El Justo habló con voz cascada, sus ojos casi no la miraban y cuando lo hacía trasuntaban una tristeza indescifrable.
-Saludos noble Nahara, sin dudas la más bella. Hoy es un día triste para todos, jamás hubiéramos atacado a tu reino si así no lo hubiera ordenado el Kâab. El dijo que la predicción de los magos era real. Y no sabíamos de tu maldición.
Nahara, confundida y sin entender absolutamente nada de lo dicho se aprestó a contestar, pero de nuevo la voz conocida se le adelantó. De nuevo Nassur. El odiado eunuco habló atropelladamente antes de que pudiera insultarlo.
-¡Perdón mi noble Señora! Déjame hablar, después puedes pedir mi cabeza. Nuestro benefactor aquí presente –hizo una servil reverencia – no le explicó sus pesares. La predicción dice que Urdoguarat se acabaría de no casarse el Regente con la mujer más bella de los tres reinos, el Kâab lo confirmó. Que el Sagrado Resplandor queme mi lengua, pero no pude ocultarle el porqué una flor tan bella como tú aún no ha sido desposada, él ahora sabe de tu maldición de no poder hacerlo a menos que lo desees y obviamente no querrás como compañero al asesino de tu padre. Perdón, perdón ilustrísimo por llamarte así, pero me era insoportable la idea que murieras por esa maldición.
Dicho esto, el eunuco se retiró haciendo una interminable serie de genuflexiones y señas de buenos augurios.
Nahara comprendió rápidamente la mentira del eunuco, aunque no sabía sus consecuencias, preguntó rápidamente:
-¿Qué harás entonces conmigo?
El Regente sonrió con tristeza, el cansancio combaba sus hombros y ahuecaba su pecho.
-No lo sé, el Kâab lo dirá, muy posiblemente deberé matarte.
-Eres un triste gobernante. Según veo, eres incapaz de tomar decisiones, tal vez debas abdicar en favor de tu Kâab. Me resulta raro que un ser tan malévolo sea llamado El Justo.
-Ser justo no significa ser bueno, las decisiones que el Kâab ordena nunca han fallado, aún cuando las mismas me obliguen a cometer actos criminales.
-¿Alguna vez lo has desobedecido?
-Jamás, y jamás lo voy a hacer. Significaría mi muerte y mi alma jamás encontraría el Resplandor.
-¿Es el Kâab más poderoso que tú?
-Sí.
-¿Cómo lo sabes?
-Se lo he preguntado.
-Eres poco inteligente. ¿Quién daría otra respuesta a esa pregunta?
-El no puede mentir, a veces temo de sus respuestas y no hago algunas preguntas por el bien de mi pueblo.
-No puedo creer que un extraño al que no conozco ordene mi ejecución, déjame que hable con él. Le dijo esto en tono suplicante sentándose a su diestra en una pequeña banqueta cubierta de un tul blanco.
El semblante del Regente cambió de la sorpresa a la ira y, al cabo de un momento a una risita débil.
-Eres valiente, mujer, te irás de éste mundo con un conocimiento que nadie tiene. El Kâab no es una persona, aunque a veces dudo de que no esté vivo.
-¿Qué es el Kâab entonces?
-Estás sentada sobre él.
La joven se paró de un salto arrastrando el delicado tul. Una caja tosca, pero de delicados perfiles se dibujó en la claridad de la tarde. Era de color gris pizarra, ni madera, ni piedra, ni metal. Nahara creyó recordar una tibieza agradable cuando se sentó. En su cara superior, justo en el centro tenía un orificio del tamaño de una aceituna. En su cara anterior, casi en su base se abrían otros dos de igual tamaño separados por el ancho de una mano.
El Regente se tomó un buen tiempo para meditar, quizá arrepentido de desprenderse de su secreto de años, quizá aliviado de la carga. Meneó la cabeza y empezó a hablar.
-El Kâab fue entregado a mi padre por los hombres grises del gran Resplandor, le explicaron sin palabras como funcionaba, se fueron luego para siempre dejándolo confundido y con un espantoso dolor de cabeza que lo acompañó por más de siete lunas. El nunca lo utilizó. Cuando cumplí diez años me explicó su funcionamiento. Uno debe deslizar una canica por su agujero superior y hacer una pregunta que sólo se conteste por sí o por no, si la canica sale por la derecha es sí, por la izquierda es no. Hice mi primera consulta cuando cumplí once años, pregunté si debía conservar una pequeña hiena como mascota. El Kâab dijo no. La mascota fue regalada al hijo de un guardia, lo mordió esa misma tarde y el pequeño murió de rabia. Pregunté luego si debía acompañar a mi madre a visitar su comarca natal. El Kâab dijo no nuevamente, mi madre huyó con un criado y nunca volvimos a saber de ella. Me hice adicto a consultarlo, a veces la pregunta tenía una respuesta obvia y a veces me sorprendía, no siempre gratamente. Un día mí padre mandó a raptar a un enemigo, ¿no sabías esa historia? Ese hombre era tu abuelo paterno, le pregunté al Kâab si debía ser liberado, la respuesta fue sí y esa misma noche corté sus ligaduras. Mi padre me hizo castigar con veinte latigazos y su curación con vinagre. Al otro día un mensajero de la frontera sur informó que todo el ejército enemigo estuvo a punto de atacar el reino. Sus capitanes fueron disuadidos por el recién liberado a retirarse, no sabían que el sesenta por ciento del ejercito de mi padre había sido enviado a los ocho rumbos del viento en búsqueda infructuosa de mi madre y su amante. Mi padre tembló de alivio, frustración y rabia al ver mi gesto de triunfo, mandó a darme otros diez azotes por mi impertinencia. Esa noche, luego de que mi Aya frotara el vinagre en mis heridas, diluido en sus lágrimas, pregunté si debía soportar ése maltrato. El Kâab dijo no. Pregunté entonces que debía hacer para evitarlo, olvidando que no podía responder más que sí o no. Pregunté entonces, preso de mi iracunda niñez, si debía matarlo. El Kâab dijo sí. Lo envenené esa misma noche con una toxina paralizante extractada de unos moluscos rosados. Desde ése día el Kâab ha manejado el destino de éste reino, o tal vez los hombres grises que, según sospecho, viven en su interior. Por las noches suele vibrar hasta que sus contornos se hacen invisibles cuando mi razón niega una pregunta que ha de hacerse. Ahora mismo espera la pregunta que te dará la muerte.
-Tu historia confirma mi opinión de tu escasa hombría. Tarde o temprano éste artilugio se volverá contra ti. Tengo una propuesta para hacerte, pero antes debes asegurarme que respetarás como siempre el mandato de esta mala máquina.
-Eso no es gran cosa, la máquina me mataría si no lo hiciera.
-Bien, la propuesta es esta: Si me permites hacer una pregunta al Käab me casaré contigo y tu reino estará a salvo. Si no, puedes disponer de mi vida.
-No puedo hacer eso, el Kâab sólo contesta mis preguntas.
-De acuerdo. Yo escribiré mi pregunta y tú la harás por mí.
-Acepto. Escribe mujer.
Nahara garabateó rápidamente la pregunta, el Kâab vibraba y la energía que emanaba teñía la habitación de azul. El papel pasó a manos de Urdo Ungerat, en su mano derecha la canica recorría sus dedos. El Regente leyó con voz firme: -¿Es justo que siga con vida?
La canica tardó en atinar el orificio vibrante, en unos segundos reapareció en su salida izquierda. No. Una risa maléfica brotó desde todos los ángulos de la estancia, recorrió los muros y fue escuchada en cada rincón del reino, hizo llorar a los niños y temblar a los bravos, algunas parturientas apuraron el alumbramiento y otras malparieron con dolor. Urdo Ungerat “El Justo” se dio cuenta que las respuestas eran para quién las preguntara. Lentamente sacó la corta espada de su funda.
-¿Es eso necesario? Preguntó Nahara.
Por toda respuesta el hombre afirmo el metal en su abdomen y empujó hasta que la punta sangrante asomó por la derecha de su columna, giró en agonía y ofreció por última vez su sonrisa triste. Afuera el caos y el miedo dominaban a la plebe. Nassur la arrancó del escenario de sangre, y corrieron hasta el balcón que daba a la plaza. El eunuco, eufórico en su toga dorada con el lazo escarlata de Gran Visir habló a la multitud.
-El Kâab ha reído al llevarse consigo a nuestro sabio Regente, la dama Nahara, su esposa gobernará hasta su vuelta como la profecía dijo. ¡Salve noble Nahara, largo y justo reinado!
El populacho, rescatado de su terror, gritó aliviado sus loas a la nueva Regente, el cadáver de Urdo Ungerat desapareció por obra e impecable ingeniería de Nassur. El eunuco apuró la ceremonia de coronación para el día siguiente y dictó el primer edicto del nuevo gobierno que ordenó la suspensión por seis meses de todos los impuestos, la nueva Regente aceptó éste hecho inconsulto que aseguró su aceptación inmediata por la plebe. La fiesta de asunción duró diez días con sus noches. Se sacrificaron cien borregos del rebaño real y cien mujeres ordeñaron yeguas blancas para elaborar el kumis. En la oscuridad de los calabozos, se confundieron con los festejos los gritos de cien disidentes que fueron pasados a cuchillo por orden, otra vez inconsulta, de Nasur. Nahara gobernó por diez períodos de Resplandor a los dos reinos, su hijo Nassuguarat se casó con la hija del rey de uno de los reinos del Sur y el otro fue anexado en una jugada maestra de política de la Regente. ¿Ya adivinaron quién fue el padre de su hijo?, no menoscabemos su sacrificio de fingir una falsa mutilación por años.
Nahara, y esto me lo juró su hijo, jamás usó el Kâab. El cree que su destino fue un común enterramiento junto a su siervo humano. La Regente murió tranquilamente en su palacio una mañana de la estación de los Lamentos Secundarios, el pueblo la recuerda como Nahara “La Justa”, de su amante, que jamás se convirtió en consorte, ya nadie se acuerda.

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