Los chicos de Internet y ese desapacible viaje a Marte

No sienten frío ni calor y pueden pasarse días enteros sin comer y sin dormir. Ni hablar de bañarse o acomodar la pieza. Sus camas son como nido de comadreja y sus pisos verdaderos chiqueros. No son adictos a la heroína que han olvidado de sus necesidades básicas, como William Burroughs en Tánger escribiendo “El almuerzo desnudo”. Tampoco son pensadores cínicos como Diógenes, para quien la sabiduría radicaba en vivir como los perros. Son “los chicos de internet”. Los “nativos digitales”. Los que arribaron a este planeta en el tiempo que pasaba de la percepción directa de “la realidad” al virtual, por el tamiz cibernético del mundo.

El espejo que se volvió pantalla

Cuando a principios de este siglo las mujeres hablaban con espanto de esos jugadores de póker que no salían en todo el día de una sala, no se imaginaban ni por asomo que pocos años después sus hijos de doce o quince años superarían a los peores ludópatas en el rubro alienación y olvido de sí mismos.
Fue debido al “boom” de la serie “Gran Hermano”, que muchos sociólogos tomaron a George Orwell (1903-1950) como “profeta” de estos tiempos, donde el estar ante el espejo en blanco y negro de la propia conciencia fue reemplazado por la pantalla en colores del afuera: es decir por Internet. Y es que en su obra “1984”, George Orwell imaginaba el futuro como una fabulosa dictadura global donde un emperador (“El Gran Hermano” precisamente) monitoreaba a las personas mediante pantallas colocadas en sus propias viviendas. Personalmente no estoy de acuerdo con esos sociólogos ya que “la realidad” de 2016 es mucho más siniestra que la imaginada por el escritor inglés.
Librepensador a ultranza y enemigo de todo totalitarismo, a Orwell no le hubiera entrado jamás en la cabeza que, setenta años después de su libro, “los chicos de internet” serían “felices” de estar siendo “vigilados y localizables” por una pantalla que ellos mismos encienden, subiendo a cada segundo sus “confesiones” a redes sociales y atentando contra cualquier estado de privacidad necesaria para conocer y conocerse. Orwell, que luchó desde su pluma contra el nazismo y el estalinismo, no hubiera podido entender que los chicos se vigilen solos. Le hubiera sido inconcebible tal refinamiento del mal, tal perversión de la voluntad. Tampoco hubiera podido creer la nula necesidad de los espías en una sociedad donde, pantalla mediante, los hombres se controlan a sí mismos.

El descubrimiento del capitán Black

Creo (y esta es mi humilde opinión) que el escritor que “anticipó” Internet como nadie fue el norteamericano RayBradbury (1920-2012). Y lo hizo un año después que Orwell con sus “Crónicas marcianas”. En efecto, un relato de ese libro aparecido en 1950 se llama “La Tercera Expedición”, y relata un viaje a Marte en el año dos mil (¿casualidad o adivinación febril coincidente con el triunfo implacable de la red?) Se trata de un cohete de 16 astronautas que, dirigidos por el capitán John Black, arriban al planeta rojo. A poco de llegar, notan que lejos de sus predicciones meteorológicas sobre un mundo helado y desapacible, hay una verde pradera que los espera. No sólo eso. También hay “gente” en Marte. Y no cualquier gente sino la más querida por cada uno. El papá y la mamá muertos que vienen a recibirlos; el abuelo, los amigos, el viejo aroma de una torta de la niñez, la música saliendo de viejas radios. Entonces el capitán y sus hombres empiezan a pensar que acaso hayan llegado al cielo, que ese lugar de reencuentro con los seres queridos acaso exista físicamente y lo acaban de descubrir. De ese modo, cada astronauta se separa del pelotón inicial y va a reunirse con sus afectos. Lo mismo pasa con al capitán Black, que llega a su vieja casa de Oak Knoll Avenue y le abren sus padres y su hermano. Todo está igual a cuando él tenía 18 años. El capitán llega con su ayudante y le pregunta “¿Dónde están los otros? ¡Tenían órdenes de no abandonar la nave!” Y el segundo le responde: “No sea duro con ellos, capitán. Se han encontrado con parientes ¿qué hubiera hecho usted?” “Habría cumplido las órdenes”, dice a regañadientes. Sin embargo, la madre pone música en un tocadiscos y baila con él una pieza. Y el capitán se vuelve a olvidar de todo. Pasa el día con sus padres y a pesar de la primavera norteamericana siente frío, la sensación de haber pasado todo un día entero bajo una lluvia helada. “Ve a recostarte, hijo -le dice la madre- Dios es bueno. Seamos felices”. Pero cuando el capitán se acuesta y apaga la luz (ahora el hombre está solo, a oscuras y conectado con él mismo) se le ocurre “la más ridícula de las teorías… Supongamos que esta casa no sea real sino un invento de mi imaginación materializada por los poderes telepáticos e hipnóticos de los marcianos ¿Qué mejor modo de engañar a un hombre que usar lo que él más quiere como cebo? Un hombre no hace muchas preguntas cuando su madre vuelve a la vida. ¿Y no sería terrible descubrir que todo es un plan inteligente de los marcianos para dividirnos, vencernos y matarnos? En algún momento quizás, mi hermano se vuelva una cosa terrible y cuando yo duerma me asesine…”
El cuento termina con un cohete oxidado en medio del pueblo y 16 funerales que pasan en sus ataúdes por la calle principal con la banda tocando una marcha fúnebre.
Y me he dicho que, de todos los relatos de anticipación que he leído en mi vida, este es el que con más precisión describe los efectos de Internet en los nacidos en este siglo; esos chicos que ya no sienten hambre ni frío, enfrascados como están en esa cápsula hipnótica mientras se congelan bajo la atmósfera de un desapacible planeta rojo.
Hace poco, un amigo le preguntó a mi novia por su hijo de 16 años y la relación que tenía con nosotros. “¿En qué momento se sienta a cenar, a charlar con ustedes?” Y ella le respondió: “cuando se corta la luz o se le cae el servidor de Internet”.

Por Iván Wielikosielek

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