Madrid, noviembre de 1903
Querido maestro:
gracias por su carta; en esta ciudad grande y fría, donde apenas tengo un cariño, las cartas que usted me escribe son para mí como una brisa llena de frases amigas, como un envío de otros jardines y de otros campos más íntimos. Y no sabe cuánto me alegra que mis pobres cartas le lleven consuelo; por lo demás, ya sabe usted que yo les pongo en la tinta mucho amor. Haré el artículo que le dije -sobre La caravana pasa-, para “La Lectura”. Y le enviaré un ejemplar del número en que se publique. Martínez Sierra hace lo suyo en este número de Helios, según me dice. Y me agradece y me devuelve los recuerdos que usted le manda.
Con verdadera pena le digo que no podré ir a Granada. ¡Y sería tan bello charlar con las fuentes de la Alhambra! Yo no estoy fuerte, y vivo con el doctor Simarro; mi obsesión de una muerte repentina no me abandona. Y no puedo alejarme tanto. Crea usted, mi querido poeta, que yo no estoy bien ni mucho menos, y, lo que es peor, que nunca estaré bien; he jugado mucho con las sombras de la muerte, y con las apariciones. ¿Cuándo me enviará usted su nuevo libro? Escríbame desde Málaga, y no olvide que sus cartas son visitas espirituales para mí -poeta aislado de la vida, por horror o por miedo-. No deje de escribirme.
Y crea que le abrazo con todo mi cariño.
Juan R. Jiménez