Luis Matías González, periodista y escritor realiquense entrega su último trabajo narrativo, El aljibe de la escuela, relato cargado de nostalgia, esa extraña sustancia que nos exalta y nos atraviesa y nunca sabemos exactamente qué es.
EL ALJIBE DE LA ESCUELA
Sonaba con un envolvente eco que provenía desde bien profundo.
García… Rodríguez…
Mientras tanto el bullicio general tapaba ese sonido solo audible para quienes pasaban cerca.
Aunque no solo la cercanía era necesaria para poder sentir aquella voz.
A eso lo comprendería más tarde.
Biolatto… Pereyra… Pérez…
Y los gritos de la mancha, o el estruendo de la pelota contra la pared pateada con salvajismo por los más corpulentos de séptimo grado, hacían que nuevamente desapareciera aquel listado.
El sonido provenía desde bien abajo del aljibe que se encontraba en el centro del patio de quinto, sexto y séptimo grado, en el sector que daba hacia los bicicleteros que lucían atestados.
Irusta… Griotti… Herrero…
En ese momento, las maestras del turno tarde de la 222 interrumpen con su llamado a todos hacia el aula, luego del sonido de la campana.
Había terminado el recreo.
Intenté quedarme un rato más colgado del aljibe para seguir escuchando, casi hipnotizado.
Pero el grito seco de: «¡Cantelmi, adentro dije!», rompió mis intenciones.
Caminé despacio hasta llegar al patio cubierto. Desde allí hacia el aula de quinto.
El griterío de mis compañeros, entre avioncitos de papel que chocaban cerca mío y las risas por algún dibujo raro e inocentemente obsceno en el pizarrón, no borraban ninguno de los apellidos que parecía haberme dictado la voz misteriosa del aljibe con algún propósito especial.
Los llevaba guardados en la mente.
Por eso y antes que el olvido los hiciese desaparecer, en la última hoja de mi cuaderno Rivadavia, los anoté uno por uno.
Los repasé de nuevo con lectura despaciosa y en voz baja, casi como en un susurro.
Hasta que el grito de la maestra que había ingresado en un aula con el desorden feliz de la infancia, le puso claridad a la historia.
«¡García, Rodríguez, Biolatto, Pereyra!». Y prosiguió casi de manera mágica su grito llamando al orden: «¡Pérez, Irusta, Griotti, Herrero!. Ese grupo del fondo, los de siempre… ¡Basta por favor!».
Pero hubo una última frase que resultó contundente: «¿Y a vos Cantelmi, qué te pasa que te noto tan raro? En el recreo te vi pensativo en el aljibe. Y ahora no estás en el fondo con tu grupo de siempre, haciendo lío. Bueno, saquen la carpeta de manualidades», finalizó y mis ojos se abrieron con la felicidad de quien encuentra lo que buscó siempre.
¡El listado!
Era perfectamente el que enumeraba uno a uno a la barra más cercana al corazón.
Aquellos con los que uno se conectaba simplemente con mirarse. Con los que no necesitaba palabras para saber del entrañable afecto. Los que tenían mil historias a mi lado, de las buenas para contar juntos e incluso sobredimensinarlas y de aquellas en las que salíamos humillados, que escondíamos para que nadie supiese o que desmentíamos con cara imperturbable.
Pero lo más emotivo fue que la voz del aljibe había nombrado a Biolatto, con quien hacía dos días que no me hablaba por una pavada que nos había llevado incluso a algunos empujones. Fue por un partido de fútbol. Desde ese momento no nos hablamos.
A mí me dolía mucho, porque se trataba de uno de mis amigos más cercanos y a él me parece que también, aunque siempre fue más duro que yo.
¡Y Biolatto estaba entre los nombrados!
De la alegría, salté de mi silla y lo abracé fuerte, mientras que me salió un rápido: «¡Perdonáme!».
Él sorprendido, no atinó a responder. Solo me miraba, con cara de felicidad por el reencuentro.
De fondo, escuché a la maestra gritar: «¡Vamos Cantelmi, sacá tu carpeta y dejá de hacer pavadas!. ¡Ya me parecía que estabas demasiado tranquilo!».
Yo solo sonreía. Sacaba mi carpeta y sonreía.
*(Los apellidos son solo representativos de una gran cantidad de queridos amigas y amigos que guardo en mi corazón, quienes saben que están dentro de ese listado de la voz del aljibe y no aparecen nombrados. También de las queridas maestras de la 222. Ah y como sabrán, yo no soy Cantelmi).