Publicada en Estados Unidos en 1851 y casi contemporánea a nuestra Constitución, “Moby Dick” es, a su manera, un acta de fundación de la novela de aventuras con elementos religiosos. De hecho, tras el cachalote albino que azota a los balleneros del Pacífico se esconde, según el capitán Ahab, un heraldo del mal; acaso el mismo Leviatán de las Escrituras.
¿Cuál es el color del mal y de la muerte? ¿El ancestral negro de la tradición occidental o el amarillo del cuarto jinete del apocalipsis? ¿Es el rojo de la “Máscara de la muerte roja” de Poe o el azul de del asesino “Barbazul”? Acaso el mal y la muerte podrían disputarse estos matices del espectro cromático pero nunca, jamás, apropiarse del blanco; sinónimo de pureza y de inocencia. Sin embargo, hubo un día en que el blanco dejó de ser el color de la nieve para volverse señal de lo ominoso. El copyright de esta maravillosa invención le pertenece al norteamericano Herman Melville (1819-1891); o al menos eso es lo que dice “la historia oficial”; porque de Melville hubo dos autores fundamentales para que “lo blanco” se volviera sinónimo de asesinato y extrañeza.
Antártida; el continente que enloquece
Obsesionado con el impacto espiritual de los colores, Edgar Allan Poe había desarrollado un maravilloso tratado (y una mejor alegoría) en su cuento “La máscara de la Muerte Roja”, de 1842. Allí, en un sitio impreciso de la Edad Media, el rey Próspero había pintado siete habitaciones de su palacio de diferentes colores para producir un maravilloso efecto estético en la sensibilidad. Las estancias eran azul, verde, púrpura, naranja, blanca, violeta y, por último, la habitación negra. Todas tenían el mobiliario y las ventanas del mismo color excepto la última, cuyos ventanales estaban pintados de un inquietante color rojo sangre. Mientras afuera del castillo los pobres morían como moscas a causa de la Peste Roja, el rey cerró el castillo y decidió dar un baile de disfraces con los ricos nobles de la comarca. No sólo era una burla a los pobres sino una declaración de soberbia, el castigo divino jamás llegaría a “los elegidos de Dios”. Así, y orgulloso de la nutrida concurrencia, mostraba las habitaciones a sus invitados. Cuando en la última habitación apareció un huésped inesperado y completamente vestido de escarlata. Todos sintieron curiosidad por el extraño invitado pero luego el sentimiento fue terror: comprobaron que no había ninguna forma palpable ni humana bajo aquel vestido y aquella máscara. Comprendieron que era La Peste Roja que se había presentado al baile, disfrazada también, filtrándose en los dominios del rey Próspero. Entonces todos empezaron a caer muertos como moscas también, a los pies de este invitado implacable.
Sin embargo, cuatro años antes de este cuento, Poe había publicado una novela acaso mucho más inquietante en lo que a colores se refiere: “Las aventuras de Arthur Gordon Pym”, uno de los antecedentes directos de “Moby Dick”. Allí, el héroe homónimo de la novela junto a su amigo Peters, se hacen a la mar en una precaria embarcación. Y luego de varios meses de navegación llegan, intempestivamente, a las puertas de la Antártida, un continente apenas explorado en esos tiempos. “Nos encontrábamos en una tierra que difería de todas las visitadas hasta entonces por los hombres civilizados. Nada de lo que veíamos nos era familiar” dirá el narrador. Y luego: “…entonces se abrió un abismo para recibirnos. Pero he aquí que surgió una figura humana amortajada, de proporciones mucho más grandes que las de ningún habitante de la tierra. Y el tinte de la piel de la figura tenía la perfecta blancura de la nieve”.
Hete aquí una de las primeras menciones al blanco, a ese color que también puede ser malsano hasta el punto de aterrorizar. Ante esta lectura, el joven Melville debe haber sentido que su futura novela ya empezaba a escribirse. Pero la novela de Poe no sólo inspiraría a Melville sino a Julio Verne en “La esfinge de los hielos”, y sobre todo a H.P. Lovecraft a la hora de escribir “En las montañas de la locura”, una de las ficciones más inquietantes ambientadas en la Antártida, y madre de la película “La cosa”, de John Carpenter.
Llamadme Reynolds
Una vez más, todas las huellas de la modernidad conducen (y terminan) en Edgar Allan Poe. Pero esta vez hay más pisadas tras el autor de “Ligeia”. Son las de un hombre de mar y explorador devenido en escritor y editor: Jeremiah Reynolds.
Obsesionado con el Polo Sur y tras haber presentado un proyecto que le fuera denegado por el presidente Jackson, Reynolds consiguió un subsidio privado y se embarcó en 1829 hasta el fin del mundo. La expedición, más que científica, perseguía un objetivo eminentemente comercial: el de encontrar colonias de lobos marinos para su explotación. Pero una vez en las puertas de la Antártida y al comprobar que no se podía navegar en mares bloqueados de hielo, la expedición se amotinó cerca de la costa chilena y volvió a los Estados Unidos. Reynolds se quedó unos meses varado en Chile, y esa estancia sería muy fructífera para su imaginación. Porque allí, Reynolds escuchará la fascinante aventura de un cachalote albino que había hundido el “Essex” en 1820; produciendo estragos,, además, en otros barcos balleneros. Los marinos ingleses y norteamericanos habían bautizado al cachalote “Mocha Dick”, ya que siempre reaparecía en las cercanías de la Isla Mocha. Paradójicamente, esa isla a 34 kilómetros de la costa de Temuco, era un lugar sagrado para los mapuches. Y según su cosmovisión, cuando alguien moría en el continente lo venían a buscar cuatro ballenas (que no eran otra cosa que cuatro chamanas metamorfoseadas) para transportarlo hacia la isla, desde donde esas almas partían al otro mundo.
Reynolds, que en un texto sobre la expedición al Polo Sur había provisto a Poe de preciosos detalles para su Gordon Pyn (ver el capítulo XVI) volcará la misteriosa historia escuchada en Chile en un relato de 1839: “Mocha Dick, la ballena blanca del Pacífico”. Por segunda vez, Melville entendió que su novela se estaba escribiendo, que la ballena ya había saltado de los mares a las páginas, que sólo faltaba él.
La invención del capitán Ahab
Si en esos tiempos hubiese existido el “derecho de autor”, Reynolds podría haber denunciado a Melville. De hecho, la simple constatación del título habría condenado de plagio al autor de “Moby Dick, la ballena blanca”, debiendo pagar una multa a Reynolds y retractarse. Pero el “copyrighth” todavía no era ley en los Estados Unidos e incluso, las propias aventuras de Arthur Gordon Pyn, el libro más vendido de Poe, nunca le reportó un solo centavo a su autor, sólo grandes ganancias a sus editores.
Sin embargo, sería injusto acusar a Melville “de plagio” por el título del libro o el argumento central de una historia que, en sus manos, no sólo se convirtió en clásico universal sino en la novela y el tratado más completo sobre ballenas que existiera hasta entonces.
En cuanto a la originalidad literaria de Melville, la sola invención del capitán Ahab no sólo lo absuelve sino que lo recompensa de todo préstamo de ideas. Y es que, con el personaje de Ahab, Melville no sólo creó al capitán de un barco ballenero (el “Pequod”) obsesionado con el monstruo que le comió una pierna; sino que inventó un arquetipo: el de la obsesión malsana por la venganza, la fascinación que sólo se satisface matando a la fuente misma de ese sentimiento. Algo parecido a lo que sucede con los españoles, fascinados con los toros hasta la carnicería de las corridas, o a lo que pasa con los hombres que asesinan a las mujeres cuyo encanto no pueden tolerar, como el fulgor del sol; y, mucho menos, transmutar en amor. Así, lo que en Reynolds era un relato de unas pocas páginas, en Melville deviene una obra monumental de 500 páginas, una progresión dramática única y una maravillosa alegoría sobre el bien y el mal o, mejor aún, sobre los “dos males” que habitan la tierra: esos que dicen que el demonio es “el otro” (la política argentina está mordida por ese mismo demonio) y que, por lo tanto, se tiene no sólo el permiso sino la obligación de exterminarlo.
Para el capitán Ahab, ¿qué es Moby Dick sino el Leviatán de las Escrituras? “De sus narices sale humo, como de una olla o caldero que hierve. Su aliento enciende los carbones, y de su boca sale llama”, dice el libro de Job, en lo que se parece a una descripción de una ballena más que a ninguna otra bestia. Y Ahab se toma la búsqueda de esa ballena como una cruzada personal por encima de todo interés comercial y humano del Pequod. Para él es más importante “matar a Moby Dick” que llenar barriles de aceite o mantener a salvo a su tripulación. Pero el libro de Job dice también: “Maldigan a los que maldicen el día, los que se aprestan para despertar a Leviatán”. Y eso quisieran hacer los marineros con el capitán que enloqueció de ira, que se ahogó en sed de sangre, que no supo clamar al cielo otra cosa que la venganza. Pero la tripulación no se revela por temor, el mismo temor que le tienen a Dios. “Recuerden que así como en el cielo hay un solo Dios, aquí en el barco hay un solo capitán”, les dice Ahab. Y más que una amenaza es un subrayado de las jerarquías divinas.
Al final de la novela “Moby Dick” todos lo conocen: el “Pequod” encuentra finalmente a la ballena en el desolado Océano Pacífico y Ahab se embarca en un bote para matarla de mano propia. Entonces ve surgir, como una aparición bíblica, a “la inmensa montaña de nieve” desde el fondo del mar, ve los viejos arpones que él mismo le clavara en el pasado como agujas e intenta matarla por segunda vez. Pero en una guerra cuerpo a cuerpo, muere enredado en sus propias sogas (y esta, quizás, sea la mejor alegoría) hasta sumergirse para siempre en las mismas profundidades que el monstruo; acaso para mostrar que sus naturalezas no distan mucho. Junto a ellos se hunde toda la tripulación del “Pequod” excepto Ismael, el narrador de la novela, el único que sobrevivió para contarnos “Moby Dick”.
Esa blanca obsesión
Sin embargo, el capitán Ahab no fue el único ser humano que murió obsesionado con el color blanco. Dos años antes de la publicación de “Moby Dick”, un mendigo era recogido semimuerto y borracho en un muelle de Baltimore. Esperaba un barco que nunca llegó a tomar, y fue conducido de urgencia al hospital. Nadie supo al principio que se trataba de Edgar Allan Poe, uno de los mayores escritores de aquel país y de todos los países. Pero apenas despertó, y aún en estado de delirio, Poe empezó a llamar a Reynolds; acaso porque su alma se estaba acercando, también, a un continente desconocido. Y necesitaba la guía de un experto en esos mares intempestivos; los mismos en donde cuatro chamanas metamorfoseadas en cachalotes llevan las almas a la Isla Mocha, aún circunnavegada por los descendientes de Moby Dick. Edgar Allan Poe diría, pocas horas antes de embarcarse a su destino final: “Dios se apiade de mi pobre alma”. Y se entregó al último de sus viajes.
Jeremiah Reynolds, por su parte, falleció intempestivamente también, una década después de Poe. Tenía 59 años y estaba en otra de sus exploraciones visitando los lagos del Canadá, muy cerca del color blanco al que le había consagrado todas las fuerzas de su vida.
Iván Wielikosielek