Tras el Nobel al cantautor Bob Dylan, se reaviva la polémica: ¿Cuál es la “seriedad” de la Academia Sueca en el rubro “Literatura”? El año pasado, el premio había recaído en una periodista. Pareciera que el máximo organismo legitimador de escritores todavía se burlase del autor de “El Aleph”.
Todo el mundo estaba contento. Los rockeros, los beatniks, los hipsters, los “revolucionarios antisistema” y (sobre todo) los norteamericanos. Pero hasta nuestros “chicos stones” lo estaban. Porque el Nobel de Literatura para Bob Dylan de alguna manera los reconocía a todos. A todos menos a los argentinos. Y este periodista debe aclarar que, lejos de todo “chauvinismo” y de la admiración desmedida (casi devota) que profesa por el músico nacido en Minnesota, no puede entender esta “alegría nacional”. Ni siquiera viniendo del “palo del rock” (al cual, en cierto modo, podría decir que pertenezco). Incluso le cuesta entender que un comunicador del prestigio de Bebe Contepomi diga que “Bob Dylan sigue representando la contracultura” ¿Cómo puede ser, me pregunto, que un músico multimillonario que cuenta con el reconocimiento de todo el planeta sea “contracultural”, por más que sus inicios lo hayan sido? Llegado a este punto, no queda más que citar al filósofo italiano Antonio Gramsci, cuando afirmaba que “la revolución se suicida cuando se vuelve poder”. Sin embargo y más allá del rótulo “contracultural” de un músico que ya es “franquicia” como el Mc Donalds, lo que no puedo entender en tanto argentino, es que desde aquí se “aplauda” un premio que, una vez más, pareciera sacarle la lengua a Jorge Luis Borges. Y es que, medio siglo después de haber despreciado al autor de “Ficciones” de manera explícita y sistemática; hoy premian a un “cantautor” ¿La razón del premio?: “haber creado una expresión poética dentro de la gran tradición de la canción estadounidense” (sic). Si a partir de ahora “la canción” es parte de la literatura y la “gran tradición de un país” justifica un reconocimiento global, con todo derecho la pueden reclamar letristas como Leonard Cohen (Canadá); Joan Mahuel Serrat (España); George Brassans, Jacques Brel y Serge Gainsburg (Francia); Chico Buarque, Vinicius de Moraes y Caetano Veloso (Brasil); John Lennon, Paul Mc Cartney, George Harrison, David Bowie y Roger Waters (Inglaterra) y un buen número de etcéteras. Y la “argentinidad” se vería perjudicada una vez más porque ¿no habrían merecido idéntico premio Enrique Santos Discépolo, Homero Manzi, Homero Expósito, Cátulo Castillo y Alfredo Le Pera, para hablar sólo del tango?
Borges “after Falklands”
Al pensar en estos festejos “made in Argentina”, no puedo olvidarme de la vez que Luis Miguel grabó “El día que me quieras”, de Gardel y Le Pera. Una radio cordobesa había hecho un concurso para elegir la mejor “versión”. El mejicano la había ganado 254 a 12.
Pienso que hoy, con la payasada que significa el Nobel de Literatura entregado a “músicos” y “periodistas”, o el cinismo del Nobel de la Paz entregado a “presidentes” como Obama que ordenan bombardear Irak o como Santos con su pantomima con las FARC, Borges podría haberse alzado con las dos estatuillas juntas.
La razón que esgrimía la Academia Sueca para negarle la distinción al cuentista y poeta argentino era “su falta de compromiso político”. Pero en 1982 y apenas terminada la contienda de Malvinas, Borges escribió un pequeño texto. Que sirva para poner fin a esta nota y, sobre todo, para poner en evidencia a un organismo que permanentemente pacta con el poder de establecido. Hete aquí “Juan López y John Ward”. Y que marchen dos estatuillas (literatura y paz) para el escritor más grande de América Latina.
“Les tocó en suerte una época extraña. El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras. López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward en la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer El Quijote. El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en un aula de la calle Viamonte. Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel. Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen. El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender”.
Por Iván Wielikosielek
