Alucinado y roto, un hombre se sienta a escribir una epístola a una fría, distante y cercana dama. Relato de Juan Rizzi, otra producción del Taller de literatura de la Biblioteca «Estrada» de General Pico.
Un día más
¡Hola! ¿Cómo estás, escuálida y fantasmal amiga? Esperándome… ¿verdad? Pero sabes, te birlé otro día más y van…
A pesar de ello, hoy te escribo con mano temblorosa y rasgo firme para contarte que ella, la niña, mi niña, nuevamente me llamó y a pesar de ser sábado, como siempre, como nunca, fui a su encuentro.
Sabes bien que el sábado es el peor día de la semana para mí, es cuando de noche aparecen los fantasmas, una ronda infantil de tres personas, donde los más pequeños tienen sus manos extendidas como si faltara alguien para cerrar la ronda: falto yo, y mi alma se niega a desprenderse de mi cuerpo.
Fue un accidente, la fatalidad, el destino, me dicen mis más allegados. ¡No!, respondo rotundamente, fue un maldito borracho que, manejando un camión de más de 60 toneladas a 110 kilómetros la hora, los llevó por delante, matándome junto con ellos, sólo que tengo apariencia de vivo, pero sin corazón ni alma.
Los sábados nadie viene, ni me llaman; saben que no atenderé, que es el día dedicado a sobrellevar esa pesada carga.
Ya son las 20 horas, me acerco, como todos los sábados, al gran mural que está frente a la cama y que sólo veo estos días. Corro el telón negro que lo tapa y aparecen sus rostros y sus cuerpos como si nunca se hubieran ido, coloco en el florerito dos pimpollos de rosa, uno rojo, el otro blanco: el primero, simboliza el amor y la pasión que me unió a esa niña maravillosa, que luce en el dorso de su mano derecha tatuado un diamante azul; el otro, la pureza de esas almas inocentes que me esperan en su ronda.
Me acerco a la cama y me siento, alargo la mano y tomo con ansiedad la botella de ginebra, bebo un trago profundo y largo, quema desde la boca hasta el estómago, un fuego intenso y un fuerte ardor incendian mis entrañas, es la úlcera que no se decide a terminar con mi vida. De pronto cuento: uno, dos, tres, cuatro, cinco y golpeo fuertemente mi pecho, pero el corazón no se para, sigue lentamente hasta recuperar su ritmo. El cardiólogo dijo que si cuento hasta diez, moriré, espero llegar pronto.
Cierro los ojos y me acuesto. Todo comienza a girar alrededor de mi cabeza, los objetos son difusos ante mis afiebrados ojos. Siento tu presencia, lejos de asustarme me estimula. Te sigo contando:
Sonó el teléfono e inconscientemente tomé el tubo para responder.
– Hola, ¿Sos vos, princesa? -pregunto asombrado.
– Son las 2 de la madrugada, ¿te pasa algo, pequeña?
– ¿Por qué llamas si no te pasa nada?
– ¿A caminar por el Camino Real?
– De acuerdo pimpollo, ¿Dónde estás?
– ¿En el boliche bailable? ¿Y aburrida?
– Ahora sí que no entiendo nada.
– Está bien, aguárdame 10 minutos y paso a buscarte.
El Camino Real se llama así porque antiguamente pasaban los coches de lujo, tirados por caballos, de los estancieros de la zona, ahora divide la ciudad en dos, es la peatonal y en ella está todo el centro comercial y bancario.
Es precioso como está, y tiene algunas particularidades que lo hacen muy atractivo para las parejas. La última calle que termina en la ruta no tiene asfalto, sino un césped bien cuidado; a sus costados no hay construcciones, sólo canchas de deportes, y una arboleda de varias especies que en esta época están totalmente florecidas. Al centro tiene un bulevar cubierto de flores exóticas, el conjunto le da a esa cuadra del paseo un aroma especial.
En un extremo se yergue un cilindro que era el antiguo refugio del vigía, es de material, de dos pisos, en la planta baja se encuentra la sala de bombas y arriba un mirador, con un sillón tapizado a su alrededor y dos grandes aberturas a modo de ventanas: una permite ver la mejor salida del sol que uno pueda imaginar, la otra su puesta, pero no la mejor, ya que se interpone la gigantesca antena parabólica de comunicación satelital que, con los reflejos de la luz, parece una luna estacionada en el fin del Camino Real.
Llegué al boliche y ella estaba sola en la vereda, no me fijé cómo vestía, sólo bajé el vidrio y la invité a subir.
– Sube pequeña. Me preocupas: ¿De veras estás bien?
No acostumbramos a besarnos, por si eso implicara algo más en nuestra relación, puramente sexual.
Llegamos al estacionamiento del paseo y descendemos, se bajó rápido y salió adelante, sacándome como cinco metros de ventaja, no entendía qué le pasaba. Ya me enteraría.
Empezó a caminar por la vereda de una forma espectacular, era erotismo puro, era sensual, movía su cola como en círculos, y la levantaba con movimientos rápidos; veía cómo su corta falda blanca se elevaba, dejando ver toda su nalga, eso me enloquece, y mucho más si como ahora, no tenía puesta su diminuta tanga. ¿Qué habría hecho, se la habría sacado o andaba así?
Se dio vuelta de pronto y empezó a mover sus tetas, tan bien como sus glúteos; su blusa roja atada con un nudo a la cintura permitía ver sus pequeños pechos bailar dentro de ella. Volvió a girar y a caminar bailando.
De pronto sonrió, recuerdo un programa de televisión, donde pasaban como diversas aves buscaban con sus mejores danzas y plumajes llamar la atención de quien deseaban fuera su compañía para toda la vida, moví la cabeza y froté mis sienes, eso era algo imposible entre los dos.
Llegamos al cilindro y empezó rápido a subir la escalera.
Una vez en el cuarto comenzamos con el ritual de desvestirnos, la abracé y la besé desesperadamente, no dejaba lugar sin dejar mi ósculo, impulsado vaya a saber por qué designio.
No hablamos. Los dos sabíamos para qué estábamos esa noche ahí. Su grito se unió al mío rompiendo el silencio de la noche. Empecé a levantar su cuerpo hasta sentirla pegada a mi torso. Sus brazos rodearon mi cuello y nuestras bocas se unieron; mordió mis labios, yo, después besé sus lágrimas con gusto a sal de mar y frescura de orquídeas nuevas. La acaricié con ternura, eso me extrañó, devolviendo sus besos y bebiendo las gotas brillantes que rodaban por sus mejillas.
– ¿Tenés frío?
Alcancé como pude mi camisa y la tapé, frotando su cuerpo con mis manos. Lentamente dejó de temblar, cerró sus ojos y se quedó dormida en mis brazos.
Me puse a contemplarla… era realmente bonita, con su cara de ángel y su perfume a hierba fresca; sus labios estaban enrojecidos de tantos besos apretados. Lentamente el sueño se apoderó también de mí, no hubo fantasmas esa noche.
El canto tempranero de los habitantes de la arboleda nos despertó y pudimos contemplar una hermosa salida de sol, por primera vez juntos, y abrazados.
– Bueno, vamos… ¿A dónde te llevo?
– ¿A mi casa?
El asombro se apoderó de mí. La ayudé a vestirse y ella me ayudó a mí, reía cuando lo hacía. Me encanta su risa suave, es un agradable sonido.
Subimos al coche y partimos.
– Si querés, podés darte una ducha, en el placard de la pieza encontrarás que ponerte.
– Sí, eso te queda perfecto.
Se había puesto una de mis chombas, le quedaban como vestido corto a medio muslo, lucía muy linda.
– ¿Querés tomar mate o café con tostadas?
– Mientras se calienta el agua voy a ducharme y me cambio. Podés conocer la casa si te interesa.
El frio de la lluvia despejó apenas mi mente insomne, y las imágenes y los hechos igualmente se trastocan.
– ¿Quiénes son los del cuadro?
– Mi esposa y los niños.
– Claro que una vez estuve casado, no siempre fui así; bueno, así como soy ahora, incapaz de amar o de despertar un sentimiento en alguien.
Era media mañana, cuando ella dijo que se iba a su casa.
– Espero tu llamada.
No hubo beso de despedida. La luz del diamante azul que mi niña luce en el dorso de su manos derecha cegó momentáneamente mis vidriados ojos, mientras su silueta se fue diluyendo lentamente con la claridad de un día muy distinto al resto.
Muevo la cabeza de un lado al otro en un vano intento de recomponer un poco mi perdida cordura, las palabras salen suaves de mis dedos, que van calmándose poco a poco.
Ahora comprenderás amiga mía, lo que traté de explicarte tantas veces, pero hiciste oídos sordos y tuve que escribirte para que me entiendas.
Tomo el porrón por enésima vez, el beso es largo, profundo, como creo deben ser tus besos. Besos que deseo y no me atrevo a ir en su búsqueda.
Siento que un río de lava recorre mis entrañas, ¿para qué gemir, o gritar? Mi estómago se contrae y la vista se aclara: ¡El cielo está despejado y el sol brilla!, es un día diáfano, la pradera se ve muy verde y nosotros cantamos nuestra canción infantil; saltamos y bailamos en la ronda, tomados de las manos, reímos, estamos unidos y felices. Mi mano aprieta aquella que luce un diamante azul en su dorso.
Mira amiga, ahora recuerdo cuando te dije:
“No se puede amar a dos, porque siempre una se sentirá traicionada”.
Al final, ¡tenía razón!
Mientras una tibia lágrima de sangre sale de la comisura de mi boca y se escurre por la faz blanca y fría de mi rostro.