El maestro de música

Todos en General Pico y nos atrevemos a decir que en la provincia conocen a Raúl Genovesio como fotógrafo a raíz de su prolongada trayectoria y pasión. Pocos lo deben conocer como cuentista, y «El maestro de música» es una excelente oportunidad para ello.

Raúl Genovesio
El maestro de música

Durante dos años estudié música con Edilberto Castilla, un sastre que se presentó una noche en el pueblo, a la hora en que las familias cenan junto a sus perros y ya no desean ver a nadie, menos a extraños.
Sin embargo , mi maestro no fue ni bien ni mal recibido: la indiferencia y el desprecio vinieron después, cuando se enteraron que era un artista.
La tarde misma en que se instaló con su esposa en una casa junto al Correo, clavó en la pared del frente un cartel que había confeccionado con severas letras negras: “EDILBERTO CASTILLA, SASTRE” y abajo, con letras más pequeñas pero no tan firmes: “Enseñanza de guitarra”.
Hasta las seis de la tarde cortaba y cosía en silencio trajes oscuros, sobrios, que serían usados sólo en ocasiones extremas como casamientos y velorios.
Cuando el sol intentaba guardar su luz, cerraba con suavidad los postigos de la única ventana de la sastrería y comenzaba sus clases de guitarra sin controlar su duración, por lo que algunas se prolongaban hasta altas horas de la noche.
– Yo fui guitarrista de Magaldi – me confesó una tarde que nos hallábamos solos – pero no tengo cómo probarlo –
Me enseñaba música sobre la misma mesa en que cortaba las luctuosas telas, y apoyaba las partituras sobre una de las máquinas de coser.
Como digo, por dos años lo tuve como maestro. Una tarde, mientras enfrentábamos a Paganini y su música más cerca del Infierno que del Cielo, su mujer, sin interrumpirlo, huyó con un viejo perfumado que había frecuentado la casa más de lo aconsejable. Se había introducido en el hogar con el pretexto de ser admirador de Tárrega, conociendo la debilidad de mi maestro por los virtuosos españoles. Es sabido que algunos ancianos insatisfechos, alentados por ambientes permisivos como es el de las artes, rejuvenecen y atacan.
La mañana siguiente del hecho y antes que los vecinos se percataran de lo sucedido, mi maestro, sin desayunar su acostumbrado café negro, a golpes de martillo desencajó el cartel que anunciaba su oficio y cerró con decisión y para siempre los postigos de la sastrería. De una patada lo colocó en medio de la calle.
También consideró clausuradas las clases de música que, a su entender, le habían hecho perder el control que todo hombre debe ejercer sobre su esposa.
Aunque debió hacer esfuerzos para encontrar compradores y bajar precios, logró vender casi todo lo que poseía algún valor, entre ellos la guitarra, de la que poseía una sola. Ejecutó con gracias el vals “Desde el alma” y la entregó a su nuevo dueño , un peón de campo que posteriormente fracasó en sus intentos de dominar el instrumento al no poder armonizar la delicadeza y fragilidad del encordado con sus indisciplinados y erráticos dedos rurales.
“Me retiraré de este mundo ahora. Espero que después de tu primer desengaño, que tarde o temprano llegará, hagas lo mismo”, me dijo. Luego tomó por un camino de tierra donde creyó ver en el horizonte un tenue resplandor hacia el cual dirigir sus pasos.
Con una sola valija y una muda de ropa no del todo limpia, se instaló en un boliche a las afueras del pueblo, casi demolido por el tiempo y la mala fama, que daba pensión a hombres solos y le alquilaron la única pieza que conservaba firme la puerta.
Los pocos que lo volvieron a ver, divulgaron que sus horas transcurrian plácidas, aunque hablaba solo, a veces con la frente apoyada sobre las manos o simplemente dormía bajo la oxidada galería de chapa. En ocasiones caminaba masticando con decisión hojas arrancadas al limonero del patio, confiando en su cítrica savia purgara los recuerdos de aquel día intolerable.
No supe más de él. Ni tampoco intenté visitarlo. Me hubiera dado mucha pena verlo en ese estado, más habiendo sido guitarrista de Magaldi.
Un mes después de instalarse Edilberto Castilla murió. Al otro día el bolichero y su mujer trasladaron con una horquilla la poca ropa que mi maestro había dejado y en medio del gallinero la quemaron junto con las ramas de la poda y otras basuras de la casa.
Yo, ahora que conozco, no sin dolor por cierto, las mudanzas del alma y los espejismos del amor, alquilé el mismo cuarto que ocupó mi maestro después de haber vendido todas mis cosas, que no eran muchas ni tan necesarias como creía.

(Mención concurso “Cuento breve, letras vivas. Asociación Amigos de la Biblioteca, Rivadavia, Pcia de Buenos Aires).

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