El vencedor de muertes

Un nuevo texto del piquense Héctor Massara entregamos a continuación, también producto del Taller de Literatura dictado el año anterior en la Biblioteca Estrada de nuestra ciudad. El vencedor de muertes es un relato que rememora en cierto modo viejas historias campestres que se combinan con una lograda ambientación costumbrista.

En la cueva de la cañada vive el viejo Severo Burgos. El lugar es una oquedad que el río horadó hace millones de años hasta detenerse en una pared de roca. Los rasguños que hay en ella parecen ser los infructuosos intentos de agrandar el espacio hechos por sus antiguos ocupantes, son líneas agrupadas de a cinco que parecen haber sido hechas por garras y cruzan o son cruzadas por otros dibujos. Hay una especie de garrote, que podría ser un falo, apuntando a una mujer agachada de cuello largo, aunque el viejo dice que es un ave corredora. Cerca del techo, una serie de puntos dispersos podrían ser constelaciones si a un astrónomo se le ocurre fantasear con ellos y en cada espacio libre se repite la silueta de un hombre algo encorvado entrando a la cueva, a sus pies, figuras de hombres y animales en posturas extrañas y dislocadas le dan un aspecto siniestro al conjunto.
Todo en el lugar es viejo, y también el hombre. Tan viejo que algunos dicen que venció a la muerte, en sus arrugas uno podría adivinar su edad si las contara, como se hace con los anillos del tronco de un árbol. Es un tipo hosco, sin mujer, que sobrevivió a la guerra civil abriéndose paso a bayoneta entre las falanges franquistas. Usa un capote de aquella época, invierno y verano, lo que sumado a la falta de agua contribuye a la pestilencia del lugar.
Hoy es viernes, día de trueque, en el que vengo a retirar las dos o tres pieles que las trampas zorreras le regalan. Le reconozco dos veces su valor, y a veces más, sólo por el placer de verlo sobrevivir y convertirse en leyenda. Los terrier picheros me salen al encuentro haciendo gran barullo. Me bajo del zaino mirando con desconfianza, el perro leonero es mala entraña, pero no está, y tampoco el chulo flaco.
Entro arrugando la nariz ante el olor a suciedad, perro, huesos amarillentos, lonjas de cuero masticado, orines… sólo un loco tomaría mate en este lugar.
La bebida es caliente y fuerte, cebada en una calabaza forrada en vejiga, tan ennegrecida que se confunde con la mano mugrienta que la ofrece. El pacto no escrito de hablar lo justo y necesario se cumple a rajatabla.
-¿Harina?- pregunta.
-Cuatro kilos- informo.
-¿Yerba y azúcar?
-Dos y dos, y una bombilla nueva.
-No me hace falta- Sé que se refiere a la bombilla.
Pasan cuatro rondas silenciosas de mate.
-El lunes me visitó un paisano-dice.
-¿Del gobierno?
-No.
Mi curiosidad ya estaba picada, me llevó otras cinco rondas averiguar que el tipo había vuelto el martes y que cada día se había llevado un perro grande. Se había limitado a mirar los dibujos del fondo y reír hasta que el viejo le pidió que se fuera. Podría haber abandonado allí mis preguntas si el temblor de su labio inferior no hubiera delatado su miedo.
-¿Cómo es el tipo?
-Alto y seco, tiene un sobretodo largo con capucha y una voz bajita y mala.
-¿Mala?
– No le gustaría escucharla. Ayer vino tarde y se puso pesado susurrándome en la oreja y clavándome las uñas en el hombro, largas, como de mujer, pero fuertes. Le dije que me soltara y ni me contestó. Le pegué un planazo en la frente que le sacó sangre y se fue riéndo. Ese no vuelve más.
-Tipo raro… ¿tenés algunas pieles?
-Arriba del banco, las dos primeras, ni una más.
Las pieles son de verano, los pelos se le caen al tocarlas y tienen restos de carne. El olor es fuerte, las meto en una bolsa y seguro las enterraré en el recodo del río. Me despido del conforme anciano y le meto despacito por la picada, cuidando los remos del matungo. Al llegar al recodo me bajo a enterrar las pieles. Los perros del viejo están tirados juntos, muertos.
No tienen ni golpes ni heridas, pero están secos como si los hubieran exprimido. De repente quisiera estar en la seguridad de mi rancho.
Es sábado, desde que me levanté tengo un frío extraño instalado en la nuca. Ensillo el caballo mientras escucho las lejanas quejas de mi mujer y me voy sin saludarla. El matungo piafa fuerte, desacostumbrado al taloneo y recién se calma cuando el agua del vado le anestesia los cascos. A cincuenta metros de la cueva extraño el barullo de los picheros.
-¡Viejo, soy Aparicio!- Anuncio sin recibir respuesta. El bastón nudoso del viejo está apoyado donde siempre. Nunca sale de la cueva sin su apoyo.
Entro con precaución y algo de miedo, el olor es limpio, como cuando termina de llover, la pila de huesos amarillentos despide un resplandor rojizo en la penumbra, me agacho a recoger uno y puedo sentir la humedad de la carne fresca cubriéndolo.
Al fondo se ve la silueta del viejo sentado en su banco de caderas de vaca, los ojos muy abiertos y la sonrisa estirada en la piel de mármol. El cuchillo, todavía firme en su zurda, gotea una brillante sangre oscura.

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