El viejo arte de hacerle vestidos a la música

Los tiempos modernos. Cuánta tinta corre, cuántas habladurías callejeras y de sala de espera, cuántas habladurías académicas incluso. Y todo para determinar si estos tiempos modernos sacan más de lo que ponen, si la tecnología por más cómoda que sea acarrea consigo avances sociales o de costumbres, si internet comunica o aliena. Hay muchas dicotomías más, desde luego, pero la que nos ocupa ahora tiene que ver con un arte en descomposición: el arte de tapa. Por un lado está la accesibilidad a toda la música del mundo a través de la red, pero esa digitalización extrema está desvistiendo la música, le está sacando su ropa y la deja desnuda en formato mp3. Arte en descomposición o arte perdido este del arte de tapa, que incluso debe resistir otra disyuntiva acaso más profunda, si se trata de una obra de arte o de un diseño. En todo caso, ya no es nuestro problema, o mejor dicho, por ahora nos quedaremos con la observación de un arte de tapa producido recientemente en nuestra ciudad, digno de mención por la técnica, por su hacedora, y por el resultado final.
La historia comenzó con Alex Steinweiss, en 1939, cuando fue contratado como director de arte en Columbia Records, y logró aumentar las ventas de la compañía un 800% con la primera portada ilustrada de la historia. Hasta ese momento, el envoltorio de los discos era una simple funda plana de cartón, perforada en el centro, para que se viese la etiqueta con el nombre del artista, las canciones, los compositores y el sello. Desde entonces, esa nueva fase creativa se convirtió en una revolucionaria, pero inseparable, necesidad artística y conceptual por parte de los productores. Mucho más acá, en pleno 2014, lejos de Nueva York y cerca del Instituto Superior de Bellas Artes (ISBA), Noelia Agüero, una estudiante de sólo 23 años que se acerca galopando a su tesis final, compuso el arte de tapa del grupo también local La Machada. El arte o diseño original, como se ve en la fotografía, trata de un concepto muy particular que combina diferentes elementos y que dio sus frutos luego de recorrer el camino debido. De hecho, “pasamos mucho tiempo pensando y charlando, yo les pedía a ellos que me hablaran, que me contaran lo que se les ocurría, lo que se imaginaban en la tapa”, cuenta la joven Noelia. “Para mí era todo un desafío, quería estar a la altura”, agrega siempre con su humildad como harina para el pan de los días. Resulta que La Machada también surgió del ISBA y el conocimiento mutuo facilitó la comprensión de lo que se quería. “Empezamos las cursadas el mismo año y compartíamos materias (con los músicos), de ahí la amistad y la tendencia de combinar las artes”, rememora Agüero, y trae a colación de esto último una peña anterior donde con Miguel Rosales pintó un mural mientras se tocaba.
Sin embargo lo que estos chicos piquenses hacen parece cosa de otro tiempo, del tiempo en que el arte tenía que ver con la imaginación y la pureza de la creatividad y todo este asunto de las instalaciones o del arte contemporáneo no existía o bien no era creíble, y menos que menos tema de estudio en las instituciones oficiales. O bien léase pérdida de tiempo, cuando podría estar estudiándose la pintura taoísta del siglo X se estudia en los claustros una carretilla con escombros. En eso podemos estar de acuerdo, y contundentemente, con las nociones generales. Vivimos los tiempos menos poéticos de la historia, y como decíamos, ya no hay ojos para contemplar la pintura taoísta y su increíble metafísica, y el tiempo se va en las superfluas consideraciones de un inodoro. Tiempos en que los formatos digitales dibujan un nuevo panorama dentro del mercado discográfico y el arte de tapa impresa ya no cumple su parte en el proceso creativo de un álbum. No sólo como una herramienta de marketing, sino como un vínculo distintivo entre las bandas y sus apuestas.
Pero estos chicos no, Noelia Agüero y La Machada no. Por eso no extraña que la idea desde un principio haya sido subirse a las sagradas alas del arte cierto y, en este caso, “utilizar los instrumentos como centro de atención. Me inclino por el realismo –confiesa Noelia-, saqué fotografías, que después combiné y dibuje con lápices de colores. La parte artesanal le dio la vuelta de tuerca que faltaba, porque el dibujo ya me había dejado de gustar y eso no me dejaba avanzar”, sigue relatando el proceso creativo y añade que dicho dibujo “era un cuadrado, después lo recorté a círculo y ahí las cosas cambiaron. Ahí apareció la idea de fondo y también había que resolver el tema del nombre de la banda, si eso lo hacíamos digitalmente o si lo dibujaba. Y bueno, al recortar tomó otro sentido, en vez de escanear el dibujo, al aparecer otros elementos iba a ser necesario la fotografía entonces pensé en texturas y posibles materiales a combinar. La cerámica ha sido muy significativa en mí desde el taller en el ISBA, por eso la elección de realizar el nombre en arcilla y después quemarlo. Finalmente el dibujo quedó enmarcado por un disco de metal, acostado sobre unas maderas y con letras de cerámica”.
Así las cosas, si hubiese que hacerle un cuerpo al cielo, no dudaríamos en encargárselo a los artistas plásticos que se sientan a dibujar y por cuyas manos sigue corriendo la estrella de fuego.

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