En un boliche de Ballesteros

Muchas veces me pasa que, al leer un cuento ambientado en el pasado, tengo la sensación de haber estado allí. Por más que lo que se narra haya ocurrido hace cien o doscientos años. Que yo sepa, no he viajado nunca en el tiempo, a no ser mediante los libros y los sueños. ¿De dónde me viene, entonces, esa certeza tan cercana a la experiencia?Hace unos días y mientras releía “El Zahir” de Borges, me volvió a pasar. Sobre todo en el pasaje en que Borges sale de un velorio y se mete a un boliche (a un “almacén”, dice él) en la Buenos Aires de los años veinte. Decía así:“Afuera, las previstas hileras de casas bajas habían tornado ese aire abstracto que suelen tomar en la noche, cuando la sombra y el silencio las simplifican. Ebrio de una piedad casi impersonal, caminé por las calles. En la esquina de Chile y de Tacuarí vi un almacén abierto. En aquel almacén, para mí desdicha, tres hombres jugaban al truco (…) Pedí una caña de naranja; en el vuelto me dieron el Zahir. Lo miré un instante; salí a la calle tal vez con un principio de fiebre. Pensé que no hay moneda que no sea símbolo de las monedas que sin fin resplandecen en la historia y la fábula”.Pocos días después de la lectura y buscando unas fotos viejas, me encontré inesperadamente con ésta. La había tomado una tarde de 2008 o 2009 en mi pueblo. Hacía mucho que no volvía por sus “hileras de casas bajas”, cuando al pasar frente a la esquina de “Don Vittorio” alguien me llamó. Era el “Dora”, antiguo compañeros de bochas de mi padre.-¡Eh, Ruso! ¡Vení a tomarte un vino!Como tenía el tiempo contado, me crucé corriendo. En la mesa y junto al “Dora”, estaban el “Cututa” y el “Chenti”, a quienes conocía de vista pero con quienes nunca había hablado. El “Cututa” me preguntó (aún me acuerdo) por el origen de mi apellido; y yo por las famosas caricaturas que, según decían, él hacía en su peluquería. El “Chenti”, por su parte, recién salía del trabajo y casi no habló.-Dale, Ruso… Tomáte un vino que te invitamos…-No puedo, Dora… Tengo que hacer una nota –le dije. Y era cierto. Pero para no despreciar la oferta, pedí un vaso de coca.-Tengo Fanta naranja –me dijo Sergio, el bufetero. Le dije que estaba bien y le pagué con el último billete que tenía. De cambio, me devolvió unas monedas de diez centavos entre las que no había ningún “Zahir”. Pero mientras me las guardaba, debo haber pensado a la inversa de Borges; en todas esas monedas “que jamás resplandecen” ni la historia ni en la fábula; mucho menos en la mía. Y en cuántas veces había realizado yo esa operación en mi vida, la de pagar con un billete y recoger opacos centavos (acaso a eso se reducía la alquimia de mi vida toda). Sin embargo, siempre me sentía dichoso al guardarme ese cambio; porque el hacerlo me hermanaba con la mayoría de los hombres pobres, los únicos que valían la pena en este mundo.-¿Y tu viejo? ¿Hace mucho que no lo ves a tu viejo? –me preguntó el “Dora”.-Hace como dos mil años –le dije. Y debo haber pensado, también, que él tiempo depende de la memoria subjetiva y, sobre todo, de la melancolía objetiva de cada uno. Y el que me separaba de mi padre era “notable” y digno de ser examinado, como el “Zahir”.Al cabo de unos minutos y tras cambiar unas últimas palabras con los muchachos, les agradecí y les pedí que me dejaran sacarles una foto. Y los tres, que no jugaban al truco, posaron agradecidos. Una vez en la vereda, unos febriles pensamientos asaltaron mi cabeza. Eran escenas sueltas de mi infancia en el pueblo. Pero desde ese tiempo, ni mi padre ni yo estábamos más. Ahora éramos apenas dos extranjeros y, en cierto modo, el anverso exacto de esa moneda que se recuerda para siempre; difusos como lo que se traga el olvido un día de niebla.En contrapartida a tantos cambios, el boliche de Don Vittorio siempre estaba igual. Había sido pulpería a fines del mil ochocientos y “almacén con despacho de bebidas” en los años veinte. Y desde entonces, los hombres y el tiempo entraban y salían por su puerta de hojas altas.De todo eso me acordé ayer cuando encontré aquella foto. Pero también de mi lectura del cuento «El Zahir».Me pregunto qué hombres estarán tomando un vino blanco esta mañana en el pueblo, quién se los servirá en aquel boliche y les cobrará sin darles moneda alguna de vuelto a causa de la inflación. Y me pregunto, también, si viendo a un muchacho tímido que pasa, alguno saldrá a la vereda y lo invitarán a compartir el aperitivo; dejándole al marchar un montón de pensamientos inasibles como un “Zahir” nunca visto; intensos como la fiebre; dulces y amargos como una caña de naranja en el paladar de la melancolía.

Por Iván Wielikosielek

Compartir

Autor

Avatar