El dolor ante la muerte de un ser querido nos vuelve frágiles. Rotos. La ausencia invade. Dicen que la muerte es lo único seguro de la vida. La ineludible realidad que que forma parte nuestra existencia. La poesía sirve para recordar eso tan efímero. Poder traducirlo en palabras para hacernos sentir más allá de lo llano. Palabras que pueden asomar en esos laberínticos huecos para sanar. O hacer un poco más soportable la tristeza. Manifestar el sentir ante esa pérdida mediante poemas como una manera de ayudar a entender nuestra condición de seres finitos. «La muerte es todo esto y más que nos circunda, y nos une y separa alternativamente, que nos deja confusos, atónitos, suspensos, con una herida que no mana sangre», escribió Xavier Villaurrutia.
Bitonal es el nombre del poemario cuyo autor es el piquense Jorge Isaac Sosa. Emparentado desde siempre con la música, donde ha logrado forjar un reconocido camino como profesor, en algún momento de su vida comenzó a incursionar en la escritura, y en ese sentido este libro, que será presentado esta noche en el Centro Cultural El Alero (calle 24 N° 449), a partir de las 20:30 horas, constituye su aparición en el terreno literario. Y esta salida al ruedo tiene como base una mayoría de poemas de amor con una única destinataria: su esposa fallecida en diciembre del 2020.
«Si bien hay algunos otros poemas que elegí para que no se perdieran, que estaban escritos en servilletas o en viejos cuadernos, y pertenecen a mis primeros momentos con la escritura, la mayoría fueron escritos a partir de la enfermedad de mi esposa. Estuvimos tres años en el Hospital Italiano, donde se sucedieron experiencias espirituales maravillosas con los médicos. La adversidad fue muy dura, ella luchó hasta último momento contra esa enfermedad. Siempre me decía «puede doblegarme, pero no me vencerá y no logrará que deje de sonreír, que deje de proyectar o de amar». Ese fue su sentir. A la mayoría de los poemas llegó a conocerlos, se los leí, incluso aquellos que ya referían a cierta inminencia de la muerte, algo que sabía», contó Sosa, iniciando la charla con El Lobo Estepario.
«En un momento tuvo un shock séptico, donde le dieron pocas horas de vida, y entonces ellos permitieron que la trajéramos a Pico. Había poca esperanza de que llegara con vida. La trajimos el 20 de marzo del 2020, el día que se declaró el confinamiento por la pandemia. Y ocurrió que acá empezó a mejorar, y de esas pocas horas de vida, permaneció con nosotros casi un año más. Y no en agonía, sino que al mes estaba caminando con su andador o agarrada del brazo. El cáncer remitió y si bien le había dejado lógicamente secuelas, no pudo superar una neumonía. Se fue en paz con todos. Los poemas tratan eso, las vivencias de tres años dolorosos en Buenos Aires, pero donde ella me enseñó que lo peor que te puede pasar en la adversidad no es la frustración, ni ver como tu cuerpo se desgasta, que lo peor de la adversidad es no aprender nada de ella. Y bueno, aprendimos. Este libro constituye un homenaje a mi esposa, una persona fundamental en mi vida», agregó.
Sosa recordó que empezó a escribir después de los 40 años, tras la muerte de su madre, y mencionó a tres personas que fueron decisivas en todo este tiempo: Chavoti Eiras, Olga Reinoso y Verónica Bessoni. «El disparador fue la muerte de mi vieja, a ella le gustaba escribir y comencé a hacerlo al sentir que tenía que poner verbos, no solo música. Me faltaba la palabra. Escribí un cuento que llevé a Chavoti, de quien era muy amigo, y ella me dice «Bestia! vos tenés que empezar a estudiar, en poco tiempo voy a dar un taller literario que va a durar tres años y te quiero ahí, por favor!». Fui a la primera clase, me enamoré de todo eso, y así arranqué. Después Olga acompañó mi búsqueda, y finalmente fue Verónica, alguien con mucha sabiduría, quien empezó corregir mis escritos de una manera muy didáctica. Siempre quiso que yo conservara la idea, la frescura de la composición. Las tres me dijeron, cada una en su momento, que todo eso estaba dentro de mí, y lo único que tenía que hacer era sacarlo. Agarrar la pluma y empezar a volar», concluyó Sosa.

Así escribe
Dos
Dos notas de mi piano
taciturnas.
Dos pasos nada más
entre la bruma.
Dos huérfanas con frío
vagabundas.
Dos poemas de amor
bajo censura.
Dos astronautas presos,
en la luna.
Dos hiedras que se abrazan
moribundas
Dos pobres y olvidadas
prostitutas
serán siempre mis manos
sin las tuyas.
Un segundo
Si yo descubriera
el momento exacto
de la despedida,
un segundo antes,
podría en tus ojos
retener mis días.
Un segundo antes,
y el mundo al mirarte
ya no giraría.
Un segundo solo,
con la muerte hincada
y enhiesta la vida.
Foto de portada: Jorge Sosa junto a su esposa, fallecida en diciembre del 2020.