INAKAYAL es un relato que combina sabiamente la tradición aborigen con episodios de absoluta verosimilitud y momentos de ensueño que ahora también, a resultas de la prosa cada vez más sólida del piquense Héctor Massara, corresponden a esta parte de la realidad.
INAKAYA
No entiendo al huinca, y nunca lo voy a entender. Es igual que yo, con la piel más clara y siempre anda con frío y con el rabo bien tapado. Vi al primer panza de sapo trepado a las ancas del tordillo de mi hermano, estaba vaciando los orines en la represa del médano, ¿quién mea el agua que se toma?, mi padre me tapó la boca cuándo ya se me escapaba el grito y nos obligó a tirarnos a la arena. Nos acercamos a verlo, tenía un palo en la boca que largaba humo blanco, los ojos como charco de agua y el cogote colorado por el sol. No parecía gran cosa, apenas podía mantener quieto el mancarrón viejo que montaba. Me quise reír del espantapájaros, pero el viejo se cruzó los labios con el dedo y nos retiramos despacio, en contra del viento por la falda del médano.
El viejo consultó a la machi apenas llegó a los toldos, quería retirarlos dos días al sur. La vieja le respondió con una pregunta: ¿Podés esconderte del viento? La respuesta fue premonitoria, tres días después un alarido de aviso sonó en la siesta. Un indio lenguaraz, acompañado por un blanco pidió refugio y agua, se presentó a mi padre y dijo que su acompañante era un protector de las plantas y los animales. El huinca se llevó el índice al pecho y dijo: Naturalista.
Naturalista estuvo varios días con nosotros, tomó nuestras infusiones y comió venado y piche, no quiso mujer, pero pidió permiso para colocar un polvo blanco en una herida del pié de mi hermana que sanaría en dos días. La machi ya la había curado, de todas maneras.
-Amigo -, nos repetía a cada rato, y todos nos reíamos y le gritábamos: ¡Peñí, peñí!, mientras él miraba con desesperación al lenguaraz. Naturalista estuvo casi una estación con nosotros, al despedirse nos abrazó y le regaló a mi padre una botella de aguardiente.
Los próximos huincas que llegaron trajeron sangre y muerte. De a poco nos empujaron hasta el nacimiento del Limay donde mis últimas trescientas lanzas se rindieron, mi amigo Naturalista estaba allí. Intercedió por mí al reconocerme, también por mi hermano Foyel y la machi. Nos dijo que el capitán había ordenado que se nos enviara a la ciudad, que allí estaríamos bien y podríamos llevar a nuestras mujeres. Fuimos subidos a un carro con barrotes de madera y partimos. El viaje fue largo y penoso. Sucios, hambreados, comidos de los piojos, apedreados en cada pueblo que atravesamos. Al llegar fuimos a parar al sótano de un lugar al que el Naturalista llamaba museo, allí nos desnudaron y nos bañaron con agua helada y un licor hediondo, un mulato silencioso hizo su trabajo torturando nuestra piel con un cepillo de paja.
Pasamos las noches en el sótano y el día en una gran sala, yo debajo de un cartel que, según el sereno significaba “Inakayal, Señor de Las Pampas”. ¡Qué huincas, estos! Jamás fui señor de nada, eso es cosa de ellos.
Llegaron unos ricos con levita, sus mujeres encorsetadas echando risitas nerviosas. Nos ponen en fila y un flamazo blanco nos paraliza. Foto, dicen. Se la traemos la semana que viene. ¡Qué bien le queda a usté el saco! Se burlan. A la fuerza, les diría, no se puede hacer fuego y el invierno es largo y negro. Se van dejando unas monedas en la escudilla de la entrada.
El lugar está lleno de cacharros, algunos útiles. Hay un apero pampa bien hecho, al que le falta el olor a potro y el familiar rechine de cuero contra cuero. Sables, cuchillos, trabucos y hasta una chuza auca se acomodan en una vitrina con rejas. Un choique que parece vivo, pero sin carne, los ojos demasiado brillantes. No lo dejan morir.
A la semana vuelven las mujeres, algunas, vestidas de blanco y con un montón de cachorros, incómodos en sus pantaloncitos ajustados y su casaca blanca y rígida. El milico cuidador me dice: -Sonreí, indio bruto, qué estos te dan de comer-. Me sale una mueca. Los cachorros lloran, las mujeres se asustan y gritan, el milico me cruza la jeta de un fustazo y me lleva de las crenchas al sótano.
No me puedo defender, estoy flaco y débil. Comemos una pasta amarilla que cae del cucharón como bosta de vaca. Mi mujer no sangra y ni se me ocurre usarla de verla tan mal, igual le pasa a Foyel, la machi no va a pasar el invierno. Si pudiera conseguir un cuchillo aliviaría nuestro sufrimiento.
Los sábados viene un cura, a cristianarnos. Las mujeres repiten su letanía y hacen la cruz en su pecho recibiendo de premio un pan recién horneado. –Fili, Fili…, me dice, ¿Y tú? Le escupo las alpargatas negras. Más palos, más encierro, menos comida.
Me pongo viejo, ni sueño con los toldos. Sueño con muerte. Sueño que levanto al milico ensartado en mi chuza y corro repartiendo tajos con mi grito de guerra, sin necesidad, sin placer, sin odio. Por mí, por mi pueblo, para que me maten.
Mi mujer, la machi y la de Foyel no despiertan una mañana. Mi hermano no está. Me retobo y no dejo que las toquen mientras pido a gritos por el Naturalista, el milico me aprovecha de un talerazo y visito la oscuridad.
Cuando me despierto estoy atado a una cama, desnudo. Unos viejos de poncho blanco me miden la cabeza y las patas, la nariz y la boca, la separación de los ojos. Me cortan un mechón de pelos, vaya a saber para qué brujería. Me sueltan. Pasan los días como agua estancada, todas las mañanas me dan a beber un licor amargo y la paso embotado y sumiso. De noche, como ladrones, descargan unos bultos en la sala. El Naturalista los dirige y ordena que se pongan en las vitrinas. ¡Son los míos! Sin carne, los pelos opacos y los ojos brillantes como el choique.
-El indio no sirve más -dice-, que acompañe a los otros…
Esa noche me dan otro licor oscuro que me prende fuego los pulmones. Boqueo, insulto, muero.
Mi fantasma pasea, sin alma, por los corredores. Mi cuerpo está en la vitrina con los otros. Erguido, quizá más de lo que fue en vida. Algún día mi pueblo vendrá por nosotros, descansarán nuestros despojos a la sombra de un sauce del Limay y cabalgarán nuestras almas por las praderas del Buen Padre. Hasta que esto suceda seremos un bicho más, embalsamado, una caricatura cruel de lo que fuimos. El milico cuidador me sonríe con su dentadura podrida, el cura pasa con la cabeza gacha, avergonzado de mi cuerpo semidesnudo. Se santigua lentamente, dice: -Ay Fili, Fili…