El jardín de las flores muertas

El jardín de las flores muertas, del escritor piquense Juan Rizzi es una narración lograda desde el Taller de literatura que se dicta semanalmente en la Biblioteca «Estrada» de esa ciudad. En este caso se trata de un cuento realista que cambia de género, sorpresivamente.

Juan Rizzi
El jardín de las flores muertas

Roberto Lanz es un hombre flaco, de piel blanca, manos de dedos largos, y ojos que pueden variar su forma de mirar desde la fría y dura, a la de ¡Yo no fui! Su actividad profesional de pintor de cuadros lo llevó a frecuentar, además de las mejores salas de exposición de arte, los salones de las grandes luces, donde se efectuaban las fiestas de la alta sociedad.
Esto le permitió conocer a bellas, y no tan bellas damas, que tenían en común dos cosas: su abultada cuenta bancaria y su adicción a hombres como Roberto, seductores naturales, pícaros, hábiles en el arte de endulzar oídos con lisonjeras palabras, capaces de llevar adelante una conversación aun desconociendo inicialmente el tema de la misma, pero con talento para ir llevándola al terreno que mejor les convenía.
No fue casualidad, sino más bien algo bien estudiado y planificado por el pintor famoso (pero de bolsillos flacos, debido a su capacidad tanto para dilapidar todo lo que obtenía por sus obras de arte, como aquello que provenía de los obsequios que recibía de las damas en cuestión y que rápidamente convertía en dinero), que conociera e Etelvina, una joven y adinerada viuda, de belleza para nada deslumbrante pero generosa al momento de los regalos y excelente compañera de pláticas.
Transcurrido el tiempo en que Roberto consideró suficiente para el conocimiento mutuo, decidió que era hora ya de empezar el de la seducción y conquista. Esto no le llevó mucho tiempo, tanto por su poder seductor y disuasorio de todo obstáculo, como por la necesidad de la viuda de que alguien llenara el vacío dejado por su amado esposo.
Fue así como el pintor se transformó en el amante de Etelvina, ya que ella no quería otro tipo de relación por lo que significaría el impacto en su círculo de amistades, sobre todo el más íntimo, donde predominaban parientes y amigos de su difunto esposo.
En lugar de agasajarlo con los obsequios a los que estaba acostumbrando el pintor, ella compraba algunas de sus importantes obras, a muy buen precio, incluso pagando algo más de lo que en realidad valían. Se convirtió, incluso, en su principal crítica, ya que a su pedido, él se había encargado de prepararla en ese tema.
La sorpresa no tardó en llegar en una de esas bellas noches de amor en las cuales Roberto sacaba todo su repertorio, haciendo que el placer inundara no sólo el cuerpo de Etelvina, sino también su alma, anegándola por esa maravilla que significa la conjunción de sensualidad, sexo y erotismo.
En ese valle erótico que se produjo motivado por el cansancio de ambos, Roberto escuchó una vez más la demanda de su amante, que más bien parecía un reclamo compensatorio de sus generosas compras. Pedidos que se comprometía a cumplir y que luego olvidaba sin que la viuda insistiera.
Ella siempre le pedía que le regalara un cuadro, el más bello que él hubiera pintado, pero nunca conseguía el cuadro ideal para ella. Un atardecer paseaban por un parque y la viuda le dijo lo dichosa que sería si tuviera un jardín para su exclusividad. Cuando terminó el paseo, dejó a su amada en la casa y partió raudo a su atelier.
Llegó agitado, pero eso no impidió que tomara sus pinturas y pinceles, y en la tela blanca comenzó a plasmar un jardín con las más bellas flores de la tierra. Tan preciosa quedó la imagen que había logrado volcar en su pintura, que la miraba absorto: lo allí creado contenía aromas de cada flor, el brillo de sus hojas, la firmeza de sus tallos. No sólo la belleza de sus colores estaba allí, sino también su brillo.
Una vez terminado el cuadro, le puso el correspondiente marco y se lo llevó a su amante.
La dama quedó deslumbrada por la hermosura del mismo, lo que no sólo motivó su alegría, sino también su euforia, diciéndole al pintor:
– Tenés que exponerlo en la galería de arte más importante de la ciudad. Yo te la consigo cuando Alexander presente sus obras.
Roberto, contento porque a la mujer le había gustado su obra, aceptó la propuesta y lo llevó a la galería de arte donde expondría el amigo de ella, pensando que ninguno de sus óleos había sido visto por la cantidad de gente que concurría a una muestra de ese calibre, y donde únicamente se asomaban los de alta clase social.
Cuando se abrió la sala llegaron los mejores colegas de la región, que al ver el cuadro quedaron impactados, tanto como el resto de los asistentes. En conjunto elogiaron su obra. Etelvina estaba eufórica por el éxito del cuadro, y no se cansaba de comentar que a ella le pertenecía tal maravilla.
La gente se arremolinaba en rededor el jardín de óleo, pero lo que llamó la atención del pintor fue una niña parada frente a su obra, inmóvil. Él se acercó y le preguntó:
-¿No te gusta el cuadro?
La niña sin mirarlo respondió.
-Es realmente muy bonito.
-Entonces, qué es lo que no te gusta del jardín de flores que pinté.

-Que están muertas- respondió la niña.
El pintor se alejó de ella pensando que había logrado resaltar todo sobre la tela: la hermosura de las flores, su brillo, su perfume, el aterciopelado de sus pétalos; pero no había logrado darle vida, y se preguntaba cómo podría darle el soplo mágico de la existencia. Volvió a buscar a la niña pero no la encontró parada frente a su cuadro ni en ninguna otra parte.
Consultó al encargado de la sala si había visto a la niña, dándole sus detalles. El encargado lo miró con asombro respondiendo:
-No señor, no he visto a ninguna niña, es que además las niñas no pueden ingresar a esta sala.
Roberto Lanz, obviamente perturbado, no lograba relacionar ni coordinar los sucesos. De pronto surgió en su mente, sin saber por qué, lo acaecido un año atrás cuando al amigo de su amante le trasplantaron un riñón, y ella le dijera: donar órganos es dar vida.
Entonces comprendió lo que faltaba en su cuadro, tenía que encontrar la manera de transfundirle vida. Y volviendo apresurado sobre sus pasos al lugar donde se exponía su obra póstuma, vio cómo las flores se movían.

Por Juan Rizzi

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