El Taller de literatura que se dictó en la Biblioteca «Estrada» de General Pico entregó este año una inusual cantidad de textos, consiguiendo afianzar a escritores que traían una trayectoria y estrenando a otros que se lanzaron por primera vez al vasto y profundo océano de la literatura. En esta última instancia se encuentra Claudia Gómez, quien consiguió llevar al papel, con su suave y cálida mirada, una historia asaz cercana.
La Galguita de Juan
Un garabato más y la Galguita quedó como la bicicleta de Tito, el vecino del barrio, el que tiene una familia y una casa cálida por demás en el frío invierno pampeano. Un garabato más a la descolorida bicicleta que Juan decía que le que habían traído los reyes pero que, en realidad, encontró con su abuelo cuando hurgaban en el basural del pueblo en busca de algo para calentar las tripas.
Y esa última pincelada con pintura vieja y endurecida puso fin a la estadía de Juan en la casa de su abuelo. Ya tenía diez años y la asistente social del pueblo dispuso que no podía vivir con él por su avanzada edad, la misma que años atrás, junto al Juez de menores, dictaminó que no era conveniente que estuviera con su mamá.
Fue breve la despedida. Juan se abrazó a su abuelo y casi no hubo lágrimas.
-¡Vaya m’ hijo! Algo mejor lo está esperando –balbuceó el anciano.
En su equipaje (unas bolsas de supermercado), había sólo una muda de ropa limpia y la Galguita, su Galguita, condición indispensable para trasladarse.
-Si no va la Galguita no hay viaje -sentenciaba Juan una y otra vez.
Su nuevo destino fue una ciudad grande que no conocía, un Hogar para chicos de su condición que lo recibieron con miradas ávidas y algo desafiantes. En la casa había una mesa de madera vieja con seis sillas diferentes en la cocina, paredes descascaradas, un televisor pequeño colgado en la sala principal, un baño algo destruido y un dormitorio con camas cuchetas y una silla al lado para colgar la ropa.
No fue fácil para Juan adaptarse. Extrañaba la libertad de jugar en las calles, patear la redonda, subirse a los árboles buscando nidos de cotorras y salir a andar con su Galguita, la que volvió a oxidarse arrumbada en el patio debajo de los enormes paraísos.
Tuvo nuevos compañeros de escuela, nuevas reglas para convivir, pero los augurios de su abuelo siempre presentes en su pensamiento: -Algo mejor lo está esperando.
-¿Algo mejor me estará esperando o tendré que salir a buscarlo? -pensaba Juan en las tardecitas mientras mimaba un poco a su bicicleta pasándole un trapo para que no se vea tan deslucida o garabateándola con fibras de colores.
Tiempo después se enteró que su hermano mayor había caído preso por un robo y sentado debajo de los paraísos lloró como nunca antes lo había hecho.
Una mañana se levantó con una inusual energía, buscó en el lavadero del Hogar un balde y algunos retazos de sábanas rotas y decidió que iba a ofrecerse para lavar autos en el barrio residencial cercano. Tocó con mucha vergüenza varias puertas y los vecinos con algo de asombro y ternura le permitieron lavar sus autos impecables.
Ese día Juan volvió con varios billetes en sus bolsillos remendados y con el permiso de su tutor salió cada viernes, después de la escuela, con sus modestas herramientas en busca de sus clientes, y con la compañía de su Galguita.
Con la paga de unas jornadas compró pintura y pincel y la flaquita volvió a estar reluciente, sin necesidad de garabatos con fibras en uso a fuerza de colocarle alcohol.
Pasaron varios meses hasta que una vecina generosa le regaló una máquina para aliviar su trabajo y, con el tiempo, le agregó a su fiel compañera un carrito bastante deshecho para trasladar los elementos. Ahora tenía un lavadero móvil.
«¿Algo mejor me está esperando o tendré que ir en su búsqueda?» Rememoraba Juan.
Se compró un teléfono celular usado que le permitió comunicarse con su hermano preso y cosechar nuevos amigos virtuales. En Facebook publicó las únicas dos o tres fotos que atesoraba de su infancia y compartió frases como «en la vida hay oportunidades que cuando las perdés no las recuperas”, “con la verdad se llega hasta la China y con las mentiras hasta la esquina”. Comparó su vida (vaya a saber porqué) con una de las pocas películas que vio: «El efecto mariposa”, «una mariposa hace un aleteo y con el tiempo de ese aleteo se generó un tsunami en Japón.”
Recibió un llamado de un radio local. Querían una entrevista para conocer su historia y un diario provincial le hizo una nota que titularon “Salir adelante”, la que tuvo innumerables comentarios de personas queriendo conocerlo, ofreciéndole sus autos para lavar y hasta una lectora que se ofrecía a ser su mamá.
En esa alegría de sentirse protagonista por primera vez en su vida, recibió la noticia que su abuelo Coco había fallecido y concurrió al velatorio con solo dos o tres vecinos que hablaban y reían como si nada hubiera pasado.
A veces, pareciera que el destino, o vaya a saber qué designio, se ensañara con los débiles, con los indefensos poniéndolos a prueba una y otra vez, haciéndolos aún más fuertes o condenándolos a una vida que reproduce el dolor.
A su regreso siguió sumando frases a la red social porque se entretenía y recibía muchos comentarios halagadores: «Que los chicos que tienen todo sepan aprovechar”, “A la vida hay que ponerle garabatos de colores todos los días” (quizás recordando a lo que él hacia siempre con la bicicleta), y también se animó a otras risueñas «El asfalto no es para los peludos”, «Una chica y una bici tienen algo en común, si las cuidas no te las roban”, “Techo nuevo para mi carrito, completito como croto con señora”.
Los dieciocho años llegaron rápidamente y Juan no pudo quedarse en el Hogar porque la ley así lo establecía. Necesitó encontrar un lugar para él y su Galguita y enfrentarse a un nuevo desafío.
Un garabato más y otro, otro más.