«La melodía en el jazz es una excusa, hay mucha creación espontánea»

El jazz es su lenguaje cotidiano. Aprendió de su mano el sentido de la libertad estética. Hace rato que no tiene nada que demostrar. Es un jazzero de ley, y como tal, con una personalidad musical diferenciada. Domina su instrumento. Una singular convergencia de influencias y experiencias confluyen y se capitalizan en el original perfil musical del guitarrista piquense Marcelo Mayor.
Navegando muy cómodo dentro de la tradición del hard bop, una de las manifestaciones, como el tradicional, ragtime, swing, fusión, blues o negro spirituals, que muestra el jazz. Mayor es un guitarrista completo. De alto vuelo. Un compositor expresivo. Arriba de un escenario, puede aparecer lo espontáneo, lo creativo. Marcando la diferencia que la provee el azar que supo cosechar y merecer. En cada una de las formaciones que integró, e integra habitualmente, lo distingue un criterio de solidez colectiva y una técnica que, lejos de quitarle sentimiento, redunda en beneficio del discurso.
Cierta vez Al Farmer habló de que la «música que no varía es como un año sin estaciones. Si el sol brillara todo el tiempo sería tedioso y añoraríamos la lluvia. La música debe aportar alguna sorpresa para ser interesante. Me gusta ser sorprendido». Y en eso anda Mayor. «El jazz tiene que ver con la interacción con el resto de los músicos. Allí, cuando se generan los diálogos», me acota. Por estas horas transita las calles de la ciudad que lo vió nacer un 6 de agosto de 1961. La noche del sábado lo encontrará compartiendo el escenario de MEDANO con otros músicos con quienes viene girando desde hace bastante tiempo, como el austríaco Karlheinz Miklin, Alejandro Herrera y Quintilo Cinalli.
«Los regresos a Pico cada vez están más cargados de nostalgia, uno va creciendo y dan más ganas de venir. Después de irme a Buenos Aires, lo hacía bastante seguido, pero con el correr de los años se fue espaciando. Hoy acá es difícil para lo que yo hago, imaginate lo que fue en los comienzos de los ochenta. Pero últimamente los deseos de volver son más marcados y es maravilloso poder hacerlo con mi música. La anterior vez lo hice con un dúo junto a Arturo Puertas y si bien acá no me formé profesionalmente, mis comienzos con la música siendo adolescente se produjeron en la piecita que está abajo, donde me pasaba escuchando música todos los días. En cierta manera es rendir homenaje un poco a todo eso y a la gente que concurre, que tiene recuerdos míos», contó Mayor al ser preguntado por esa necesidad de recrear momentos donde el afecto de la familia y los amigos se transforma en el sostén de todo.

– ¿En qué momento de tu vida despertás a la música para quedar definitivamente instalada en vos?
– Mi padre fue músico y tengo el recuerdo de ver a mi abuelo, un tanguero de ley, tocando el bandoneón. Mi padre, que tocaba el contrabajo, conoció a mi madre en la orquesta de tango de mi abuelo. Es algo que está genéticamente, más allá de que después los genes mucho no influyen en eso. Siendo un pibe me mandaban a estudiar guitarra, era una forma de enseñar muy tradicional, no había incentivos y por ahí se hacía algo aburrido para un niño. Fui seis años pero yo no quería saber nada. Cuando terminé la primaria les pedí por favor a mis padres que no me mandaran más. Y desde que arranqué la secundaria, y hasta tercer año, nunca más agarré la guitarra. Quedó metida en un ropero. Pero bueno, en lo que a mí respecta, el rock fue el detonante. En ese momento Daniel Colombi se vino de Buenos Aires a vivir acá, y trajo varios discos. Me acuerdo principalmente uno de Sui Géneris. Me los hizo escuchar acá en casa, me gustó y ahí me acordé que tenía una guitarra. Pero cuando la saqué del ropero y quise tocar algo, no me salía nada.

– Asomaste a un mundo musical desconocido para vos en ese momento y las sensaciones seguramente empezaron a variar…
– Sí, eso pasó. Descubro el rock en una época difícil y me doy cuenta de que no podía tocar absolutamente nada, que lo que había estudiado durante todos esos años no me servía para nada. Entonces me contacto con Samy Mielgo, le digo que quiero aprender y me dice que fuera a su casa. Me enseñó algunas cositas. Ahí surgió otro vínculo con la música. Era una adolescencia típica, ir al colegio y que te quedara todo el resto del día libre. Armé mi búnker en una piecita de los abuelos que estaba libre, con mi Winco y mis discos. Mi primo Hugo García, como dueño de una disquería, me encargaba lo que le pedía y así pasaba horas y horas escuchando discos, muchas veces con Oscar Riesco, que vivía a media cuadra de casa. Ese fue el comienzo, sin poder estudiar verdaderamente, pero formándome de alguna manera con todo lo que escuchaba. Igualmente jamás pasaba por mi cabeza la idea de ser músico profesional, fue algo que se dio como se dan las cosas. En el año 78, más o menos, armamos un grupo que se llamó Naturángel. En esa época acá no existían formaciones que hicieran covers de rock, para nada, y entonces aparecemos nosotros. Lo integrábamos Marcelino Alvarez, Jorge Cantamesa, Alberto Ingue, Riesco y yo. En un momento se sumó Delaturi en la batería. Tocamos varias veces y recuerdo un 21 de septiembre en Independiente, con mucha gente alrededor.

– Después de hacer la colimba decidís irte a Buenos Aires, a trabajar, y si bien estuviste un tiempo sin mantener contacto con la música, era una tentación que no podías evitar ¿de qué manera surge el convite para retomar la senda?
– Entré a trabajar en el Banco de La Pampa y al año de estar allá Sergio Riesco, hermano de Oscar, se encuentra casualmente en Buenos Aires con Mielgo, que se había ido a vivir. Me llama desde un teléfono público y me dice “te voy a pasar con alguien para que hables…”. Bueno, empiezo a hablar con Samy, a quien hacía bastante no veía, me pregunta que estaba haciendo y le cuento que estaba con ganas de entrar a estudiar en el Conservatorio, a lo que me responde “noo, te vas a aburrir, yo hice un año, no es para nosotros eso. Anotá mi teléfono y el viernes vamos a ir a ver a alguien”. Acepto la invitación y nos encontramos ese viernes a la hora establecida.

– Y ese “alguien” no era otro que Walter Malosetti…
– Quedé deslumbrado. El mismo viernes me anoté en su escuela para empezar. La enseñanza de música moderna en aquella época era a través del Conservatorio o de los maestros particulares. Tenía lo que se llamaba “Instituto de Jazz Walter Malosetti”, empiezo a estudiar ahí y cuando termina la primera clase le digo “Walter, yo no tengo nada de jazz. ¿Que me puedo comprar?”. Entonces me recomienda dos nombres: que comprara algo de Django Reinhardt o de «Wes» Montgomery. Malosetti vivía cerca del Congreso, salgo caminando y enseguida me encuentro con unas disquerías. Empiezo a revisar, y encuentro un disco de Reinhardt. Lo compro, me lo llevo a casa, lo pongo para escucharlo, me gusta y saco enseguida un tema de ahí. A la segunda clase me pregunta “¿compraste el disco?”, le respondo que sí, que pude sacar un tema. Era Parfum, se lo toqué y quedó sorprendido. Pienso lo que a veces produce la práctica, el haber estado tantos años al lado del Winco cultivando el oído. En ese momento se generó un vínculo distinto con Walter, con quien compartí algunas clases. Pero mi maestro se llamó Armando Alonso. Me la pasaba estudiando mucho, eso ocurrió durante todo un año y es cuando Walter me ofrece sumarme al plantel de profesores. Todo pasó muy rápido. Empecé a conectarme con pares, me apasionó el jazz, me metí de a poco en el ambiente y casi sin darme cuenta, estaba tocando. El primer grupo de jazz que armamos fue con Javier Malossetti en batería, José Gerpe en el bajo, y también había un saxofonista de quien no recuerdo el nombre ahora… El Negro González, un gran contrabajista que murió hace algunos años, me escuchó una vez tocar en un lugar y me invitó a sumarme con él, Osvaldo Fattoruso (batería) y Juan Cruz de Urquiza (trompeta). También me convocó Pocho Lapouble en los años 90, y fue Pocho quien me presenta a Miklin en ese momento, arrancando enseguida con las giras por Austria.

Entre otros momentos plenos que te ha brindado el jazz se encuentra el haber podido tocar al menos un par de veces con el legendario Swing 39, a quien un día, siendo adolescente, escuchaste de casualidad en nuestra ciudad
– En un momento Walter (Malosetti) viaja a Europa, el grupo tenía presentaciones contratadas y no se podían cancelar, por lo que estuve con ellos aproximadamente un mes. Viviendo en General Pico, sería en el 77 o 78, una noche caminábamos con Daniel Patrilla por el centro, y cuando pasamos por Yanquetruz, una confitería que estaba, si mal no recuerdo, en calle 15 entre 18 y 20, escucho algo rítmico…Y era Swing 39. Nos quedamos un rato ahí afuera, escuchándolos. Un día se lo conté a Walter. Y mirá lo que son las vueltas de la vida. Hace algunas semanas tocamos en un teatro de Buenos Aires y como invitado estuvo Ricardo Lew, quien tiene una amistad con Miklin. Es un gran guitarrista y cuando empecé a escuchar música, con otro amigo llamado Daniel Barutta, que tenía un montón de discos, aparece uno del trío que formaban Lapouble, Lew y Adalberto Cevasco. El disco justamente se llamaba El trío, y hacían jazz fusión. Nosotros quedamos sorprendidos al escucharlo, era algo rarísimo. Fijate vos que con el transcurrir de los años terminé tocando y siendo muy amigo de Lapouble, y también amigo de Lew, a quien le conté esta anécdota.

– Compartiste climas musicales con una lista interminable de grandes exponentes como Fats Fernández, Fraga, Marsalis, Lópes Furst, Favero, Hunt, Brecker, Barbosa, el Mono Fontana…¿cómo fue almacenando el disco duro de la memoria tantas impresiones y emociones?
– Te diría que adquiere mucho más significado ahora que en ese momento, donde por ahí uno no se daba cuenta, va tocando y conociendo gente de forma natural. En retrospectiva uno piensa y dice “la pucha, que suerte he tenido”. Haber conocido a Luis Alberto Spinetta, de estar tocando un día y ver que bajaba al lugar junto a Emilio del Guercio y Rodolfo García…”Ah la pelotita, ¡ahí está Almendra!”, me dije…Dejé de tocar un instante y anuncié que había llegado el Flaco Spinetta, mi ídolo. Cuando terminó la actuación, Luis se arrimó y me dice “no, yo no toco nada, dejate de joder, vos tocás…”. Un tipo tan humilde. Un divino. Amo desde siempre su música. Con Spinetta me hubiese encantado hacer algo juntos pero cuando empecé a estudiar y tocar jazz sucedió algo abrupto en mi relación con el rock. Nunca más quise saber nada, vendí todos los discos, me fui completamente del rock. Entonces nunca me acerqué a eso estando en Buenos Aires hasta no hace demasiado, en que retomé, y me hice más fanático de los Beatles que cuando era pibe.

– Hace diez años grabaste Once y veinte, tu primer trabajo personal, tu propio proyecto ¿Cómo mirás hoy ese momento?
– Ahora, a la distancia, me gusta mucho más. Cuando vas grabando es como que logras separarte de eso, se lo escucha como si no fuera uno el que está tocando ahí y entonces esa distancia, hoy, me permite valorarlo más. En el momento de grabarlo, lo odiás verdaderamente…Todo ese tiempo de estar encima de él, de escucharlo y escucharlo, elegir las tomas para llevarlas a la mezcla. Lo escuchás tantas veces que pasás a odiarlo. Y sucedió que durante un buen tiempo no quería saber nada. Bueno, el asunto pasaba por encararlo con esos músicos maravillosos como Guillermo Romero, Arturo Puertas, Gabriel Santecchia y Eloy Michelini. Como proyecto personal nunca es fácil convocar a otros pero en ese momento me encontré con gente extraordinaria. Se trata de un disco que contiene temas propios y el nombre de uno de ellos, que le da título a la obra, tiene que ver con el sitio donde está mi casa en General Pico.

– ¿Hacia dónde va el jazz como género musical?
– El jazz fue algo muy grande siempre. Y bastante elitista por ahí. Hoy tiene un espaldarazo enorme, existe en Buenos Aires un Festival todos los años, hay escuelas por todos lados, con una enseñanza más moderna, y una enorme cantidad de músicos jóvenes. El movimiento es intenso. Por ejemplo, cuando arranqué a tocar jazz, había muy pocos contrabajistas, y ahora la lista es muy grande. Algo impensado en otro tiempo. Como también ver a mujeres tocando. En cuanto a las corrientes o los lenguajes, te diría que la melodía en el jazz siempre es una excusa, es uno de los géneros con mayor creación espontánea. Todos los conciertos son diferentes. Se busca alguna forma nueva, se utiliza mucho el escucharse entre los músicos, tratar de que se vaya armando algo mientras se va tocando y que no tiene nada que ver con la palabra improvisación. Va más allá de eso. Es buscar una manera creativa distinta. Es lo que tanto cautiva al músico de jazz.

– El pianista Robert Glasper anda por Buenos Aires y leí algo que señaló en una entrevista, como que el problema que tiene el jazz es que siempre refleja otro tiempo y no la actualidad ¿cuál es tu opinión?
– Siempre hubo y habrá divergencias. Es como hablar del tango viejo y el tango nuevo, cuando se discutía si Piazzolla hacía o no tango. Yo siempre reniego un poco sobre que las nuevas generaciones del jazz intentan tocar algo moderno sin escuchar antes las raíces. Lo que sería intentar hacer folklore nuevo sin haber escuchado a Atahualpa, una cosa así. Pero siempre sucedió y seguirá pasando. Hay distintos lenguajes, están quienes deciden tocar un jazz más tradicional, están aquellos que se inclinan por ejecutar algo moderno, o de fusión. Pero el jazz es siempre rico, por más que se toquen cosas que se tocaron antes, la creatividad está adelante de todo. Al fin y al cabo, lo espontáneo surge.

– Con Miklin existe una amistad de mucho tiempo, has compartido giras y grabaciones ¿era materia pendiente tocar juntos en nuestra ciudad?
– Miklin es un gran músico, un saxofonista que es una estrella en Austria y en Europa es muy conocido. Tiene 35 discos grabados, y está conectado con la enseñanza en todo el mundo desde hace muchos años. Mi acercamiento fue a través de la música y con el tiempo forjamos una amistad muy grande. Cuando él empezó en Austria siendo un adolescente lo hizo trabajando con un grupo formado por argentinos que se habían ido a vivir allá, que recorrían distintos sitios de Europa tocando en clubes y en hoteles. Es por eso que aprendió a hablar el “idioma argentino”, no el español…Dice “boludo”, “mierda”, “carajo”, “quilombo”, “tengo los huevos llenos”, eso sí, todo con su tonadita austríaca (risas). Traerlo a mi ciudad es un poco como una retribución, una devolución de gentilezas. El nació en Klagenfurt, es un pequeño pueblo, y con el tiempo se trasladó a Graz, donde vive. Pero su madre, que murió hace poco, se quedó viviendo en Klagenfurt y cada vez que anduvimos de gira siempre cerramos tocando allí. Y era todo un acontecimiento. Entonces siempre le decía que tenía que traerlo a General Pico.

– ¿A qué discos regresás siempre?
– Uff, a muchos. Pero en mi ranking de preferidos de siempre están todos los de Miles Davis, especialmente Kind of blue, un disco ícono que cambió de alguna manera el jazz; cualquier trabajo de «Wes» Montgomery, y cualquier disco de Bill Evans. Serían los preferidos entre tantos músicos que escucho y me gustan. Poseo 1200 discos. El jazz ha sido un movimiento tan grande que produjo una obra inmensa.

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Autor

Raúl Bertone