La placa del monumento a los españoles
Escuché esta historia en un bar en el que se solían reunir parroquianos que llegaban desde distintos lugares del pueblo, luego de jornadas agobiantes en faenas totalmente disímiles.
El bolichón estaba pegado al club Ferro Carril Oeste.
Murió hace no mucho tiempo, víctima en parte de la llegada de otros emprendimientos más redituables para la época y debido a que las costumbres fueron relegando la elección del vino, el gancia, los maníes y las cartas o la guitarra y el canturrear a veces borracho de alguien que se le animaba recibiendo aplausos generosos unas veces, y con la estridencia del golpe de las palmas cuando las agita el alcohol mal consumido, en otras oportunidades.
Fue en ese lugar donde escuché el relato, que tuvo como testigos a otros personajes de los que estaban siempre enriqueciendo el decorado que tenía además estampadas en las paredes pinturas que imitaban a las ya conocidas de Molina Campos.
Yo no era el único pibe presente que lo escuchó.
Los fines de semana se llenaban algunas mesas de los rincones con pendejos (así nos decía algún viejo renegado) que se unían a la guitarreada y a la ronda interminable de cervezas.
Era un viernes por la noche con una lluvia fuerte que golpeaba con prepotencia las viejas chapas que mostraban goteras en varios lugares.
En una de las esquinas cercanas al mostrador podría jurar que parecía llover mas que afuera.
El viento también tenía la fortaleza de los que acompañan las tormentas de verano en el norte de La Pampa.
Empecé a escuchar al Ñato (así le decían a un viejo malhumorado que estaba todas las noches y del que no sabía mas que su apodo), casi con malestar.
Me molestaba que interrumpiera una canción de Larralde mal entonada pero que me encantaba, que sonaba desde la otra punta del salón.
Además, acompañaba el sonido mirando por un amplio ventanal que daba a la vereda y me mostraba una de las esquinas de la plaza, empapada por el agua que ya había subido casi hasta la altura del cordón.
Siempre me gustó ver caer el agua a través de las luces de la calle. Es una imagen que me parece majestuosa y de la que puedo estar disfrutando horas y horas sin inmutarme.
Pero me empezó a atraer el relato del viejo, que antes de empezarlo había jurado veracidad en lo que iba a contar, detalle que me hizo dudar sobre lo que posteriormente diría.
El tipo dando alguna fecha que no podría precisar, decía que el «ya finado Fuentes» (alguien que tampoco conocía, pero se ve que había sido famoso porque todos en la mesa lo recordaron), le había contado que detrás de una de las placas del monumento que se encuentra al final de la calle España, hacia el norte, se escondía una frase que anunciaba el destino de quien se atreviera a quitarla y leer.
Ante la carcajada de los cuatro personajes que lo acompañaban y de la propuesta de uno de ellos de ir a retirarla inmediatamente y terminar con la mentira, el Ñato les dijo con ojos desorbitados como los de quien cree hasta el punto de temer, que: «¡no se les ocurra! El propio Fuentes no fue el mismo» luego de haber leído la parte trasera de aquella placa extraña.
Ya a esa altura del relato, no podía quitarle la mirada a quien relataba una historia para mí atrapante, porque además lo hacía usando sus manos para puntualizar con gestos los momentos más fuertes y con silencios que lograban que fuesen aún más mágico sus dichos.
No sé si por coincidencia o por temor (aunque podría jugarme la cabeza que por esto último), pero luego de afirmar el carácter maléfico de aquella chapa y su frase escondida, los acompañantes del Ñato abandonaron emprender el viaje al monumento que estaba a unas pocas cuadras y se guardaron el resto de poco coraje que les quedaba para cantarle fiado al bolichero prometiendo que mañana le pagarían todo.
Y partieron a dormir.
En mi mesa éramos dos. Y los dos quedamos sorprendidos por lo que habíamos escuchado, además de pinchados por el deseo de confirmar o desestimar aquella historia.
Los dos casi a coro dijimos: «¡vamos!». Y luego de pagar unas cuantas botellas que habíamos tomado y saludar a los pocos que quedaban, salimos corriendo a subirnos a nuestra motito desvencijada en la que partimos hacia el monumento a los españoles.
«¡Chau!», escuchamos antes de cerrar la pesada puerta la voz atabacada de el «Ñato».
La lluvia persistía, pero se había apaciguado casi transformándose en una tenue llovizna.
En menos de dos minutos, habíamos llegado.
Apoyamos la moto contra un viejo árbol y enseguida con un cuchillo que siempre llevaba conmigo empezamos a intentar aflojar los viejos tornillos que no nos hacían para nada fácil la tarea.
El tiempo los había casi soldado contra la placa.
Nos costó mas de media hora poder quitarlos.
Afortunadamente a esa hora de la madrugada y con esa noche casi tenebrosa, no pasaba nadie que pudiese pensar que estábamos robando el bronce para después venderlo por algo de plata.
Cuando por fin pudimos sentir que había cedido y que el peso caía todo sobre nuestras manos, debo decir que sentí miedo de darla vuelta para ver si existía la leyenda.
O peor aún, el miedo era aún mayor al no saber que me diría.
Vi en los ojos de mi amigo lo mismo.
Adivinaba que estábamos pensando en sintonía.
Pero fue él quien dijo para espantar temores: «¡dale, no seas cagón! No me vas a decir que vos creés en esta estupidez».
La tiramos al suelo. Y la dimos vuelta.
El barro no permitía que se leyera la frase, pero algo decía.
Lo sentía al tacto porque aparecía como tallada.
La limpiamos un poco con el agua de un charco cercano y ahí empezamos a leer, casi temblando.
El tallado no parecía de un puño celestial, ni siquiera mágico.
«Tené cuidado en lo que creés, porque los fantasmas inexistentes son los más difíciles de domar y los que con más frecuencia se nos presentan, aún sin siquiera aparecer», decía.
Defraudados, pero quizás no tanto y sí aliviados, dejamos todo como antes estaba y partimos cada cual en busca de su casa a intentar dormir y bajar pulsaciones.
Para volver teníamos que pasar nuevamente frente al bar, por calle España hacia el sur y de ahí recién tomar Constitución hacia el oeste.
Y al hacerlo, vimos contra el ventanal la cara inconfundible de el «Ñato» que nos miraba pasar y sonreía con un vaso de tinto en la mano.
La lluvia nuevamente comenzaba a ser intensa.
Por Luis González