Por Maximiliano Verdier
Miro los libros que se acomodan por capas en los estantes. Los miro con la extrañeza de quien inaugura los ojos al amanecer, en la difusa frontera entre lo soñado que no termina de irse y lo otro (no diré real ni concreto) que no llega todavía. Allí se mezclan los mundos a los que viajo cuando siento que el cuerpo queda demasiado grande. Se desparraman por cientos, en su orden secreto. Sé que Horacio busca a la Maga en algún puente del tercer estante. Que Gregorio Samsa sigue olvidado de todos, en el oscuro rincón del primer peldaño, ceñido de polvo y telarañas. Que Zavalita y Ambrosio vacían cervezas durante horas mientras, a su lado, conversan el violonchelista y la muerte que dejó de hacer su trabajo. Raskolnikov sostiene el hacha húmeda de sangre, la misma que se filtra, página a página, para teñir tenuemente las costas donde Morel y Faustine concretan su parodia eterna. Y sé que en el centro del centro está Macondo.
Todo parece calmo en el hormiguero de personas y personajes. Las mariposas amarrillas revolotean en el aire quieto de Mauricio Babilonia, sentado para siempre a fuerza de plomo. Meme, callada, muda de obstinación, no deja de pensarlo prisionera en su convento. En un balcón maltrecho el Coronel, gallo en mano, espera por su carta, pero nadie le escribe ni lo hará nunca. Y Melquiades pasea, ahora hombre, ahora espectro, mostrando nuevas curiosidades de este y del otro lado del mundo. Los Aurelianos ya son mucho más que 17. A falta de nuevos oficios se reúnen en el taller del Coronel Aureliano Buendía. Allí, en racimos, amontonando dedos y aliento, tejen pequeñas escamas doradas, engrosan los vetustos cardúmenes de pescaditos de oro que no nadarán río arriba de aguas alguna. Fuera del taller, en las polvorientas y curvas calles, se ve pasar, una y otra vez, a Santiago Nasar. Lleva la camisa florecida de tripas y un gesto incrédulo le cruza el rostro. Los gemelos Vicario lo siguen de cerca con sus cuchillos de matarifes, siempre hambrientos de honor y verdad. Ángela Vicario, a su vez, decidió hoy no aparecer. En los márgenes del pueblo se lo ve a Florentino Ariza. Montado sobre las aguas que cercan el pueblo, nunca ingresando, fluyendo, huyendo, amando a Fermina, al fin. Viejos y gastados sus cuerpos se donan en una ceremonia postergada demasiado tiempo. Mas en ese donarse se rehacen y sienten, sin embargo, que algo siempre faltará, algo a lo que no pueden asirse, precisamente como el agua. Úrsula Iguarán lo sostiene todo, con sus manos de matrona y matriarca. El pueblo entero gira por su vientre, por sus oscuros recintos de morena imponente. Macondo vive en Úrsula como en ningún otro, pero incluso ella, espléndida hembra amazona, tiene un tono sepia en la mirada y un olor a tierra seca, a cáscara, a pasas.
Macondo se mueve en la parálisis de su tiempo, en la pétrea blandura de lo que ha sido y aún está siendo. Macondo respira en su mortaja jugosa y un aire viciado transita sus rancias primaveras. Macondo es una muchedumbre de personas y personajes que más que nunca vive en su soledad.
A un año de la muerte de Gabriel García Marquez