La novelística moderna nació con Cervantes, sin embargo no fue hasta los siglos 19 y 20 que encontró a sus mejores expositores, especialmente si de literatura psicológica se trata: Melville, Kafka, Camus, y podría encolumnarse una extensa hilera de nombres monumentales. También la literatura psicológica se ejerce en General Pico y a través del Taller de Literatura que se dicta en la Biblioteca «Estrada» de esa ciudad, Nidia Tineo pudo ejecutar «La sorpresa», un buen representante del género.
La sorpresa, por Nidia Tineo
Los días que precedieron al extraño hecho que relataré, fueron caóticos. Viajes, reuniones, órdenes y contra-órdenes se sucedieron vertiginosamente sin darme respiro.
Con los pies cansados de andar por el infierno, al fin, aterricé de nuevo en casa.
En las últimas noches, quizá por el propio agotamiento, había soñado reiteradamente con serpientes y, soñar con serpientes, según palabras de mi abuelo, era muy mal presagio.
Desde hace siete años trabajo en una empresa reconocida a nivel mundial, haciendo publicidad. En ese ámbito, la competencia entre empleados es deshonesta, desleal y voraz.
En la actualidad, estoy corriendo una carrera desigual contra los favoritos de la gerente, quien día a día, me muestra sus afilados colmillos.
Constantemente aparecen detractores tratando de serruchar el piso a mis espaldas. Cada semana, debo andar en puntas de pie por una frágil cornisa a punto de derrumbarse. Es evidente que mi lugar es muy codiciado; por lo tanto, no puedo distraerme ni un solo segundo. Un mínimo error hará peligrar todo lo que con enorme sacrificio he logrado hasta ahora.
La envidia humana suele ligarse a la ambición para parir gente malvada. Y los malvados raramente se muestran tal cual son. Se ocultan tras máscaras gentiles, se agazapan y conspiran destructivamente contra quien posee el bien deseado, pues ellos por sí solos francamente, no lo obtendrían jamás.
En la última semana, trabajé contra reloj, sin levantar la nariz del escritorio para terminar el proyecto que me habían encomendado. Cuando lo concluí, envié desde casa un borrador a la empresa.
Después, lamentablemente, no conseguí relajarme. La cabeza me daba vueltas. No podía girarla hacia los costados. Traté de estirarme, pero el cuello era una roca tiesa, y mi espalda sostenía un murallón que se partía en dolorosas grietas cuyas vigas de hierro se incrustaban punzantes en mi carne.
Más tarde, coloqué los brazos en ángulo sobre la mesa y me quedé profundamente dormida.
A la mañana siguiente, desperté asustada. Miré la hora:
– ¡Me dormí! -exclamé con angustia.
Me sentí mal conmigo misma. Pronuncié una infinidad de improperios mientras trataba de incorporarme rápidamente; pero al final, me di cuenta que estaba destruida. Mi cuerpo me pedía más descanso. Obligada por el estado en que me hallaba, decidí tomarme el día. Por supuesto, avisé a la oficina para evitar problemas.
Después de un rato sentí la necesidad de conversar con alguien. Como en la ciudad no tenía a ninguna de mis amigas, tomé la lancha y me dirigí al riachuelo. Deseaba escuchar el murmullo manso de sus apacibles aguas. En ocasiones anteriores había funcionado.
Por lo general, de lo probable a lo posible solo hay un río; pero otras veces, hay océanos.
El aire estaba fresco. Me cubría un cielo celeste, límpido y los rayos del sol aunque todavía sin fuerza, se dejaban caer como cálidos hilos dorados sobre el lecho del agua, transformándolo en un imperfecto espejo, serpenteado y largo. Aunque no había viento, el bote se movía raramente, como si la corriente quisiera transportarme.
Desde los matorrales verdes, ocres y oscuros de la orilla, llegaba hasta mí el canto triste de las aves. Al instante, me sentí azotada por emociones contradictorias y profundas. Súbitamente, comencé a llorar por un largo rato.
Cuando logré recuperarme, remé despacio con los párpados cerrados, orientados hacia la tibieza del sol, mientras el arroyo fluía dulce y el chasquido leve de las olas acariciaba tiernamente mis mejillas.
De a poco, me fui introduciendo en una sensación de atemporalidad en la que parecía no existir el pasado, ni el futuro… Solo el presente se extendía ante mí como una línea en el horizonte.
Ciertamente, el cosmos había detenido su reloj.
En ese momento, el tiempo y la nada eran la misma cosa. Porque: ¿qué es el tiempo, sino una cadena asfixiante creada por la mente humana, cuyos invisibles eslabones atan al hombre a un orden social alienante, injusto y cruel?
De pronto, se oyó un ruido extraño. Era un zumbido grave.
Luego escuché claramente gritos agudos, desesperados, que atravesaron el aire.
Alguien pedía auxilio en un recodo del río, aguas abajo.
Como tengo excelente visión, miré atentamente. Parecía una muchacha. Con seguridad era una mujer joven. Una bruma verdosa y turbia me impedía divisarla bien, pero al oír otra vez los acuciantes gritos, el sonido de su voz me resultó familiar…
Repentinamente, se hizo un hondo silencio.
Me incorporé con cuidado, volví a mirar pero la joven había desaparecido. Un remolino como garganta giratoria de un monstruo invisible y hambriento, parecía habérsela tragado.
Encendí el motor lo más rápido que me permitió mi propia torpeza y con la precaria embarcación me dirigí al auxilio de la accidentada. Al acercarme noté que aún persistía moviendo una de sus manos fuera del agua, aunque el resto del cuerpo no se veía en absoluto.
-Todavía está viva -me dije, procurando tranquilizarme.
Me aproximé al máximo y luego le grité desaforadamente. Como no obtuve respuestas me lancé al agua, dirigiéndome a nado hacia esa mano que ahora apenas se divisaba sobre la superficie. Cuando llegué al lugar exacto donde la había visto hundirse, la busqué hasta encontrarla.
Con suma dificultad, debido a mi escasa experiencia en este tipo de rescate y al enorme peso del cuerpo desfalleciente, tomé a la ahogada entre mis brazos, pero hubo algo que me llamó poderosamente la atención. Al observar de cerca aquel rostro pálido, desvanecido y frío, con esa cabellera larga, chorreante y oscura, grande fue mi sorpresa. Me di cuenta que esa mujer, era yo.