Dora Ester Alba es una escritora piquense que participa del Taller de Literatura que se dicta semanalmente en la Biblioteca «Estrada» de nuestra ciudad. No tiene sin embargo, temas comunes a la geografía pampeana. Casi por el contrario. En medio de los bostezos por una y otra y otra aparición de recuerdos de la pampa gringa y de los abuelos que llegaron de Italia y España, se agradecen los temas dispares.
La vida aprieta pero no ahoga.
El viejo Plymouth, ya deteriorado, deglutía los caminos de tierra rojiza, su color negro, tenía un suave velo amarronado que lo cubría como queriendo esconder su vejez. Higinio Cáceres, lidiaba resignado con el calor y los mosquitos. Sobre su gastado pantalón y camisa, se depositaba el mismo polvo rojizo, que mezclado con la abundante transpiración habían mandado al traste su elegancia matutina. Prendió un cigarro, que lo hizo toser, le sabía a polvillo. La humedad de esa casi selva misionera, los profundos baches que lo hacían saltar en el habitáculo, no permitía que sus pensamientos fluyeran y maldecía constantemente su suerte. Cáceres, era viajante, no por placer sino por obligación, no quería pensar en los motivos, pero estos llegaban a su mente sin llamarlos, como una horda que arrasaba su tranquilidad.
La cruel enfermedad de su esposa, pensó, le estaba llevando todos los esfuerzos, lo magro del sueldo no llegaba a ser suficiente nunca, para enfrentar gastos. Ni la época ni las finanzas de los clientes permitían que sus ventas crecieran.
A pesar de todo ello, en este momento ansiaba solamente llegar a la población más próxima, al hotelucho de mala muerte que siempre lo recibía, luego ducharse y descansar. Lo conocía de memoria, sucio, paredes desconchadas y la “ducha” como la llamaban, era escasa derramando agua. Ansiaba comer, tomarse unos buenos vasos de ese tinto barato que le ofrecían y dormir. Muchas veces pensaba, si lo ideal no sería dormirse alguna de esas noches por toda la eternidad, cerrar los ojos y olvidarse de esa vida gris, dura, que le había tocado en el reparto.
Llegó al hotel, subió a la habitación ya conocida sin que se la indicaran.
El baño que quiso ser reparador duro una larga media hora de escases líquida. Al bajar al comedor, ocupó la mesa de siempre, siempre el mismo mantel, con las mismas manchas, la misma joven atendiéndolo, esa que solía alegrarlo en la habitación después de cenar, siempre la misma monotonía apoderándose de su ánimo, convirtiéndolo en un ser amargado. La oferta culinaria era fija esa noche, pastel de papas, le dijo la muchacha. Pidió una porción grande, acompañada de una jarra del vino tinto de la casa. La regordeta joven, limpió la mesa mirándolo a los ojos y dejando a sus opulentos pechos que se escapaban casi del vestido hicieran el resto, esa insinuación a Cáceres le indicaba que su cama esa noche no iba a ser tan solitaria, sintió que la sangre se le aceleraba en su cuerpo y el escozor en su entrepierna lo llenó de urgencias.
La comida no se demoró demasiado, pan, vino y pastel de papas sobre la mesa, despertaron plenamente su apetito, quería reponer fuerzas para gastarlas luego entre las sábanas toscas. En la semi penumbra del lóbrego comedor, observó que era el único comensal. El pastel, dorado y crocante era una invitación, casi de inmediato desapareció la mitad de lo que había en el plato, siguió comiendo, ahora más lentamente, casi con placer y mejor humor, de pronto el tenedor tocó algo de consistencia dura, con el mismo tenedor y mucha curiosidad fue descubriéndolo.
Con la luz mortecina que derramaba la única lámpara le pareció ver un brillo metálico, hurgó con interés, sus ojos se abrieron por la sorpresa. Era un anillo, sí, espléndido aunque opacado por la grasitud del pastel, pero había algo más, algo que lo estremeció y le produjo una gran arcada, el anillo estaba en un dedo, un dedo negro, arrugado, casi sin uña, producto de la cocción, a Cáceres la impresión lo inmovilizó en su asiento.
Poco a poco se tranquilizó, el espanto se vio rápidamente superado al observar la joya, era inexperto, no sabía gran cosa de ellas, pero su belleza, a pesar de estar en medio de la comida era extrema. Dedujo que era de oro con una piedra engarzada de color rojo.
Por un momento le pareció que el dedo lo acusaba, tratando de vengarse por estar allí y no en la mano de su dueño, pero fue solo un momento, volvió a cubrirlo con el pastel restante mientras su mente trabajaba veloz ¿De quién era el dedo? se preguntó, como llegó a su pastel? Un accidente? Un asesinato? Se obligó a dejar las deducciones de lado, la necesidad le indicaba que si era inteligente todas sus penurias económicas podían solucionarse.
Miró a su alrededor con calma ficticia, no había nadie que lo observara, sacó su pañuelo, envolvió el dedo con la joya metiéndolo en el bolsillo del saco. A esa falange arrugada ya se encargaría de descartarla, nadie la iba a reclamar, pensó con cinismo.
Al amanecer se marchó, creía vislumbrar una leve luz de esperanza en su apaleada vida.
Dora Ester Alba