Reconocida poetisa piquense a fuerza de etéreos versos que ya conocen tapas (más otro libro pronto a nacer), Laura Carnovale se adiestra asimismo en la prosa con grandes resultados. Como muestra vale este relato recientemente salido desde el Taller de Literatura que se dicta en la Biblioteca «Estrada» de General Pico.
Un cuento de Laura Carnovale
Irene sabe, claro que sabe y no se pregunta por qué, qué sentido tiene andar husmeando mierdas ajenas. Irene sabe pero no entiende.
Cuando todavía usaba trenzas era igual. Su madre la veía hermosa, cosas de madre, pero Irene sabe que no había manera de que ni siquiera la vieran, sabe que por más que el vestido amarillo con flores pequeñísimas era muy lindo y estaba impecable, de todos modos se le pegaba al cuerpo flaco como una baba. Y no me ven, no me ven, siguen sin verme. Irene sale a la vereda y camina con los brazos cruzados; sabe que nunca le miraron las tetas porque casi no tiene, pero sabe también que jamás se las hubiera hecho porque eso de andar inflada adelante, a ella no le va. Seguí caminando así Irene que te vas a caer un día y te vas a quebrar el cuello, se dice, y ojalá que sí, de una buena vez, ojalá que sí, repite. Malvina siempre usó pañuelos en el cuello: de seda, de gasa, muy finos. Y a mí que me importa que cumpla ochenta. El domingo no va a ir a la fiesta, Irene sabe. Antes en las reuniones familiares, para los viejos y los no tan viejos, era la Irenita, un nombre así de insignificante, como ella. Maldice su suerte cada vez que puede porque entre las primas le tocó ser la última, en todos los sentidos. Es que Malvina siempre fue tan linda, hasta el nombre lindo tenía; elegía a Lila para jugar, para caminar por la huellita del baldío hasta la plaza, para hablar de chicos, para escuchar esos discos nuevos. Detestó a su madre por no llamarla como una flor. Irene, Irene, en la escuela también se reían, ella sabe. Para qué tan modosita, flor de puta debí haber sido, piensa Irene, y todavía le duelen los ojos de mirar a Carlitos en el segundo banco a la izquierda, de mirarlo y mirarlo, de mirar a Cesar, de mirar al Vasco, de mirarse al espejo sin mirarse, con las manos tapándole la cara. Cuando se me curen los granos, pensaba, voy a empezar con la crema antiarrugas, y ese fue un presagio certero del que se lamenta todavía, con la frente surcada por una hilera de líneas profundas y tercas. No me ven, no me ven, siguen sin verme. Cada mañana trata de atenuar las patas de gallo con golpecitos suaves, así bien suaves pero firmes, como le enseñó Irma, la cosmetóloga. Son de la expresión, de reírte, seña que sos feliz; Irene piensa que son boludeces, piensa que Irma no tiene nada mejor para decir, piensa que la vejez es un espanto.
Ernesto tiembla, desde la coronilla hasta las uñas de los pies. Tiembla cada vez que se acerca a una mujer, como la cucharita de té tomada apenas del borde del mango con la punta de los dedos. Vos tenés que tomar mate, eso es de puto, así no vas a enganchar nada, le decía el Vasco. Ernesto pensaba y piensa que una cosa es ser el Vasco y otra cosa es ser Ernesto. Claro, con esa espalda fuerte, con esa voz y el pelo así de costado, lacio natural, así cualquiera tiene minas. A Ernesto también le duelen los ojos, todos los días desde hace mucho, de ver a Ana, de ver a Silvia, de ver a Irene sentada en el banco junto a la ventana; le duelen todavía más de verla caminar sola, con los brazos en cruz por la vereda. Ernesto sabe que nadie lo mira ni siquiera cuando tiembla y se pregunta por qué le tocó ese cuerpo y esa cara, y ese miedo. A Ernesto se le apelmaza el aire en los pulmones, se ahoga, se le sale el corazón, y sabe que los otros no saben y no puede hacer nada. A Ernesto se le manchan las manos y piensa que no importa, que total él es un hombre y los hombres de verdad no hacen un drama de esas cosas, pero también piensa que le duele todo, que le crecieron las orejas y la nariz, que nadie te dice que con los años esto sucede, y entonces piensa también, que la vejez es una espanto.
El Vasco llora. Se acomoda el mechón gris con el peine fino y se seca la cara. Putea bajito mientras pasa la mano por el pantalón para disimular las gotas de orina junto a la bragueta. Sabe que hace tiempo dejó de ser el Vasco para convertirse en algo que apenas se parece a un hombre. Minga que me van a ver así, piensa. Se encierra entre sus cuatro paredes y ceba un mate, ceba dos, ceba muchos. La de minas que tenía, se dice; se le atraganta el amargo y se le achican los ojos. El Vasco no quiere ver a nadie, a nadie, ni a Ernesto quiere ver; y menos que menos a él. Algunas veces abre la ventana y mira la calle. Irene camina por la cuadra hasta la esquina, como lo hace cada mañana y saluda a la mujer del kiosco; se arregla el vestido y el viento le suelta el pelo. Ernesto camina por ahí pero en sentido contrario hacia la placita, o la farmacia, o camina por caminar como todos los viejos. Lleva al hombro una soledad densa, una soledad que él conoce bien. Al Vasco también duelen los ojos y los pensamientos, otra vez, como siempre como todos los días desde hace mucho. Entonces piensa que un amigo es cosa seria, y la mujer que quiere un amigo mucho más; el Vasco sabe y llora.