Un libro: El vino del estío, de Ray Bradbury.
«Tengo que elegir un libro, sólo uno, y siento que es muy complicado hasta que miro de reojo la pequeña estantería donde se apilan los pocos ejemplares que siguen conmigo -o que han llegado, por alguna razón, a reunirse conmigo- después de más de cuarenta años de vida y alrededor de veinte mudanzas. Entonces estoy segura de que el libro elegido, después de todo, debe estar allí, porque trato de no acarrear por la vida más que lo imprescindible. Y lo veo enseguida, brilla entre los otros con su lomo de un fucsia oscuro, psicodélico. Es El vino del estío, traducido por Francisco Porrúa y editado por Minotauro en 1972, un mes antes de que yo naciera. Amo ese libro por cuestiones de infancia, también. No lo leí de niña ni de adolescente -debo haberlo leído entre los 20 y los 25, antes de abandonar la lectura de narrativa y volcarme casi por completo a la poesía- pero en este libro un niño relata el verano de sus doce años, en su casa pueblerina, en los años veinte. Las descripciones de las sensaciones y sentimientos de Douglas, el protagonista, a propósito de la naturaleza, las personas, el transcurrir del tiempo, el estar en el espacio, son maravillosas. Más que la prodigiosa imaginación de Bradbury y su talento para narrar, lo que me conmueve de esta obra en particular es la humanidad con que capta el universo a través de sus pequeñas manifestaciones cotidianas. Bradbury logra que al leer El vino del estío se pueda percibir tanto el perfume y la temperatura del aire de verano como el azoramiento infantil de ir descubriendo las dichas y las penas de la existencia».
Fragmento: «Douglas miró alrededor el pueblo nocturno, donde podría ocurrir cualquier cosa. Allí, de noche o de día, que escasas eran las ranuras donde uno pudiera meter su dinero, que pocas tarjetas venían a manos de uno, y, cuando se leían esas tarjetas, que pocas tenían sentido. Un mundo de gente a la que se podía dar tiempo, dinero, palabras y recibir muy poco o nada como respuesta.»
Una canción: Don Enrique del Meñique, de María Elena Walsh.
«Creo que los grandes descubrimientos se producen en la infancia. Palabras que nos gustan, que paladeamos una y otra vez como si fueran frutas exquisitas, sonidos que nos emocionan, imágenes que nos impactan. Conforme uno crece es difícil tener esas impresiones que alcanzan de lleno al espíritu. Ya hemos forjado demasiados filtros, ya nos hemos aburrido de muchas cosas, ya casi no guardamos esperanza de encontrar algo que nos sorprenda de verdad, que ilumine de algún modo alguna pequeña parte de la mente, del corazón. Por eso si, por ejemplo, debo elegir una canción que haya marcado un antes y un después en mi vida, tengo que remitirme a mis tres, cuatro o cinco años. Supongo que la primera música que escuché –después de las canciones en la voz de mi madre, por supuesto- provino de la radio. Me imagino que de allí viene mi gusto por la música popular: tangos, boleros, zambas. Pero la canción de la que voy a hablar sonaba en el Winco de la familia, donde mi mamá ponía a menudo discos de María Elena Walsh. Mi oído iba directamente a las letras y algún día descubrí lo divertida que era una de las canciones de María Elena: Don Enrique del Meñique. Si bien la poesía estaba en todas las letras de Walsh -como en las canciones de la radio y de mi mamá- Don Enrique del Meñique me enseñó que podía hacer otras cosas con el lenguaje, me hizo vislumbrar la existencia de alternativas para crear y percibir la belleza y el sentido. Tal vez en aquel momento no hubiera podido explicarlo de este modo: justamente la frescura de mi espíritu me permitió aprehenderlo desde la inocencia. Creo que el arte –como la mayoría de las cosas en la vida- pierde misterio y poder si se intelectualiza demasiado. Creo cada vez más en experimentar –hacer, sentir- y evitar, en cambio, pensar y verbalizar sobre ello».
Un disco: Gitano!, de Werner Müller y su orquesta.
«En mi casa, cuando era chica, no teníamos una gran discoteca, pero yo consumía ávidamente todo lo que había. Mi papá había comprado un disco que amaba: era una selección de czardas y rapsodias húngaras, entre otras composiciones, interpretadas por Werner Müller y su orquesta y se llamaba Gitano!, así con signo de admiración al final. Esa música de filiación romántica, interpretada por esa orquesta espectacular, me arrastraba de emoción en emoción, era una montaña de rusa de sensaciones. Me hacía llorar y me hacía bailar, modificaba mi ritmo cardíaco y mi estado de conciencia. Como dije antes sobre la canción de Walsh, no hubiera podido expresarlo así cuando tenía seis años: en aquel entonces, y por muchos años más, sencillamente ponía a girar la bandeja del Winco y dejaba que todo en mí fluyera. Volví a escuchar el disco para escribir estas líneas y sentí otra vez el fuego, a veces triste, a veces alegre, de las maravillas creadas por Liszt, Brahms, Monti y otros enormes artistas. Debe haber muchos motivos por los cuáles esa música me interpela con hondura, pero no me interesa explicármelos: prefiero conservar el misterio para que la magia siga funcionando a pleno».
Una película: After life, de Hirokazu Koreeda.
«El cine es el arte que entró más tarde a mi vida. Hace poco tiempo, un par de años apenas, que tengo la posibilidad de dedicar tiempo a ver películas. Y me encanta. Veo en promedio una película por día. Tengo una memoria pésima para los nombres de directores y actores, pero sé que adoro el cine japonés, el iraní, el noruego, el ruso. También trato de recordar los nombres de las películas que más me han gustado. Recurriré una vez más a la memoria espontánea, que no traiciona. Si tuviera que elegir una sola película me inclinaría por After life. He tenido la fortuna de ver varias producciones de Koreeda y comprobar que todas son maravillosas, pero esta película es especial. Más allá del tratamiento de tiempos, silencios e imágenes tan particular y exquisito que suele caracterizar al cine oriental, After life nos enfrenta a una cuestión crucial: qué momento de la propia existencia quisiera uno recordar eternamente cuando ya no esté en este mundo. ¿Por qué elegir ese instante por sobre otro? Y más, incluso: ¿seríamos capaces de identificar el momento más significativo o más feliz de nuestra vida? En este punto es pertinente retomar la cuestión de la infancia como instancia de experiencias primordiales: varios de los personajes de la película se inclinan, a veces después de muchas dudas, por eternizarse en un recuerdo de la propia niñez. Tanto me impactó esta obra de Koreeda que escribí un poema acerca de ella. El poema forma parte de mi libro Un cardo ruso y dice así:
En una película oriental
los muertos eligen un recuerdo
para vivir en él como un insecto
inmóvil en un ápice de ámbar.
Buscan momentos sin exaltaciones
en los que no pudieron vislumbrar
resabios de pasado o porvenir.
Al fin,
prefieren recordarse solos.
Un poema: Ella iba de pana azul, de Juan L.Ortíz.
Ella iba de pana azul entre las manzanillas. Ella.
La mañana pesaba ya dulcemente.
¿De qué color la sombrillas contra el amor de Octubre?
Entre las manzanillas ella iba.
Entre la nieve ardiente ella iba.
¿En qué ligerísima penumbra sus labios florecían?
(Oh, sin la penumbra,
toda la abeja del aire,
toda, sobre sus labios…).
Entre las manzanillas ella iba.
La voz, la voz de niña, algo indecisa aún,
con pudor, con cierto pudor, de los pétalos ebrios…
Esa edad de Jacinto, ay, y ese aire…
Entre las manzanillas ella iba toda de pana azul,
de un azul más grave que el del Domingo, azul,
porque ya era el destino
de ojos a veces bajos o turbados… mi destino.
Mi destino… Y yo a su lado, qué?
Ella iba de pana azul entre las manzanillas. Ella.
«Es muy difícil elegir un solo poema. Sobre todo porque en general no me deslumbra la totalidad del poema: quedan resonando dentro de mí siempre solamente algunos versos. Y aquí es necesario volver a conectar con la infancia y con la música, dos cosas de las que veníamos hablando: sin necesidad de ahondar para nada en la memoria vienen a mi mente, por ejemplo, fragmentos de poemas de Neruda y de Borges. Es que ¿alguien puede negar la musicalidad de sus versos? Tienen sentido, belleza y humanidad, que es lo que todo arte debe tener, y a la vez tienen una música interna que actúa como artilugio mnemotécnico. Son inolvidables. Pero ojo, también recuerdo de memoria algunos versos de Juan L. Ortiz, que para mí es el más grande de los poetas que voy a nombrar aquí. Sus poemas tienen sentido, belleza, humanidad, música y además delicadísimas y certeras imágenes –sus versos sobre el río fluyen como el río, si escribe acerca del sauce sus palabras se inclinan como él-. De Juanele suelo evocar esas primeras líneas de este poema, y aunque no podría elegirlo entre la todos los poemas como “el” poema, puedo citar aquí estos versos con amor y admiración. También recuerdo de memoria, por la potencia y la originalidad de sus imágenes, líneas de otros grandes poetas: Jacobo Fijman, Enrique Molina, Héctor Viel Temperley. Y finalmente, atesoro breves poemas de enormes poetas orientales como Yosa Buson, Kobayashi Issa y Taneda Santoka, mi preferido. Descubrí ya grande la poesía oriental, alrededor de los veinticinco, y frecuentándola fui comprendiendo la captación precisa y preciosa de la experiencia del presente y de la realidad que propone. Cómo no admirar una poesía que consigue plasmar en tres líneas algo de la esencia humana universal y atemporal».


