Subimos otro trabajo narrativo del Taller de Literatura dictado en la Biblioteca Estrada de General Pico. En la ocasión trasuntamos un cuento de Dora Ester Alba, titulado Los guantes del arco iris, donde la autora se involucra en uno de los géneros más utilizados en la literatura argentina: el policial
Los guantes del arco iris
El par de guantes de látex rojo relucía de agua, limpio, colgado, parecía hasta exultante. El hombre lo miraba satisfecho, con una semi sonrisa en su boca. Su único pensamiento fue para felicitarse por el trabajo cumplido y planificar cuidadosamente la próxima vez.
Al día siguiente guarda escrupulosamente esos guantes en el cajón de su mesa de luz y admira los brillantes colores de los demás. Completamente alineados y en perfecto orden están el rojo, naranja, amarillo, verde, azul, indigo, y violeta. La emoción lo embarga, sabe que ese día es martes, por lo tanto les toca a los naranja.
Adora el colorido del arco iris.
Esa noche se baña, viste pulcramente sus ropas oscuras y con gran tranquilidad, cual si fuera un rito toma los guantes naranjas saliendo del apartamento.
La calle con luces y sombras son sus fieles compañeros, una brisa suave de verano le llena los pulmones, está totalmente feliz y exitado, sabe que en esas noches veraniegas su tarea se facilita. Los abandonados de la mano de Dios pululan indolentes hasta muy tarde. Los pasos tranquilos, parsimoniosos destilan paz interior. Sus ojos se acostumbran a la semi penumbra de aquellos pasadizos, se detiene ante un bulto que duerme acurrucado entre cartones y trapos sucios. Calzado con sus brillantes guantes naranjas corre esos andrajos tocando una cabeza, escucha unos ronquidos sordos productos del alcohol y la desesperanza, busca con su mano enguantada una oreja y de un limpio tajo la secciona. Un alarido infrahumano se escucha, cuando él ya se aleja con su trofeo ensangrentado.
Camina ligero y feliz, otra noche de triunfo, piensa.
En su apartamento, sintiéndose plenamente satisfecho lava los guantes y los cuelga enjuaga delicadamente el trofeo obtenido, guardándolo en medio de esos paños. Admira su colección, quiere contarlos, pero su mente le niega ese placer. Casi sin darse cuenta lleva su mano a la parte derecha de su cara y acaricia el lugar donde debiera estar su oreja. El odio se refleja en sus pupilas grises, recuerda cuando siendo un triste niño, enclenque y desvalido fue objeto de diversión en aquel descampado a manos de ese grupo de desalmados.
Su sonrisa se transforma en una mueca cruel, de repente ve el pequeño frasco de fármacos, ¿cuánto hace que no los toma? No lo recuerda, sólo está seguro que salió del psiquiátrico hace 90 apéndices derechos.
Dora Ester Alba