El escritor piquense Héctor Massara es una combinación bastante equilibrada de esfuerzo y talento. Sus trabajos en el taller literario de la Biblioteca Estrada fueron ganando en precisión y significado, en poder de observación y construcción, consiguiendo una unidad de efecto impecable que más temprano que tarde irá a parar a un libro. Presentamos a continuación Mujahidines, último relato que produjo en dicho taller.
Dos años después vuelvo a Kandahar, pisando y pateando lo que queda de mi amada ciudad. Barro y escombros, ratas, osamentas, ausencias. Mi sobrino Nur es el sostén de mis sesenta años que parecen setenta, es un verdadero mujahidín, de los que enorgullecen al profeta cuando irrumpen gritando en la batalla con el pesado fusil de un tiro. Yo solo soy un viejo en busca de venganza, que apenas si sostengo el AK 47 que le quitamos al ruso.
Se puede morir de mil maneras en la montaña, el ruso eligió el filo de mi sable y yo le respondí con la gracia de la sangre. Lloró y suplicó, pero no se pide clemencia a un hombre muerto, y yo morí mil veces cuando los bombardeos sepultaron a mis hijos. Mi mujer, que ya no es mía, fue secuestrada para solaz de los infieles.
Llegamos hasta el pozo de agua, el ruido cristalino lo anuncia como antes, pero el aire apesta a animales muertos que los salvajes le arrojaron para contaminarlo. Solo queda seguir marchando, ni hablar de saciar nuestra sed. Tomamos la senda de piedra de los vendedores de cacharros, antes bordeada de palmas datileras que ahora semejan palos de tendido eléctrico.
Nur va recogiendo a su paso los panfletos de propaganda. Ni él, que es un joven que estudió en Kabul sabe quién los escribió, pero los lee en voz alta y hace genuflexiones a cada mención del sagrado nombre del Profeta. Yo le imito mecánicamente, aunque sólo se leer el lenguaje de las cabras y estas ya no están. Podría decirse que soy absolutamente analfabeto.
Las ruinas se van haciendo más conocidas a medida que nos acercamos a nuestro vecindario. Aquí está el puesto del tendero Akbar que aún me debe el cordero para la dote de su hija, más allá puedo reconocer el olor a grasa derretida del mercado de carnes. Ya no es agradablemente salobre, la muerte lo ha vuelto pesado y nauseabundo. Por fin aparece nuestra calle y nuestra casa que, increíblemente, conserva en pie la sala principal. Como un poseído forcejeo con un gran bloque de escombros que tapa la entrada y lo aparto con la ayuda de mi fiel sobrino. El tiempo se ha detenido en el espacio que el abuelo adornó con pintura dorada. Sobre el estante de la estufa aguardan apilados los escritos del viejo que cantan a su querida esposa, a los días claros, a los caballos de sangre pura, a los ojos de Nayla… En el piso, la alfombra de rezo, de color ocre con dos palmeras bordadas en plata ha conservado su orientación a La Meca. Invita a mis rodillas a hincarse, pero mi ropa y mi alma están manchadas con sangre. Lloro el más doloroso de los llantos, el que viaja hacia adentro cambiando el corazón en piedra.
-¡Tío, tío! ¡Regocíjate!- Nur agita en sus manos callosas un cuchillo de madera que mi padre le talló con la raíz de un arbusto- ¡Alégrate hombre viejo! Podemos reconstruir esto. La sala se llenará de rezos y los vecinos vendrán a compartir tu cordero estofado y la dulzura de tu narguile.
La cara de Nur se ve de nuevo joven y lozana, asomando debajo de la suciedad y la transpiración. Tal vez tenga razón… ya les dije que es sabio, pero yo tengo mis reservas. El espejo de la sala, esforzándose desde sus polvorientos bordes, me devuelve la imagen de un hombre viejo que me pregunta si es posible que se cumplan los deseos de mi querido sobrino.
Niego con la cabeza. El viejo me responde copiando exactamente mi movimiento.
Nur
Apoyado en el largo fusil observo al viejo hacer morisquetas en el espejo, quizás se ha vuelto loco. Tendría que haberme quedado con el rifle automático, pero él no podía sostener el pesado Lee Enfield. Cree que su esposa está viva y secuestrada y no me animo a contradecirlo. Podría dispararme.
Baasima tenía tres años más que él y todas las arrugas que podía ocultar su burka. Los rusos no se llevan a las viejas…
Tengo miedo que su estupidez nos mate, ya no respeta la palabra del Profeta y el pasado Ramadán comió como un cerdo y bebió como un infiel. A duras penas pude esconderlo, el Mullah ha destruido aldeas enteras por menos que eso.
Hoy el jefe pashtún nos informó que partimos a la frontera del soviet, les vamos pisando los talones en su retirada, liberando aldeas y apoderándonos de sus equipos. Me avergonzó gritándome en la cara: ¡No debes traer a tu tío Daoud!
-¿Qué hacer? No hay nadie que lo cuide y los parientes más cercanos están a tres jornadas de camino. Entro a la sala sin saber qué decirle, el viejo está sentado en el suelo rodeado de fotos y cartas húmedas, las lagrimas dibujan ríos oscuros en su cara y el frío liberó su orina manchando los pantalones y la alfombra de rezo. ¡Hereje! Quisiera gritarle.
-Buen tío- le digo. -Tengo malas noticias, mi madre y tu amada Baasima murieron gaseadas en el campo de refugiados de Panshir… lo siento mucho.
Me doy vuelta y salgo sin esperar su reacción, aguanto la respiración hasta el medio de la calle. El ladrido corto del automático me hace dar un respingo y echa a volar a los buitres que saltaban en los escombros. Corro a reunirme con la columna de combatientes que ha comenzado a formarse en la plaza.
-Allah es sabio-.