Por Iván Wielikosielek
Se acaba de ir la cantante más grande que escuché en mi vida. Ella puso la banda de sonido de mi adolescencia. Pero sobre todas las cosas me hizo creer, tanto como Homero, que las sirenas existen; que el canto de una mujer puede ser un eco de por vida en el corazón de un hombre.
Se acaba de ir la mujer más increíble que alguna vez escuché cantar; esa que inventó la juventud en el eco de mi percepción y dijo «hágase la mujer» si el universo estuviera hecho nada más que de sonidos. Se acaba de ir la sirena de Irlanda, la chica que a veces me llama en sueños desde los parlantes de «Upa», el boliche de mi pueblo, donde «la conocí» a fines de los ochenta.Nunca en mi vida quise ir a ningún recital de nadie.
Pero si hubiese podido pedir un deseo «musical», ese hubiera sido escucharte cantar «a capella» alguna vez, sin micrófonos ni amplificadores. Acaso para corroborar que tu voz viene del mismo lugar hacia el cual se dirige mi alma, a ciento cincuenta pulsaciones por minuto. Sólo para entender que el boliche de Ballesteros puede ser cualquier «pub» de Irlanda, y cualquier «pub» de Irlanda puede ser un coro de arcángeles si cantás vos.Hoy se fue la cantante más extraordinaria que escuché en mi vida; o mejor dicho, «hoy entró en la inmortalidad».
Y no es casualidad, me digo, que haya sido un 26 de julio como aquel del ´52, justo ella que cantó «don´t cry for me, Argentina». Ahora hay dos estrellas en el cielo que, al igual que Dios, se pueden adjudicar la inveción de la mujer.