Nicolás Jozami y «Las leyes de la ausencia»

Este próximo domingo 10 de julio, el pampeano Nicolás Jozami presentará su último libro de cuentos «Las leyes de la ausencia» en Santa Rosa, más precisamente en la sede de la APE.

Nicolás Jozami, pampeano, se fue a Córdoba a estudiar Comunicación Social y ahí comenzó a escribir formalmente, aunque estamos hablando de una afición que acuna desde niño. Más tarde cursó la carrera de Letras Modernas, y se quedó viviendo en la provincia mediterránea.

A continuación, trasuntamos Serpiente Blanca, cuento incluido en esta edición pronta a ver la luz.

Serpiente blanca

Serpiente blanca

-Nicolás Jozami-

En el sueño debe simbolizar un incendio, según lo que cuenta. Por eso no nos animamos a salir. Pensá -le digo- que una serpiente blanca, por más grande, fea e inteligente que fuera, aun con los recursos oníricos que quieras, no puede impedirnos salir de la habitación. Pero ella decía que no, que era una masa húmeda y perfectamente circular, y larga, bien larga, que se metía en cualquier lado de la casa y aguardaba, como saben hacer los reptiles, o cualquiera que desee vengarse.

Me dice que hasta puede meterse en el botiquín, haciéndose una muralla de escamas, o estar ladeada sobre la bañera, o hasta adentro del tacho de basura, esperando que la veamos para atacar, porque no pica; en el sueño no era una serpiente de esas: quería que la viéramos para ella poder sentir la adrenalina de saber que comprenderíamos que nos ahorcaría; de ahí que se les dice constrictoras.

Se calma con mis explicaciones, con mis caricias y alicientes, pero eso no quita que en el sueño la serpiente se vuelva cada vez más grande, más blanca, amarilla de tanto tiempo soñándola. Ocupar espacio y esconderse son atributos de centinelas arrogantes -le digo- y seguramente la serpiente blanca es el temor a un incendio por la plancha olvidada, una hornalla mal apagada en la cocina, o por tanta noticia con fuego accidental que acaba con familias, en la mayor parte de los casos sin calefacción, que usan velas de mala calidad.

Le digo que trate de buscarla y de matarla en el sueño; que ella, la serpiente blanca, no tiene pies ni manos, y por eso no puede tener ventajas con nosotros. Aunque, nobleza obliga, de tanto mencionarla se me apareció en sueños; pude ver su cola y su cabeza atrás del espejo. Un espejo que, me di cuenta después, tenía la forma de la lengua bífida de estos bichos.

Esa noche en la cena le dije que se tranquilizara, que la acompañaba con el sueño de la serpiente blanca, que ya la estaba soñando, pero fue ella quien me tranquilizó:

-Apareciste desde el suelo y la encontraste enseguida.

Me explicó que se me caía la baba por los costa- dos de la boca, que la encontraba en el baño y la cortaba en pedazos. Trozos grandes e iguales, a mache- tazo limpio. Ocupaba la mitad del baño la serpiente. Y no dejaba una gota de sangre. No apareció más en mis sueños.

Para festejar la disipación de la pesadilla compartida, salimos. Antes de que arrancara el taxi, advertí que no llevábamos plata; le pedí que me esperara, que buscaba y volvía. Cuando retorné me dijo que al final sí tenía plata, pero que sin darse cuenta la había sacado y se la había dado al taxista antes de hacer el viaje. Que en los sueños pasa así.

Agradecí al conductor por esperarme; entonces le abrí a ella las palmas de las manos y le mostré. “Mirá, le dije, qué chiquita”. La serpiente blanca atravesaba las líneas de mis manos, se perdía entre los inicios de los dedos y retornaba al centro, envolviéndose, festejando su nacimiento. “La encontré”, agregué, mientras el conductor encendía un cigarrillo grueso y blanco, esperando nuestras indicaciones, con un encendedor cuyo fuego parecía el de una hoguera.

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